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Borja Pavón

Redactor

Borja se encarga de mantener el ritmo de las noticias, las guías, los trucos y la samba que todos llevamos dentro. Analista ocasional, tú dale un mando, un Tender de chocolate y algo de lo que despotricar y le harás la persona más feliz del mundo.

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El ritmo tiene una cualidad peculiar: cuanto más piensas en él, cuanto más lo racionalizas, más probable es que lo pierdas. Hay algo de atávico en eso que llaman flow, que conecta con nuestros orígenes más lejanos, como si el ritmo y el beat estuvieran integrados en nuestro ADN. Las palpitaciones, la rutina, la salida y puesta del sol, la pausa para las comidas, el sueño: todo sigue ciertas pautas y regularidades que entran dentro del concepto del ritmo, por lo que podría decirse que la vida es ritmo y que es el ritmo el que rige nuestras vidas. Llevo años fascinado por él, tanto consciente como inconscientemente, y es un elemento que tengo tan presente en mi día a día que es un pilar esencial a la hora editar mis vídeos (y en este texto, en esta frase; también hay ritmo, aquí), tanto en la locución, que es la melodía principal, como en los sketches o lo que sea que sucede en pantalla: me indica cuánto debe durar cada cosa, cuándo debo cambiar un plano o entonar de una forma u otra. Y a diferencia de lo que puede parecer, seguirlo no depende tanto de la pericia y la habilidad como de saber dejarse llevar. Habrá quien no esté de acuerdo, pero si algo he aprendido en todos estos años usando de djembé improvisado cualquier superficie que se me ha puesto por delante es que el ritmo es algo que está más ligado a la cabeza que a las manos. Quizá por eso cuando desaparezco y me quedo ausente pensando en mis movidas sin estar pendiente de los símbolos que aparecen en pantalla, cuando me dejo llevar por la música, simplemente, y desconecto, consigo las puntuaciones más altas en Taiko no Tatsujin: Drum 'n' Fun. Y con diferencia. Como jugar con los ojos cerrados.

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