Como sucede con el 9, con el 1 o con el 23, llevar ciertos números en la camiseta suele significar cosas. La primera de ellas es la presión, y en el caso que nos ocupa ese rotundo 20 que adorna la portada de FIFA también la necesidad de mejorar, de revolucionar, de continuar avanzando en un camino con demasiadas iteraciones como para dejar espacio a añadidos de verdadero peso. Que el mayor enemigo de todas estas sagas anuales es siempre su entrega anterior es uno de los tópicos más ciertos de nuestra industria, y ante la necesidad de conjugar un producto que ya funciona con una justificación real para regresar puntualmente a las tiendas quedan pocas salidas posibles. A bote pronto, a mi se me ocurren tres: romper la baraja y ensayar con ideas totalmente nuevas, buscar vías de agua que hubieran sido ignoradas y simplemente taparlas, o camuflar añadidos de poca importancia bajo un montón de jerga publicitaria. Tras jugar un par de partidos, diría que FIFA 20 intenta un poco de todo.

Sobre todo parece intentar lo primero, aunque quizá tildar Volta de idea verdaderamente rompedora sea pecar de generosidad. Porque Volta es, o al menos parece ser, un FIFA Street, un FIFA de fútbol sala, un spin off fantasista centrado en el regate, la habilidad y las recopilaciones de trucos de Youtube que simplemente se suma a la fiesta bajo el mismo paraguas y por el mismo precio. Un movimiento generoso, o al menos eso queremos pensar: la maquinaria promocional parece insistir un poquito más de la cuenta en la personalización, la ropa, las zapas, y como aquí nadie da duros a cuatro pesetas y Electronic Arts tiene las prioridades que tiene lo natural es echarse a temblar. Aun así, insisto, solo podemos hablar desde la conjetura, tanto en lo monetario como en lo estrictamente jugable: pese a ser la novedad más publicitada, más contundente y más celebrada por gran parte del público, el FIFA 20 que se reproducía en las consolas de demostración no hacía ni una sola referencia a esta modalidad. Curioso, cuanto menos.

Quizá sea solo una cuestión de protagonismo, y de no robárselo al ya acostumbrado paquete de medidas jugables que buscan dejar obsoleto al juego del año pasado donde realmente debería importar, esto es, sobre el cesped y con el balón rodando. De ahí que la demo, porque es lo que era en esencia, volviera a construirse alrededor de una decena corta de equipos de alcurnia continental y un solo partido a cara de perro, tiempo que debería servir para comenzar a juguetear con los nuevos sistemas. Nunca es así, porque FIFA sigue siendo un juego de sutilezas y hablar sin un par de decenas de horas a las espaldas es una receta infalible para arrepentirse más tarde, pero al primer toque las sensaciones son agridulces. Vayamos por partes.

Concretamente hablaremos de cuatro, porque son las que el propio juego presenta con cierto orgullo en sus pantallas de carga, aunque como digo la cosa va por barrios. El primero que visitamos tiene que ver con el uno contra uno, con la liza, con el duelo de habilidad pura, y con ese momento mágico en el que el delantero encara al defensa y todo lo demás no importa un pimiento. A mi particularmente es lo que me interesa del fútbol, y por eso me sabe mal decir que a priori este sistema de potenciación del enfrentamiento directo (me vais a perdonar que ignore los pomposos nombres oficiales: en esta ocasión no he sido capaz de quedarme con ellos, y en el fondo creo que es mejor así) tiene ese inconfundible regusto a humo que tarde o temprano siempre hace su aparición en estos listados de novedades. Es totalmente cierto que este tipo de lances funcionan muy bien, que estar hábil con el regate puede decidir partidos e incluso que el menor apoyo de la inteligencia artificial en labores defensivas parece decantar las jugadas hacia situaciones de cara a cara, pero también que FIFA 19 resolvía todo esto de manera más que satisfactoria. De no haber estado condicionado de antemano a reparar en el asunto dudo que lo hubiera hecho, y eso es lo realmente inquietante.

Y es una pena, porque la segunda de las grandes novedades sí tiene un impacto evidente desde el primer minuto, aunque en principio cuesta diferenciarlas. Y es que vuelve a tocar hablar de fintas y de regates, aunque en esta ocasión con hechos: el nombre rimbombante aquí es strafe dribble, y si recuerda al movimiento lateral en un shooter cualquiera es porque por ahí van los tiros (perdón). Básicamente la cosa va de desplazarse lateralmente, o de frente, o hacia atrás, pero siempre con el balón controlado de cerca y pasito a pasito, con esa cadencia del pillo, del que espera al defensa, se la lía en un centímetro cuadrado y a renglón seguido cambia el ritmo y le manda un besito por el retrovisor. Es un modo de controlar el balón que utilizado con inteligencia aporta más precisión y sobre todo más posibilidades de ataque, aunque mirado con cierto cinismo tampoco es nada totalmente revolucionario: el clásico movimiento de doble bumper que aguantaba la posición mientras basculábamos a los lados ya permitía hacer más o menos lo mismo, aunque ahora ha quedado relegado a L1+ dirección. Lo comido por lo servido.

Donde sí podemos ser categóricos es en el apartado de las vías de agua que FIFA 20 ha atajado, porque, y visto lo visto dudo que fuera solo una apreciación personal, las faltas, los penaltis y todo lo relacionado con jugar a balón parado llevaba demasiado tiempo siendo un pequeño desastre. De las penas máximas no puedo hablar ya que por suerte o por desgracia ese par de partidos de prueba fueron más o menos limpios, pero el sistema que ahora controla los libres directos es, aunque complejo, un paso en la buena dirección. Un paso, dos, tres, una carrerita, y un toque envenenado que ahora busca reproducir mediante toda una serie de gestos en el stick derecho esa rosca infernal que saben imprimirle los buenos peloteros a los lanzamientos de falta, aunque he de decir que cuesta pillarle el tranquillo.

Aun así es una mejora indudable que debería dejar alegrías en el futuro y con suficientes horas de vuelo, sobre todo de la mano de un cuarto cabeza de cartel que, lo habéis adivinado, promete un rediseño absoluto y total de la física del balón. Un nuevo santo grial del género, y también, por qué no decirlo, el sospechoso número uno de las listas de novedades fantasma, ahí ahí con las mejoras en inteligencia artificial o las tácticas avanzadas. Los años que toca hablar de estas cosas no suelen ser memorables, y entenddería de sobra los resoplidos y las muecas de resignación. Aún así, juraría que los efectos se notan.

Que el balón pesa más, que su movimiento no es tan predecible, que los rebotes son más aleatorios y los balones divididos no se deciden con tanta facilidad. Que el esférico rebota de manera pesada para después apagarse con cierta tristeza cuando vamos largos en un pase al hueco, y que los tiros al poste o al travesaño (sorprendentemente frecuentes, por cierto, será cosa de la casualidad) resuenan con un impacto mayor. Pienso en jugadas, en goles, recuerdo momentos de los partidos, y de pronto reparo en que ha vuelto a pasar. En mi cabeza FIFA 19 ha quedado obsoleto, y ni siquiera sabría explicar por qué. ¿Condicionamiento, méritos, marketing? No podría asegurarlo, pero sin duda lo han vuelto a hacer.

Acerca del autor

Enrique Alonso

Enrique Alonso

Redactor

Licenciado en telecos y sufrido currante del audiovisual. Tras trabajar en un videoclip de Camela consideró que su carrera había tocado techo y ahora busca abrirse un hueco en la prensa del videojuego. Le gusta el hardcore punk, los animalicos y Zlatan Ibrahimovic, no necesariamente por ese orden. También podéis escucharlo en el podcast Antihype o seguirlo en Twitter: @chicocartera.