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Pequeños detalles: Borja Pavón

Chistes forzados.

Como habréis podido deducir (¡o no!) este artículo era una de nuestras bromas para el 28 de diciembre. ¡Feliz día de los inocentes!


El cine de Alfred Hitchcock se ve dos veces: el primer visionado es la película que se presenta de cara a la galería, el guión superficial. El segundo expone la verdadera obra que tenía en mente el maestro del suspenso, la cinta de contenido oculto que transforma a sus personajes en vampiros y lo dota todo de una poderosa carga sexual. Recuerdo, como estudiante de cine, cuando nos pusieron la primera media hora de El Silencio de los Corderos, con el profesor sacando subtextos sexuales de todas partes: sudor con forma de triángulo, libretas que se abren a la altura de la entrepierna, jefes que se relamen y detalles más sutiles, como aquella vez en que un psicópata mancha a Clarice con su semilla. El Silencio de los Corderos no es de Hitchcock, pero comparte su mismo espíritu enigmático y significados ocultos. Es la señal de los genios, las muchas lecturas de sus obras, pero la desgracia hace que no todos ellos reciban el aprecio que merecen. En ocasiones el autor fracasa a la hora de alcanzar su público, su cinta relegada a un par de sesiones en algún cine marginal. En otras, las menos, ocurre que la gente no se da cuenta de lo que tiene frente a sus narices. Ocurre lo que a Borja Pavón.

"Oh, Dios mío". Un método útil para estudiar una obra consiste en estudiar sus raíces, aquello que permanece y vuelve; las señas de un autor, se dice, y el chascarrillo de Pavón podría haber sido cualquier otro. "¡Menuda sorpresa!", "sapristi" o "reconozco que la situación no es óptima", por dar algunos ejemplos, pero hay una segunda lectura a ese "oh, Dios mío". En la Antigüedad, las mayores tragedias griegas abrían con una llamada a las musas para que acudieran a inspirar al autor; del mismo modo, Pavón entona "oh, Dios mío" como un ensalmo de corte moderno para que el Dios de los cristianos vea bien que él se dispone a crear. La repetición constante de esta oración podría verse de dos maneras; quizá Pavón acuda a este llamamiento como una señal de que esta es la ocasión para mirar, que aquí es donde pide a Dios que le contemple o, en otro caso, pide su ayuda para seguir haciendo lo que él llama "chistes forzados", ya que hasta los genios se quedan sin combustible. La otra opción, argumentan algunos académicos, es que Pavón repite "oh, Dios mío" hasta desproveerlo de su significado mismo, haciendo que sólo él y el propio Yahveh sepan que esta conversación está teniendo lugar, ocultando a plena vista su búsqueda de inspiración para que sólo los más atentos sepan verla. En cualquier caso, "oh, Dios mío" es una evidente muestra de que Borja Pavón se ve a si mismo como un auteur de vanguardia y busca trascender.

Y del mismo modo que oculta el bien con juegos dialécticos, Pavón presenta el mal con un lavado de cara moderno y próximo en la forma de Flurflils. El gato que le asiste o, más bien, atormenta, es la dicotomía absoluta: vil, pero de algún modo Pavón le sigue acogiendo en su propio hogar. De esta dualidad se extrae el mensaje evidente de cómo funciona la tentación: igual que Flurflils, le hace sufrir y pasar malos ratos, pero toda la voluntad del mundo no puede conseguir que Pavón se deshaga de él, ya que hay algo en aquella figura, quizá su pelo esponjoso y suave, que le hipnotiza y mantiene atado. Flurflils representa los males del tabaco o las drogas, encarnados en un gato que acompaña a su dueño con el único propósito de hacerle la vida más difícil; tal es su presencia, que aunque podría omitirlo de los vídeos con un simple corte, Pavón escoge mostrarlo igual que la tos de un fumador o la embriaguez de un alcohólico revelan sus tendencias más sombrías. Por algo el chocolate, una metáfora evidente del chocolate, está tan presente en sus vídeos.

A pesar de los ruegos al Dios de los cristianos, Borja Pavón es un provocador cuya filosofía perfeccionista le exige no dejar títere con cabeza. Una vez más, la dinámica es una puramente banskiana: "Si quieres esconderte, utiliza un chaleco reflectante". Pavón, sabiéndose trascendido, lanza puyas no sólo contra las prácticas más cuestionables del medio sino contra el medio mismo. La archiconocida conversación entre Shepard y Mordin Solus, en la que el salariano prácticamente obliga a su comandante a buscar piedras, oculta en su humor absurdo y frases jocosas una brutal crítica al concepto mismo de misión secundaria ¿Qué sentido tiene que alguien como Shepard tenga que perder el tiempo buscando cualquier cosa, ya sean piedras o documentos, cuando su misión principal es salvar la galaxia? El único razonamiento posible es que aquellos imperando sean tan ruines como lo es Mordin, que en su inquina acude a la falacia de hablar de su pasado, en el cual no comía a menos que hubiera buscado piedras. Que inmediatamente después se explique diciendo que esto se debe a que su especie come piedras sólo refuerza el absurdo de la situación, dejando el mensaje claro: "los videojuegos son ridículos. Para aceptarlos, debemos primero aceptar que somos indignos".

La mirada de Pavón abarca lo grande y lo humilde. Como un novelista del realismo más puro, sus estrellas a veces son aquellos más olvidados, los NPCs que ni siquiera interpretan un personaje principal. Los peatones o conductores de los videojuegos sandbox tienen un micrófono con el volumen puesto en el 11, y Pavón no se calla una sola palabra, criticando a través de ellos los bajos salarios, encarnado en dos viandantes de Assassin's Creed que discuten a espaldas del jugador los muchos absurdos del universo que habitan pero, al mismo tiempo, se ven incapaces de escapar ya que necesitan ganarse la vida de alguna manera, o la Historia, ofreciendo su particular La Vaquilla en un prodigioso cortometraje en el que un vehículo azul empuja a uno rojo al abismo, estallando los dos cuando inevitablemente se estampan contra el pavimento.

La genialidad de Borja Pavón es difícil de abarcar; su mirada inquieta tiene un hambre que nunca sacia, hambre por discutir y rebatir, por recontextualizar y demostrar que nada debe darse por sentado, ni siquiera dentro de un mundo tan guiado por reglas como es el videojuego. Ver uno de sus vídeos es ver al personaje de Samuel L. Jackson al final de School Daze entonar aquél grito: "¡Despertad!". Es una llamada a la dignidad y el ojo crítico entonada en un perfecto monotono que pide distanciarse de la obra para encontrarse a uno mismo, pero trágicamente son pocos los que consiguen comprenderle. Es probable que la gente aún no esté preparada para reconocer a uno de los autores más relevantes del milenio. Lo que la gente percibe como "humor" no es sino una feroz crítica al sistema y a la propia existencia de figuras como el propio Pavón, que se ridiculiza a sí mismo en un intento por destruir su propio ídolo. Si la Gran Guerra era el conflicto que terminaría con todos los conflictos, Borja pretende terminar con el videojuego a través de vídeos sobre videojuegos.

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