La verdad por delante: ni he seguido de cerca los juegos de la NHL ni soy un grandísimo seguidor del noble deporte de partirse la crisma sobre hielo persiguiendo lo que parece una aspirina negra sobredimensionada. Mentiría, aún así, al decir que nunca me ha interesado la National Hockey League. Corría el año 2006 (¿o era quizás 2007?) cuando un amigo viajó a EEUU, país que en aquel momento de adolescencia desenfrenada -esto es, jugando a videojuegos y viendo series día sí y noche también- era la meca de todo aquello que me interesaba medianamente en la vida, y volvió de su estancia con una camiseta deportiva con un nombre detrás, "Ovechkin". Intrigado, le pregunté por la persona que portaba el dorsal 8 de los Washington Capitals, y acabé todavía no sé muy bien por qué viendo vídeos en un prehistórico Youtube de algunas de sus mejores jugadas y buscando cómo demonios seguir los partidos del por aquel entonces equipo en construcción que pasaría posteriormente a establecerse, en parte gracias al soberbio jugador de origen euroasiático, como uno de los más punteros de casi todo el siglo XXI.

Confieso que la primera alegría que me llevé nada más arrancar el juego no fue por los gráficos, ni por los menús, ni por que existiese todo un modo completo para enseñarme a mí, lego en la materia, lo básico para saber moverme. El primer motivo de jolgorio fue que Alexander Mikhailovich Ovechkin, nombre a partir de ahora de mi futuro hijo, todavía sigue en activo y jugando como un dios ruso capaz tanto de meter veinte goles con los ojos vendados como de tirar abajo el capitalismo con sus manos desnudas.

Aclarado esto, podemos saltarnos la pregunta sobre qué equipo utilicé durante casi toda mi experiencia con NHL 2019, aunque sea un poco lo de menos. Lo importante aquí, y este texto se dirige a quienes nunca se han atrevido a asomarse a este abismo sobre patines y no tanto al fan experimentado en la franquicia, es determinar hasta qué punto es benévolo con el novato. ¿Cuesta ponerse al día con los controles? ¿Se nota mucho la diferencia entre otros juegos deportivos de la misma compañía y este? ¿Hay celebraciones graciosas después de cada gol? ¿Podemos partirnos la cara contra otros jugadores, como siempre hemos supuesto gracias a la representación ultraviolenta que películas, series y montajes de internet con animada música de banjo nos han enseñado a lo largo de nuestras vidas?

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La respuesta a esas preguntas es no, a medias, sí y POR SUPUESTO. Pero vayamos mejor por partes, y el lugar idóneo para empezar está relacionado con el control. NHL desconoce nuestro nivel inicial, pero tiene la bondad de asumir que no todos estamos acostumbrados a este tipo de peripecias; así que, además de ofrecernos diferentes esquemas de control (en mi caso elegí el recomendado por defecto, similar al Fight Night Champion en cuanto a que el grueso de movimientos se generan gracias a la intensidad y dirección en que movamos el stick derecho), nos brinda la posibilidad de apuntarnos a un tutorial que, mediante vídeos demostrativos narrados por una suave voz ciertamente experimentada, nos enseña lo básico para ponernos en marcha sobre la pista.

Pensándolo en frío -pun not intended-, lo cierto es que esta deferencia hacia el jugador no es nada habitual en el medio, menos aún si pensamos en los principales exponentes de los deportes más mayoritarios. Comenzar de cero en un FIFA es una invitación a que la persona encargada de explicarnos los controles nos reduzca el esquema de botones a disparar, pasar, correr más rápido y rezar; mientras que para aprender a jugar al 2K de turno se necesita como mínimo un grado, dos máster y un curso de inglés con guitarra de regalo. Aquí, y quizás sea por la propia indiosincrasia del deporte, todo es más simple, más intuitivo; y aunque existe la posibilidad de hacer ciertas filigranas con el stick para burlar a los rivales y ver puerta más a menudo, prima saber dominar el tiro, el pase y el patinaje más elemental por encima de todas las cosas.

Pasando a la otra gran pregunta, la referente al contenido, nos encontramos con una situación familiar en cuanto a algunos modos e inesperada en cuanto a otros. Los más tradicionales están ahí: partido rápido, modo mánager, modo carrera... Incluso, no podía ser de otra manera en un juego de Electronic Arts, podemos mover la cortina que separa la parte de los mayores de la de para todos los públicos y ver el efecto de las microtransacciones en el modo Ultimate Team. Pero el verdadero enigma, y lo que podría convertirse en todo un referente si no fuera a ser obviado por todos, es el modo conocido como World of Chel, un sistema similar a El Barrio de los NBA 2K en el que creamos a nuestro avatar con las limitadas herramientas que se nos ofrecen inicialmente e intentamos mejorar no solo las características de nuestro jugador, sino también su caracterización. Asusta encontrarse de entrada con bolsas de deporte llenas de objetos y loot, pero una vez entendemos que el dinero normal no tiene cabida en esta parte del juego comenzamos a entrar en el ritmillo de la competición, pudiendo jugar desde partidos offline contra estrellas del pasado y presente de la liga a un extrañísimo enfrentamiento contra otros dos jugadores online simultáneos en una batalla a tres + un portero controlado por la IA para ver quién es más diestro con el stick. Aquí reside su gran triunfo, en volver a vincular el avance con la habilidad y el tiempo que dedicamos a ello, ofreciendo alicientes en forma de elementos cosméticos y mejoras para nuestro personaje que nos ayudan a querer seguir jugando, a mejorar y a probar las distintas cosas que el juego tiene a bien en ofrecer para sentirnos uno con nuestro avatar.

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Esta unión consciente entre juego y jugador sonaría a perogrullada si no fuera porque múltiples ejemplos recientes parecen poner el foco en aspectos extradeportivos, en vez de en los que las evidentes limitaciones del pasado hacían destacar a la fuerza. No exagero al decir que hay algo casi terapeutico en volver a tiempos y lugares más sencillos dentro del género, donde gente como Pharrell Williams o Cristiano Ronaldo ni están, ni se les espera. El suyo no es en ningún caso un envoltorio elegante, especialmente si nos ponemos frente a su tosco menú inicial, pero es que tampoco pretende ser nada más que una herramienta útil de acceso a una fuente de diversión pura, directa y facilmente asimilable para todo aquel dispuesto a pagar, por todo lo señalado anteriormente, su escasísimo peaje de entrada; algo muy de agradecer hoy en día.

NHL 2019 me ha servido para reconciliarme con una parte de mí que creía superada, y aunque entiendo que así lo parece, no estoy hablando de Ovechkin y sus poderosos brazos mitad hoz, mitad martillo. Me refiero, sobre todo, a la que invertía una cantidad nada desdeñable de tiempo en juegos deportivos que no exigían enormes esfuerzos para entrar en su dinámica, ni cantidades de dinero extra para notar una progresión real de mis habilidades. En un mundo lleno de cifras, acuerdos con grandes marcas para llenar de publicidad todos y cada uno de los rincones de los juegos y un cierto gusto por el continente en vez de por el contenido, resulta refrescante -de verdad que no pun intended- reencontrarse con un juego que nos proporciona satisfacción en las cosas más sencillas e inmediatas, como si la propia evolución de la saga o las tendencias mayoritarias de los últimos años no hubiesen conseguido quebrar el espíritu de los que, además de ignorados, se saben diferentes.

Acerca del autor

Diego Pazos

Diego Pazos

Colaborador

Licenciado en Historia por vocación, gallego de profesión. Le gusta el punk-rock, el post-rock y el whisky on-the-rocks. Sus chistes malos son solo suyos y no representan la opinión de la empresa. Puedes seguirlo en Twitter: @yipee182.

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