Análisis de Democratic Socialism Simulator

Socialismo, patria y rey.

Con buenas ideas e intenciones, su incapacidad para entender el funcionamiento del juego democrático hace que se sienta opaco e injusto.

Estados Unidos, como el resto del planeta, se encuentra ante una disyuntiva. El cambio climático, la aparición del coronavirus y que el sistema parece vivir ya en una crisis económica permanente ha hecho evidente que es necesario un cambio. Que seguir fingiendo que todo irá a mejor si seguimos haciendo exactamente lo mismo no nos llevará a ninguna parte. Por eso, mientras algunos siguen abogando por más mercado y otros se abrazan al fascismo, en el seno del partido democrático ha surgido una propuesta diferente: el socialismo democrático. Es decir, un giro a la izquierda representado en el candidato presidencial Bernie Sanders.

Como es lógico, alrededor de su figura han surgido muchos discursos, algunos hasta hace poco imposibles. De repente, se puede discutir sobre socialismo en Estados Unidos, un país que, tras el macartismo, tildaba de comunista cualquier cosa más a la izquierda del liberalismo rampante. El mundo del videojuego no ha sido impermeable a este fenómeno, dándonos algunos títulos claramente influenciados por el actual clima social, incluso si no son estrictamente sobre lo que está intentando hacer Sanders y otros tantos como él.

Entre esos juegos está Democratic Socialism Simulator, un sencillo simulador que nos pone en el sillón de la presidencia de E.E.U.U. como un presidente potencialmente socialista y demócrata. Es decir, alguien que tendrá que lidiar con toda la gente a nuestra derecha, lo cual significa, en esencia, prácticamente todo el establishment y los medios estadounidenses salvo Chapo Trap House.

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Adentrándonos ya en lo mecánico el juego es, esencialmente, un clon de Reigns. Comenzamos asumiendo la presidencia de los E.E.U.U. y, a partir de ahí, diferentes consejeros y lobistas nos harán propuestas que tendremos que aprobar, pasando la carta a la derecha, o rechazar, pasando a la izquierda. De ese modo iremos gestionando unas políticas que, en el caso de Democratic Socialism Simulator, tienen una serie de particularidades propias que lo convierten en un juego con personalidad propia.

Para empezar, nuestras decisiones no son absolutas. Ciertas leyes tendrán que pasar por el congreso y, si bien empezamos con una cantidad decente de apoyo - cuatro sextos de la cámara, nada menos -, las leyes más controvertidas, es decir, las más a la izquierda, pueden necesitar de un apoyo aún mayor. Esto nos lleva a la segunda de sus mecánicas: las elecciones. Acabado cada periodo, consistente en dos años, habrá unas elecciones. Primero al congreso, luego a la presidencia, y luego repetir otra vez lo mismo. Las primeras decidirán nuestro poder de actuación, pues nos permitirán tener más o menos congresistas de nuestro color, y las segundas decidirán si podemos continuar el juego, pues si no salimos re-elegidos difícilmente podríamos legislar nada, algo que le da una dimensión mucho más cercana a la política democrática.

Ahora bien, la cosa no es tan sencilla como asegurarnos nuestra re-elección. Cada perfil de votante tiene unos intereses particulares que podemos ver en un pequeño mapa donde, al mover cada una de las cartas a uno u otro lado, nos indicarán su contento o descontento ante la misma, algo que deberemos sumar a otro factor más, que es que, como en Reigns, tenemos tres factores diferentes. Con uno para el dinero, otro para la justicia social y otro para el ecologismo, debemos tener en consideración que todas nuestras decisiones tendrán efectos sobre los mismos. Con el dinero empezamos en una situación neutra, pudiendo alcanzar valores positivos (superavit) o valores negativos (déficit), teniendo así que tener en consideración nuestras arcas antes de tomar una decisión que nos vaya a costar dinero. La justicia social empieza a cero y representa la agencia que tiene la ciudadanía sobre sus derechos, especialmente en el caso de los más vulnerables. Y el ecologismo empieza con la barra llena, la cual tendremos que vaciar tomando medidas para crear unos Estados Unidos más verdes. Esto se demostrará mucho más difícil de lo que parece a simple vista, ya que mantener el equilibrio entre todos estos aspectos es, en última instancia, algo prácticamente imposible, especialmente cuando descubramos que las medidas de justicia social y de ecología no van necesariamente en la misma dirección.

Por desgracia, es precisamente en el seno de sus mecánicas donde encontramos el grueso de los problemas del juego, y es que el sistema heredado de Reigns tiene algo que choca frontalmente con la intencionalidad del juego: un presidente de una democracia no es un rey, por más similar que sea la política en su superficie.

Democratic Socialism Simulator es un juego con una clara agenda política. Pretende mostrar cómo podría ser una legislatura de alguien mínimamente socialista en un país que difícilmente podría estar más a la derecha, pero en vez de martillar los hechos más problemáticos de la situación (cómo solucionar los problemas ecológicos y sociales mientras se sufre ataques en todas direcciones y se penaliza el déficit público es difícil), nos pone en un simulador de reyezuelo medieval con aspiraciones sociales. En otras palabras, no somos nada, salvo canalizadores de la voluntad de nuestros consejeros.

Eso significa que no tenemos agencia sobre el juego. Nosotros podemos decidir atajar los problemas sociales, los ecológicos o ambos a la vez, pero si el juego decide tirarnos encima propuestas polémicas, que ni nos interesan ni nos benefician, no podemos simplemente ignorarlas porque los consejeros tienen aquí un poder desproporcionado que no se corresponde con el de la realidad, y tenemos que apechugar con las consecuencias de algo que ni hemos pedido ni estaba en nuestra agenda. Esto podría resultar realista si fueran propuestas contextualizadas en un debate, temas que vinieran de parte de lobistas o de la prensa, pero que, al proceder de alguna parte de nuestro gobierno y que eso afecte a nuestra opinión pública, pero no a nuestra relación con diferentes facciones, como en Reigns, lo hace todo opaco. Extraño. Difícil de leer.

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Es por eso que, dada la cantidad de variables en juego, estamos siempre no a una mala decisión, sino a dos o tres cartas que jueguen en nuestra contra de perderlo todo, algo que se siente tremendamente injusto pues, si bien es cierto que en ocasiones tiene sentido y el juego remarca convenientemente las luchas de poder contra la prensa e incluso dentro del seno del propio partido demócrata, muchas veces simplemente se debe a que el juego no nos permite tomar decisiones que queramos tomar, encerrándonos en un loop de propuestas forzadas.

Ese es el problema esencial de Democratic Socialism Simulator. Que se siente injusto, que es difícil de leer, que la política contemporánea no funciona así. Si fuésemos de verdad presidentes de los E.E.U.U. y un consejero nos hiciera una propuesta y la rechazáramos, no perderíamos votantes: seguramente, eso nunca llegaría a salir de nuestro despacho y de los mentideros de la casa blanca. Y esto es algo que Democratic Socialism Simulator, en su intención de traducirlo todo en votos y votantes, no sabe plasmar de forma convincente. Que el paso de la tiranía a la democracia significa que ahora ya no hay una, sino dos políticas: la política pública, la que llega hasta los votantes, y la política privada, la que ocurre entre despachos de políticos, empresas y lobistas. Y que pretender que una es el reflejo de la otra, que la política privada puede traducirse en movimientos en la política pública, es no haber entendido nada de la cultura política democrática.

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Lo cual es una pena porque, como suele ser habitual, el departamento de arte sabe sacar jugo a las posibilidades que le brinda el juego. Si bien la banda sonora es repetitiva y poco inspirada, con un agradecido botón para silenciarla, su diseño de personajes, con animales antropomórficos que permiten mordaces críticas a medios y políticos - que el New York Times sea el New Pork Times y Jacobin sea Jackalin Magazine, exigiéndonos siempre cosas contradictorias (si somos muy de izquierdas, que lo seamos menos; si somos más centristas, que seamos más radicalmente de izquierdas) es una buena lectura de la prensa política estadounidense -, y su interfaz, limpia y fácil de leer, hace del juego algo muy agradable de ver y jugar, al menos en el sentido más puramente sensitivo del término.

Pero esto nos lleva a otro posible problema, este mucho más subjetivo: requiere conocer no sólo inglés, pues no está traducido a nuestro idioma, sino también los medios y la cultura política estadounidense. Si bien esto no es difícil, ya que vivimos en un mundo colonizado culturalmente por Estados Unidos, sí puede hacer que se le escape la finalidad del juego incluso a quienes tengan el suficiente nivel de inglés.

Al final, Democratic Socialism Simulator se siente como un juego con claros problemas para enviar el mensaje que quiere de forma correcta y para ser el juego que quiere ser. Al coger las bases de Reigns y aplicando una capa más, trasladar las consecuencias de los lobbys a los votantes, solo lo hace más complejo y, sobre todo, más irreal, porque envía el mensaje de que una democracia es como una monarquía, pero sustituyendo a los diferentes grupos sociales por votantes con diferentes intereses sociales, cosa que no es cierta ni para la democracia socialista ni para cualquier otra ideología, fracasando así en transmitir su mensaje de cómo sería una hipotética presidencia de alguien como Bernie Sanders. Y esto, en un juego que se pretende activista, es un error imperdonable.

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