Eurogamer: Lo mejor de 2017

La redacción escoge sus juegos favoritos del año pasado.

Ahora que ya hemos dejado atrás 2017, otro capítulo escrito con letras de oro en la historia del videojuego le pese a quien le pese, los miembros de la redacción de Eurogamer.es nos hemos reunido para escoger nuestros tres títulos favoritos del año. A continuación podéis leer las listas de cada redactor, junto con un breve texto en el que explicamos el porqué de nuestra decisión. Os invitamos, además, a que en los comentarios nos contéis cuales han sido los juegos que más os han gustado este año, y cual es vuestro goty. ¡Feliz año a todos!

Josep Maria Sempere (@kr3at0r)

Menciones de honor: Prey, PlayerUnknown's Battlegrounds, Cuphead.

Bronce: Horizon Zero Dawn

Confieso que he dudado bastante a la hora de elegir el bronce de este año y que Prey tuvo hasta el último minuto unas cuantas papeletas para llevárselo, pero hubiese sido injusto no reconocer lo último de Guerrilla como uno de los tres mejores videojuegos de 2017. Me sigue sorprendiendo de forma muy agradable que los holandeses hayan logrado firmar un título tan sólido en la que es su primera incursión en los mundos abiertos, tras una década trabajando casi exclusivamente en shooters en primera persona con la saga Killzone.

Horizon es la suma de sus aciertos, que van desde un universo atractivo como pocos (aunque, para qué engañarnos, con lo de los dinosaurios robots nos tenían ganados desde el minuto uno), un montón de mecánicas y sistemas que funcionan y se combinan a la perfección, un imponente apartado audiovisual y una fantástica protagonista femenina, Aloy, que debería ser un ejemplo a seguir por otros desarrolladores. El pequeño drama de Horizon -como el de otros títulos publicados en los últimos doce meses- es haber llegado en un año tan excepcionalmente bueno como ha resultado ser 2017, pero en otras circunstancias habría incluso luchado por el oro. Así de bueno es.

nex

Plata: Nex Machina

Nex Machina es, al mismo tiempo, una de las mayores alegrías y una de de las mayores decepciones de 2017. Alegría porque es un arcade perfecto, en el que Housemarque (Super Stardust, Resogun) y el legendario Eugene Jarvis (Defender, Robotron 2084, Smash TV) unen fuerzas para redefinir lo que todos deberíamos esperar a partir de ahora de un twin stick shooter. Decepción porque su fracaso comercial ha provocado que el estudio finlandés abandone el género y se dedique a otros menesteres, tras comprobar que su futuro pintaba muy negro si seguían apostando por el mismo tipo de juego de nicho que hasta ahora.

Y es una auténtica pena, porque actualmente nadie entiende mejor que ellos la pureza del arcade. Nex Machina es peligrosamente adictivo, visualmente impresionante y se basta de unas pocas mecánicas extremadamente pulidas para crear una experiencia que eleva la jugabilidad más clásica y honesta a un nuevo nivel. Es el título imprescindible de 2017 que probablemente no habéis jugado, pero que deberíais probar cuanto antes.

Oro: Super Mario Odyssey

2017, y en esto estamos de acuerdo todos en la redacción, ha sido el año de Nintendo. Switch ha superado todas nuestras expectativas, y no recuerdo ninguna otra consola que en su primer año (apenas sus primeros nueve meses, realmente) haya conseguido colocar no uno, sino dos gotys indiscutibles en todas las listas habidas y por haber. Mario y Zelda, Zelda y Mario; que la batalla por el juego del año se decidiría entre las dos franquicias más icónicas de la gran N era algo que estaba cantado prácticamente desde su propio anuncio.

No creo que sorprenda a nadie que un servidor se quede con la nueva aventura del fontanero italiano, un título que recupera la senda que marcaron Super Mario 64 y Super Mario Sunshine para renovar la franquicia con un especial énfasis en la exploración, pero en el que no se olvidan nunca sus raíces como juego de plataformas. Podría hablar líneas y líneas sobre las bondades y el brillante diseño de Odyssey (ya lo hice en el análisis, así que tampoco voy a repetirme), pero me basta una única razón para decidirme por el nuevo Mario como el mejor videojuego de 2017: el Festival de Nueva Donk, un homenaje tan espléndido, sincero y emotivo a uno de los personajes más icónicos del videojuego que fue incluso capaz de sacar una lagrimita de un tipo tan serio y circunspecto como yo. Para que luego digan que no tengo corazón...

Borja Pavón (@kidcoltrane)

Menciones de honor: Assassin's Creed Origins, Horizon Zero Dawn.

Bronce: Resident Evil VII

Soy un gran fan de los juegos de terror, y por eso me parece que lo que ha hecho Capcom con Resident Evil VII es importante; no solo porque es una forma valiente de distanciarse de una sexta entrega que, aunque duramente vapuleada por la opinión general, logró pingües beneficios para la compañía japonesa, un camino que siempre resulta tentador mantener, sino porque ha logrado alterar las expectativas del público para con la saga, para bien o para mal. El cambio de tercera a primera persona, el retorno a un escenario más opresivo que recoge el testigo de la mansión del original, la reducción de extraños sucesos a un entorno familiar y la (relativa) desaparición de los muertos vivientes. Resident Evil VII logra recuperar la tensión constante que transmitían las anteriores entregas, y más importante, los giros y sorpresas de su trama sin dejar de relacionarse con el lore que todos conocemos y amamos. De alguna forma incluso el propio nombre de la saga cobra un nuevo sentido que puede (o no) facilitar la experimentación de sus responsables en futuras entregas. Resident Evil VII es importante porque arriesga y porque consigue alcanzar aquello que se propone.

Plata: Super Mario Odyssey

Si en el caso de Zelda Nintendo ha dado un vuelco a gran parte de sus propias convenciones, Super Mario Odyssey supone la expansión y el perfeccionamiento de una fórmula ya establecida. El salto de Mario, su expresión básica, cobra aquí un nuevo significado con el añadido de Cappy, la fiel gorra que en esta ocasión podemos lanzar para interactuar con ella y con nuestro entorno de múltiples formas. Cada uno de los niveles que conforman la última aventura del otrora fontanero destila inventiva y libertad creativa por los cuatro costados, una originalidad cuyas mecánicas bien podrían ser el cimiento de juegos enteros. Pero no solo eso: Odyssey también es un homenaje a toda la herencia de Mario y de la propia Nintendo (algo plasmado tanto en esos niveles en 2D como en los propios atuendos del personaje, por poner ejemplos sin hacer spoilers), y parece empeñado en recordarnos que todo lo que estamos viendo tiene un origen concreto, dando el mismo peso a la innovación que a la tradición y la nostalgia, pero sin imponer ninguno de esos elementos sobre el resto. Super Mario Odyssey es, en mi opinión, el mejor plataformas del año, y el Mario más Mario.

Oro: The Legend of Zelda: Breath of the Wild

Este año Nintendo ha logrado mucho más que redefinir el concepto de una saga tan establecida como Zelda: ha redefinido el concepto de mundo abierto y de cómo el jugador interactúa con él. Breath of the Wild es único porque premia la curiosidad y la experimentación del jugador por encima de todo lo demás, pilares básicos del videojuego que no pueden darse ni explotarse hasta tal extremo en ningún otro medio y que aquí cobran vida en forma de una envidiable jugabilidad emergente que nos permite resolver las situaciones de formas muy diferentes, algunas, incluso, no previstas por los propios desarrolladores. Es por eso, quizá, por lo que la narrativa brilla por su ausencia y la curva de dificultad es algo inestable, pero a cambio Zelda ofrece una Hyrule radiante repleta de cosas que descubrir que mantiene constantemente la capacidad de sorprender, y cuya arquitectura y mapeado están especialmente diseñados para fomentar la exploración y el empeño para desviarnos una y otra vez del camino que suponemos marcado. Hasta cierto punto resulta paradójico que el Zelda más revolucionario sea el más parecido al Zelda original de NES, pero así es: Nintendo ha vuelto a los orígenes de la saga para darle un giro completo, y el resultado no podría haber sido mejor.

Enrique Alonso (@chicocartera)

Menciones de honor: Horizon Zero Dawn, Little Nightmares, PlayerUnknown's Battlegrounds.

Bronce: Destiny 2

Hace un par de días, en una de las típicas comidas navideñas que se convierten en cenas y más tarde en desayunos y en tremendos dolores de cabeza después, un amigo me comentaba que estaba algo desencantado con Destiny 2. Apenas quedaba nada interesante que hacer, me decía, y la reciente expansión había hecho poco por mejorarlo. Tenía algunas ideas interesantes y el nuevo pedacito de historia, pese a saber a poco, manejaba los tiempos con brío y dejaba con ganas de más, pero tras un par de sesiones particularmente largas las cosas habían terminado volviendo a su cauce: conectarse cada noche, repartir unos cuantos headshots, recoger unas perneras nuevas y quizá algún emblema chulo, repetir. Repetir, repetir y repetir. Ruido blanco, aunque como nos enseñó Contact a veces la clave para entenderlo todo está en la duración de ese pequeño fragmento de aparente nada: en el caso de mi amigo, unas ochenta horas, y contando.

Quizá sea por los disparos: por la deliciosa respuesta al control, por la sensación de feedback constante, por la visceral e inmensamente gratificante manera en la que explotan las cabezas de todos esos marcianos. Quizá sea por los números y los engramas y esa pieza de armadura que parece contener un pequeño sol en el pecho o esa otra pistola de la que todos hablan, y por la endiablada cadencia con la que el juego apuesta contra tus expectativas. Puede que tenga que ver con sus entornos, con su escala, con el chute de adrenalina que espera al final de esa sima que parece no tener fin y con todo ese contenido que al agotarse sabe a promesa rota, sí, pero solo porque horas atrás parecía no tener fin. Quizá sean todas esas cosas, pero en el fondo creo que la respuesta es más simple: Destiny 2, pese a ser finito, sigue siendo un juego del que apetece hablar alrededor de unas cuantas cervezas. Y de esos no quedan tantos.

Plata: Super Mario Odyssey

mario

Uno de los tópicos más socorridos de los que se suele tirar en la profesión cada vez que toca sentarse a escribir sobre un juego que te supera es decir que se trata de un regalo: un obsequio para los fans, un regalo para los aficionados a las plataformas, una caja debajo del árbol con una etiqueta que reza “para los amantes de los buenos juegos”. No me gusta recurrir a esos lugares comunes, pero en el caso de Mario Odyssey creo que todos son ciertos, y que en esta ocasión Nintendo realmente ha tirado de generosidad. No por su ambición, por su pulido, por su manera de apuntar directamente al corazoncito de todos ni por esa cosa que sucede en ese momento y que todavía tarareas con los ojos llorosos, sino por, y volviendo a tirar del cliché, permitirnos hacer jirones el embalaje de este juguete maravilloso y sentarnos a jugar con él mucho antes de la mañana de navidad. Porque Super Mario Odyssey no debería haber salido este año.

Y así creo que hubiera sido de haber llevado otro logotipo en el lomo. O de haber sido Nintendo una compañía normal, una empresa más preocupada por los cuatrimestres y los años fiscales que por los videojuegos que alimentan todas esas hojas de cálculo. Con una mano ganadora claramente visible pocos decidirían seguir apostando solo para mantener las cosas interesantes, y menos alinearían a su segunda estrella con un 0-5 al descanso porque el público ha venido a ver espectáculo. Nintendo ha decidido hacerlo y puede que por eso haya un legado que celebrar, otro tópico terrible que vuelve a resultar meridianamente certero con solo sentarse a jugar y que tiene poco que ver con los trajes y demás guiños más o menos explícitos: si hay un homenaje aquí vuelve a estar en ese control que parece tallado en piedra y que, como los niños caprichosos, hacemos muy mal en dar por sentado. Es importante portarse bien y ser agradecido, sobre todo si queremos que el próximo año los reyes vuelvan a pasar dos veces por casa.

Oro: The Legend of Zelda: Breath of the Wild

Unas cuantas líneas más arriba hablaba de juegos que te superan y de intentar escurrir el bulto, y puede que por eso en su día decidiera enfrentar el análisis de este Zelda hablando de Messi y de Maradona. No es una comparación especialmente inspirada, pero en su momento no se me ocurrió mejor forma de enfrentar lo viejo y lo nuevo, y sobre todo de meter mano a esa regla no escrita, a estas alturas ya maldición, que algunos llaman “el ciclo de Zelda”. Una espiral infinita de amargura y monsergas que dicta que está prohibido disfrutar de las cosas en su momento, y que solo es lícito emocionarse cuando el tiempo pone las cosas en perspectiva y no peligra tu carné de entendido. Recuerdo haber dicho también que no sabía si Breath of the Wild era el mejor juego de la franquicia, y sigo insistiendo en que se trata de un debate estéril; también creo que la discusión se le ha quedado pequeña.

Por eso, y continuando con el símil futbolístico, me gustaría hablar ahora de Mario y de cierto delantero portugués con el que la historia no ha sido justa, porque no es de recibo plantarse en el campo con semejantes condiciones y que el destino te haga convivir con una locomotora. La odisea del fontanero lo tenía todo para ser el juego del año, de cualquier año, pero este no podrá ser: este año no vale con ser prácticamente perfecto. No cuando a la misma puerta llama alguien que además viene dispuesto a cambiarlo todo, un mundo que se preocupa de serlo antes de colgarse el apellido de “abierto” y un ejercicio de diseño inexplicable que trabaja el kilómetro con lupa y herramientas de precisión. Solo nos queda esperar que lo consiga, que realmente lo cambie todo, y que toda esa valentía que ha demostrado Nintendo a la hora de deshacerse de sus propias ataduras sea recompensada por una industria dispuesta a escuchar, a desechar vicios, a asumir riesgos y a retirar algodones; en definitiva, a dejar de tratarnos como merluzos. Por eso Breath of the Wild es tan importante: porque como los jugadores de verdadera leyenda no aspira solo a ser el mejor de la historia, sino a hacer mejores a los demás.

Jaime San Simón (@eslinchis)

Menciones de honor: Super Mario Odyssey, Yakuza 0.

Bronce: Prey

En un año tan espléndido para los videojuegos como este 2017, el bronce de esta lista ha sido el puesto más complicado de elegir. Si nos hubiesen pedido la lista de los tres mejores juegos del años, aquí habría ido sin dudarlo un segundo Super Mario Odyssey. Si tuviese que escoger en la lista de juegos con los que más me he divertido, probablemente el puesto sería para Yakuza 0. En vez de eso nos han preguntado por nuestros juegos favoritos, así que he optado por Prey.

Prey me ha bombardeado desde el minuto 1 con elementos que me han encantado: toneladas de trasfondo para sumergirse en las relaciones físicas y emocionales de un mundo complejo, una arquitectura fastuosa que eleva un diseño de niveles espectacular, libertad para afrontar la partida de la manera que prefiero (y herramientas para que esa libertad no se vea coartada), una vibrante estética a medio camino entre el futurismo ruso y el art decó centroeuropeo… En este gran años he probado algún juego mejor, pero pocos han conseguido concentrar en tan pocas horas los elementos que me enamoran a nivel personal.

Plata: Persona 5

La estética de Persona 5 ha sido uno de los puntos que más ha centrado la atención del juego; ver la interfaz y las animaciones de P5 en movimiento es una de las experiencias más satisfactorias de este año 2017. Con el tiempo me he dado cuenta de que su valor va más allá de la potencia visual: ha logrado atraer a gente que había abandonado el JRPG en los últimos años y romper esa barrera de entrada invisible que el género parece haber levantado en los últimos años para transformarse de juegos de masas a títulos considerados entre el público general como de nicho.

A través de ese cebo, Persona 5 ha vuelto a enganchar a los jugadores con la tradición de los JRPGs no tanto a través de sus turnos - con un sistema de combate depurado al milímetro-, ni en el mundo que nos deja explorar - basculando entre un delicioso costumbrismo y una fantasía desbordante - sino en su enorme capacidad para conectar emocionalmente con el jugador.

Oro: The Legend of Zelda: Breath of the Wild

Podría sacarle un montón de pegas a este nuevo Zelda relativas a las mazmorras, los santuarios, la variedad de armas o el interés de algunas misiones. Ni una sola de ellas alcanza a eclipsar la sensación de atravesar Hyrule a caballo de noche, la emoción de vencer al primer Guardián, la frustración de pensar que has llegado a un lugar imposible y encontrar un kolog burlón, el alivio al escuchar las notas de piano que indican que ha acabado una tormenta, la sorpresa de ver a alguien jugar y soltar por enésima vez un “no sabía que se podía hacer eso”.

Breath of the Wild es uno de esos pocos juegos que comprende que, al igual que en una partitura, los silencios son tan importantes como las propias notas. Puntualizar todas estas experiencias del párrafo anterior con momentos de calma absoluta, de contemplación. Subir a una montaña es una hazaña, pero el momento satisfactorio es cuando pones las manos en las caderas y te paras a contemplar el mundo bajo tus pies.

Paula García (@cecilos)

Bronce: Yakuza 0

En Yakuza 0 dirigimos un cabaret y una inmobiliaria, ganamos peluches para niñas en las ferias, ayudamos a una dominatrix demasiado compasiva a entender cómo debe tratar a sus clientes y podemos adoptar un pollo llamado Nugget. También nos peleamos con cientos de sicarios con los puños desnudos, desvelamos alguna que otra conspiración criminal y ponemos en peligro a la mitad de nuestros seres queridos. Sorprendentemente, los elementos cómicos y trágicos de la historia se complementan a la perfección, y su increíble manejo del tono y la tensión no deja de sorprender ni un segundo.

A pesar de ser un juego plagado de especificidades creadas expresamente para el público japonés, es muy difícil no encontrar en Yakuza 0, como mínimo, algo que nos llame la atención como jugadores occidentales. Aunque sólo sea la posibilidad de terminar de rematar a un enemigo estampándole una bicicleta en la cabeza. El juego mezcla el beat-em-up con minijuegos de gestión, de citas, de ritmo, de habilidad o incluso con ciertos tintes de novela visual, y todos estos elementos conforman un universo extremadamente rico y variado en el que podemos invertir decenas de horas sin cansarnos ni un ápice. La combinación es gloriosa, y si algo tengo que agradecerle al año 2017 es que haya puesto a Goro Majima en mi vida. Ojalá no se vaya nunca.

horizon

Plata: Horizon Zero Dawn

Horizon es un juego estupendo atrapado en un contexto terrible: uno en el que el mercado está excesivamente saturado de ficciones postapocalípticas, de historias dramáticas que sirven para canalizar la preocupación, cada vez más reciente, de que el impacto del ser humano sobre la Tierra terminará haciendo mella sobre el planeta y ésta se volverá un lugar menos habitable para nosotros. Incluso en medio de este panorama, en la historia de Aloy hay una nota discordante: los escenarios, que en este tipo de historias - la saga Fallout o The Last of Us, por poner un ejemplo - suelen parecer desolados, grises y sucios, están aquí llenos de vida y colores, de secretos y pequeños animales que corretean, ajenos a nuestra aventura.

Aun con un combate cuerpo a cuerpo que deja algo que desear, y una escritura de diálogos quizás un tanto mejorable, en este universo, en el que la naturaleza y la tecnología colisionan, hay mucho de lo que enamorarse: desde el gran despliegue técnico que nos permite atravesar la práctica totalidad del mapa sin apenas pantallas de carga hasta lo satisfactorio e intuitivo del combate con arco y el crafting, pasando por la propia protagonista, que es uno de los personajes femeninos más interesantes y consistentes que hemos podido disfrutar últimamente. El juego tiene, además, uno de los mejores modos foto que he experimentado jamás. Y dinosaurios robot. No nos olvidemos de eso.

Oro: Hellblade: Senua's Sacrifice

Me flipa hablar de los videojuegos que me apasionan, pero con Hellblade nunca sé por dónde empezar. Es extraño, al fin y al cabo, explicarle a alguien que el título que más he disfrutado este año también ha sido el más complicado, el más duro de jugar, ese que me obligaba a tomar descansos cada tres cuartos de hora de partida para respirar hondo y distanciarme un poco de su universo de delirio y pesadilla. Pero es en esto, precisamente, donde reside su mayor acierto: en conseguir perturbarnos, angustiarnos e inquietarnos. Sufrimos de la misma manera que Senua sufre en su periplo por el descenso hacia los infiernos.

No podemos dejar de destacar, claro, el profundísimo trabajo de documentación detrás de este título, que basa las mecánicas que utilizamos para movernos por el entorno en síntomas y experiencias reales de pacientes de psicosis, el trastorno que padece la protagonista. Este elemento, apoyado en un cuidado apartado artístico que se esfuerza en ser lo más inmersivo posible, conforma un juego que no sólo destaca por su jugabilidad, su historia y su diseño, sino por su tratamiento maduro y profundo de una temática tan estigmatizada como las enfermedades mentales. Un título modesto pero valiente, de cuyo desarrollo se pueden extraer decenas de lecciones,

Diego Pazos (@yipee182)

Menciones de honor: Golf Story, Little Nightmares.

Bronce: Hellblade: Senua's Sacrifice

No es la primera vez que Ninja Theory amalgama mitología y acción: su Devil May Cry -o DMC, para los amigos más edgy- ya tomaba esa idea de representar ciertos aspectos de la sociedad moderna mediante personajes poderosos y extraordinariamente maniqueos a los que debíamos dorar el lomo. Con dicha experiencia en su cinturón, lo fácil habría sido tirar por camino conocido, usar leyendas nórdicas como punto de partida para otro juego de acción y cobrar el cheque. Por eso quizás sea más meritorio lo que han hecho con Hellblade: Senua's Sacrifice.

En una industria en la que todavía se mira con recelo el debate de si un juego tiene que ser divertido o no el estudio plantea una experiencia extremadamente incómoda, que ataca directamente a nuestros miedos más profundos, a nuestras dolencias más arraigadas, al dolor que parece remitir pero nunca curar. El gusto con el que aborda el tema de las enfermedades mentales es comparable en intensidad a lo desagradable de su desarrollo en pantalla; pero Hellblade no es más que un espejo, una superficie que refleja aquello que muchos sentimos en momentos de nuestra vida. Lograr eso sin alejarse por ello de los cánones de la industria es un triunfo cuyo alcance real determinará el tiempo y la labor de otros que decidan seguir este tortuoso camino. Como pionero, el resultado es inmejorable.

Plata: Super Mario Odyssey

Convertir lo extraordinario en ordinario es una constante en Nintendo. ¿Cómo se entiende si no que un juego tan rotundo, tan bien pensado, tan brillante como Super Mario Odyssey se vea como otro Super Mario más; o como la continuación lógica y evidente en términos cualitativos de un legado cada vez más excelso?

Decía Josep María en su análisis que hay vida después de Miyamoto, y que básicamente podemos estar tranquilos porque la maquina de las ideas sigue funcionando a todo trapo. Buena prueba de ello es que la introducción de un elemento tan psicodélico como Cappy y su capacidad de tomar el control de distintos personajes y seres de la particular mitología de la saga funciona a la perfección en lo mecánico, y permite también hacer un amplio repaso de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí. Porque tan importante como las ideas es su capacidad para hacer de la familiaridad una seña de identidad en cualquiera de sus juegos y un punto inamovible de su filosofía, sea todo lo disparatada que sea la propuesta original. Nintendo es siempre ese lugar cómodo y calentito al que regresar, y Super Mario Odyssey la enésima prueba de que en casa, como en ningún otro sitio.

Oro: The Legend of Zelda: Breath of the Wild

zelda

Mis primeras horas a Breath of the Wild fueron desastrosas. Tras un inicio ciertamente prometedor, en el que un gigantesco mundo lleno de posibilidades se habría frente a mí, comencé a sentirme abrumado por la cantidad de cosas que pasaban y el desigual ritmo en el que iban ocurriendo. Me preguntaba cómo, habiendo leído muchos análisis y escuchado la opinión de mucha gente a la que tengo en alta estima, se podía haber puntuado tan alto un juego que rompía esa familiaridad nintenderiana que decía antes y forzaba mecánica tras mecánica en un conjunto que parecía no tener un propósito claro. ¿Quién estaba equivocado entonces, el juego o yo?

La respuesta estaba delante desde el principio, aunque no lo supiera ver. Breath of the Wild no quiere que nos sintamos cómodos, sino que seamos nosotros mismos los que busquemos esa comodidad en un juego sorprendentemente sólido que, irónicamente, se disfruta más cuanto más roto. Sus numerosas capas no son otra cosa sino herramientas, y para emplearlas Nintendo nos ofrece uno de los lienzos en blanco más bonitos e impresionantes de cualquier plataforma. Explorar, un concepto unido a la saga desde su misma concepción, es parte vital del conjunto; y su éxito a la hora de fomentar el afán por probar, pero también por descubrir, ha conseguido que un juego que inventa relativamente poco haya trascendido a un imaginario colectivo en el que es, por méritos propio, ya un referente. En otro año en el medio digno de ser celebrado hay juegos más perfectos y con menos errores que este, pero difícilmente se me ocurre ninguno mejor.

Chuso Montero (@chusommontero)

Menciones de honor: Prey, Destiny 2, The Evil Within 2.

Bronce: NieR: Automata

Para empezar con esta pequeña lista he decidido que sea un poco menos imparcial pero un poco más personal. Aunque para mucha gente estas listas van en función de sus propios gustos, yo creo que hay que ser justos, y si hoy lo fuera al 100%, Breath of the Wild sería el tercero. Pero va a ser el cuarto, porque de él ya van a hablar mis compañeros, y de este no lo tengo tan claro. Y no se merecería no aparecer de ninguna manera.

Y que decir de Automata que no hayamos dicho ya sin entrar en spoilers. Me parece imposible imaginar este juego sin la figura del autor, sin la figura de Yoko Taro. Solo cuando alguien tiene una serie de inquietudes que necesita compartir, aparecen obras como estas, experimentales y extrañas en cuanto a su forma, pero increíblemente puras y terrenales en cuanto a su contenido. Es brillante que una historia de androides contra máquinas consiga extraer de nosotros emociones de lo más humanas, pero lo es más aun por como lo hace. Lo de los créditos y tal, ya sabéis.

Plata: What Remains of Edith Finch

El caso de What Remains of Edith Finch fue algo totalmente inesperado. No lo teníamos para nada en el punto de mira y yo estaba mirando nuestro vídeo de los lanzamientos del mes para ver si había algún título que quisiera analizar en especial. Edith Finch fue uno de ellos, pero junto a otros dos, y finalmente me encargué yo.

Y sin comerlo ni beberlo, cuando lo acabé estaba convencido de que sería uno de los juegos del año, el viaje fue increíble, y me causó un impacto tremendo solo porque el hype estaba fuera de la ocasión por una vez. Era una sensación extraña, porque todavía eramos muy pocos en el mundo los que lo habíamos jugado y lo sabíamos: supimos que aquello era histórico, relevante. Y como precisamente pude analizarlo y ya hablé mucho de él en aquel texto, he decidido contaros esto aquí.

Oro: Super Mario Odyssey

El año de Nintendo. El año de Nintendo Switch, concretamente. Desde el día de su anuncio, hasta hoy mismo, la premisa y el punto principal de venta de esta nueva consola ha sido la libertad. Donde quieras, como quieras. Esa libertad se agarra sobretodo al concepto del viaje, por un lado por lo de poder jugar al Zelda en el autobús, y por otro, porque una vez has llegado a tu destino, te puedes montar un torneíto de ARMS.

Super Mario Odyssey es un juego sobre el turismo, sobre la necesidad de manifestarse, pero ante todo es un juego sobre la libertad, al igual que Breath of the Wild. Creo que la exaltación de la libertad es en Mario incluso más grande que en su compañero, por ser más sutil y también más trascendente. Libertad de recorrer el mundo entero y aprender de él, libertad de explorar y ser recompensado por ello en cada pequeño jardín, libertad de ir más allá de tus propios límites y ver el mundo desde el cuerpo de otras criaturas. Pero, de nuevo, por encima de todo eso, libertad de expresión, libertad de creación, a través del lenguaje gestual y complejo de un señor con mono y bigote. Cada uno de nosotros ponemos nuestro sello personal, pero las herramientas para hacerlo nos han sido prestadas. Y esa es una hazaña insuperable.

mario2

Bonus track: José Altozano (@dayoscript)

Nota del editor: Dayo, que siempre se guarda alguna sorpresa bajo la manga, decidió ignorar por completo el formato propuesto a la hora de entregar su selección de los juegos del año, así que a continuación tenéis su texto, con un estilo diferente al resto. Qué le vamos a hacer, al chico tenemos que quererlo con sus peculiaridades... ;)

Es algo esporádico, sin un momento concreto, sobre todo porque no tengo cabeza para acordarme de estas cosas. Espero que nunca me necesiten como entrevistado para un documental, porque recuerdo el concepto de hablar con Enrique “Enroque” Alonso sobre Breath of the Wild, pero no el momento, la hora del día, los detalles o si me había lavado los dientes aquella tarde. Lo que sí recuerdo es que Enroque, una y otra vez, ha defendido la nueva aventura de Link como el mejor videojuego de 2017 alegando que es el más importante. No le quitaré razón, aunque no coincido con él, porque Breath of the Wild sí que es importante como juego en el sentido de cómo da luz a un mundo lleno de sistemas interconectados que funcionan como una máquina perfectamente engrasada cuando interactúan entre ellos.

Hablemos de importancia.

Hace unos pocos días me pararon en el supermercado, la clásica maniobra de “oye, somos una ONG y aprovechamos que es Navidad para apelar a tu espíritu cristiano con esta campaña de donativos”. Lo normal sería que lo ignorase porque soy un miserable, pero me pillaron por banda y comenzaron a hablarme sobre el sufrimiento de los pobres niños que no tienen nada para comer. La historia la hemos escuchado un millón de veces.

Y entonces pienso en Nour.

“Una muerte es una tragedia, un millón es una estadística”. Creo que el dicho iba así, pero lo importante es que es cierto. Nour. Por qué. Soy incapaz de distanciarme de nada de lo que me esté diciendo ese chico. Mi Grinch interior muere. Me apunto para donar.

La gente se llena la boca enseguida cuando dicen que si los videojuegos son arte, pero luego se olvidan que el arte es más que un cuadro bien pintado. Se olvidan de los disturbios que causó Fando y Lis en la fecha de su estreno en México, se olvidan de Bono matando niños africanos a base de aplausos en uno de los conciertos de U2. Se olvidan de que hay un montón de gente llorando porque Los Últimos Jedi tienen mujeres hasta un afroamericano rondando por ahí. Son grados descendientes de implicación, pero lo que vengo a decir es que el arte puede sacudir a la gente. La vida no es la misma después de jugar a ninguno de estos tres juegos; cada uno abre una puerta a una nueva perspectiva y ninguno cede un solo milímetro a la hora de contar su particular historia.

No me veo capaz de decir qué prefiero, si la depresión kawaii metamoderna de Everything is going to be OK, la sonrisa amarga y conversaciones rotas de Night in the Woods o el dolor y la tensión de Entiérrame, mi Amor, pero sé que los tres son importantes. No revolucionarán nada a nivel mecánico, pero eso importa poco, y creo en el videojuego-juguete. Me encanta, pero apuesto mi mano izquierda, y soy zurdo, a que jamás se va a ir. Siempre tendremos otro Zelda y otro Pokémon y otro Call of Duty. Pero estas nuevas propuestas no se pueden dar por sentadas; cada una es una carga hacia la aterradora tierra de nadie y un futuro incierto pero maravilloso en el que el videojuego abraza su faceta artística. Podemos tener ambas formas de videojuego. Me parece que ese progreso es mucho más importante.

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