Sin tiempo para presentaciones, el último título de Square Enix comienza con una épica batalla entre ejércitos en la que tomamos el control de varias unidades. El combate no es más que un trámite con forma de tutorial, pues gracias al Gae Bolg, una poderosa reliquia (“remnant” en inglés), la victoria de nuestro bando está asegurada.

El siguiente enfrentamiento es mucho más descafeinado y también representativo de lo que nos espera durante las primeras horas de juego; menos soldados, menos posibilidades y menos diversión. Parece como si con el primer combate se nos quisiera advertir. “Paciencia, que después el juego vuelve a ser así”.

Y es cierto. The Last Remnant va increíblemente de menos a más en todos los sentidos. De este modo, el juego nunca decae, es cierto, pero para comprobarlo hace falta superar un inicio demasiado tedioso y estirado.

Los combates mejoran a medida que se amplía el número de unidades a nuestra disposición y aprendemos nuevas habilidades (la primera “invocación”, por ejemplo tarda bastante en estar disponible). También el argumento, que al principio no logra atrapar, se vuelve mucho más interesante con la aparición de El Invasor, malo oficial y posiblemente el personaje más carismático del juego. Él se encarga, junto con varios de los secundarios, de compensar la falta de ideas en la definición de Rush Sykes, el descaradamente prototípico protagonista.

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La historia comienza con el joven buscando a su hermana Irina, secuestrada por quienes pretenden sacar partido de un misterioso poder que les viene de familia. El rescate no hace más que complicarse cuando Rush descubre que sus padres, ambos científicos de la Academia que estudia las reliquias, también corren peligro y El Invasor, con el extraordinario don de poder controlar cualquiera de estos artefactos, entra en escena. Todo mientras una auténtica guerra está a punto de estallar…

El guión no será recordado por su originalidad, la verdad, pero sí resulta correcto y no le faltan esos giros y sorpresas que tanto nos gustan. Destaca, eso sí, la recreación del mundo de fantasía donde transcurre la acción. Las ciudades, cada una custodiada por una gigantesca reliquia, tienen carácter propio, las rivalidades, tensiones e intereses políticos de las distintas regiones sazonan bien la trama y las distintas razas que allí habitan son acertadas.

The Last Remnant es típico y tópico a nivel de desarrollo. Llegamos a una nueva zona, unas cuantas cinemáticas empujan el argumento para que avance, se nos plantea una misión principal, para cumplirla nos cargamos a todo bicho viviente de la mazmorra, cueva o bosque correspondiente, jefe final inclusive, más cinemáticas… ¡y a por el siguiente! Aunque podemos tomar un respiro para ir de compras, mejorar nuestro equipo, bucear por los menús para organizar los cientos de objetos del inventario y realizar numerosas misiones secundarias, claro.

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Ni una sola sorpresa, para alegría de los defensores más conservadores del género y decepción de aquellos que opinan que esta estructura necesita cambios.

Mucho más novedoso, o como mínimo menos repetido, es el sistema de combate. Como ya comentamos en el avance del juego, es aquí donde reside la personalidad de The Last Remnant.

El grupo prima sobre el individuo en estas batallas por turnos cada vez más multitudinarias. No damos órdenes a los personajes uno a uno, sino a cada unidad, cuyos miembros se comportan como un bloque. Las instrucciones, por este motivo, son más generales e indirectas de lo normal; atacar normal, usar magias o ataques especiales, curar a los aliados… Varios factores, como los puntos disponibles (que aumentan a cada turno) o la situación de los enemigos, determinan los movimientos concretos que realizarán los integrantes de la unidad para intentar cumplir su objetivo conjunto.