La delgada línea Cosplay

Sobre como ser Travis Touchdown y no morir en el intento.

Este fin de semana se está celebrando –o se ha celebrado, según cuando esté leyendo estas lineas– el XIV Salón del Manga de Barcelona. Por mucho que les explique de qué se trata, todo el mundo lo conoce como el sitio ese donde se venden muchas cosas japonesas y la gente va disfrazada. Es una buena síntesis, que duda cabe, los medios de comunicación no se molestan en ahondar mucho más y reparten sorpresa entre sus lectores, oyentes y telespectadores hablándoles y enseñándoles toda una fauna de púberes vestidos de cosas raras que al ser entrevistados responden con palabras aún más raras. "Yo voy de Tifa de Final Fantasy VII" o "Yo soy Gai de Naruto" y la audiencia entiende lo que entiende, que la ESO es un pésimo invento.

Luego hablan de cifras de 60.000 y pico mil asistentes, de la de pasta que pasa de los bolsillos a las cajas registradoras y demás. Y a los que la crisis les está haciendo perder el sueño se les pasa por la cabeza que a picar piedra pondría a la vacaburra esa vestida de Sailor Moon y a cavar zanjas a ese que dice que va de Super Mario Bros.

La cuestión es que vayan como quieran, que son jóvenes y que ya tendrán tiempo de saber lo que cuesta conseguir esos papelitos de colores que los bancos y cajas de ahorros aman con frenesí. A la vista está que muchos hacen el ridículo vestidos como van, me refiero a los que van mal vestidos, pésimamente caracterizados, a los que, en dos palabras, van disfrazados.

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Detrás del término cosplay todos se sienten seguros, justifican hacer el pandereta con una filosofía de vida que traspasa el anime, el manga y los videojuegos. Dicen que reinterpretan y homenajean a sus personajes de ficción favoritos trayéndolos al mundo real en una transmutación sobre su propia carne. Eso lo oye o lo ve un padre de familia y como poco exclama "¡Si llevas las bragas por fuera, el mallot de ballet y la cara más pintada que una puerta, chiquilla!". Eso que algunos y algunas llaman cosplay lo es tanto como lo que lleva el grupo de amigotes borrachos en una chirigota de los carnavales gaditanos, que se disfrazan con una peluca de Chico Marx y un batín floreado y dicen que van de furcias.

El cosplay de verdad, en efecto, es el que esta gente describe pero que circunstancialmente no practican, la representación de un personaje de ficción con respeto y más allá del disimulo, el querer ser, aunque sea por un día, el califa en lugar del califa, Iznogud dixit. Con la excusa de unas jornadas dedicadas saltan a la calle con las pintas que sólo ese día se atreven a exhibir. La pregunta evidente, entonces, es ¿por qué no mostrar el respeto, la admiración y la empatía con el personaje cualquier otro día del año, o incluso cada día?

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Un atuendo tipo Rikku del Final Fantasy X puede pasar perfectamente imperceptible entre la movida neohippy de moda, un estilo en plan Jill Valentine de Resident Evil no es que sea muy extremado, o sin llegar a completar todo el vestuario ¿ustedes no se han puesto nunca una prenda o un referente de un famoso, un detalle como este o aquel que sale por la tele aunque fuera solamente el peinado? Anda que... Como si hubiera mucha diferencia entre un Travis Touchdown o una Sylvia Christel del No More Heroes respecto a lo que se ofrece en cualquier escaparate de Mango o de Adolfo Domínguez.

Ese homenaje, esa devoción, esa reencarnación puntual en un personaje animado puede ser efectiva cada día y sin excusas, sin necesidad de tapar la vergüenza y sin intentar justificar lo injustificable. Es por consciencias bipolares de este tipo que hacen que ir con una camiseta de Nintendo por la calle sea sinónimo de freak mientras que otra con una hoja de marihuana así de grande en el pecho se interprete como un gesto de libertad. ¿Por qué si yo voy por la calle con una camiseta de Atari me tildan de friki de los videojuegos y al que lleva una estampación con la etiqueta de Jack Daniel's no le llaman borrachuzo?

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