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Assassin's Creed: La Hermandad

Expansecuela.

Nadie sabe cómo referirse a eso a lo que antes llamábamos expansión: ¿actualización? ¿continuación directa? Existe cierto complejo a la hora de sacar un producto de estas características. La Hermandad, sin embargo, no tiene que ruborizarse; es una expansión en toda regla –las cosas por su nombre- pero de una calidad superior.

Que lo es lo notamos, por ejemplo, en la introducción, que es breve y contada con una rapidez impropia de la saga, y que ya indica que si quieres seguir el argumento sin perderte tienes que haber probado la segunda parte de Assassin's Creed. Apenas tenemos tiempo de ponernos los pantalones que ya están atacando nuestra Villa y cargándose a nuestros allegados.

Los Borgia vuelven a la carga, liderados esta vez por Cesare, el hijo díscolo, y en un plisplás te obligan a montarte a caballo y partir rumbo a Roma. Salvo pequeños oasis es la ciudad en la que pasaremos todo nuestro tiempo. Algunos podrán decir que prefieren más variedad, y es comprensible, pero también es evidente que la capital italiana es tres veces mayor de lo que habíamos visto antes y que, además, está recreada con detalle y gusto. Además viene con algunas novedades que hacen que la descubramos con otra mirada.

Una de las más importantes son las Torres. Cada distrito tiene la suya, y está regentada por una especie de jefecito al que tendremos que matar para poder incendiarlas y restablecer la paz. Cuando desaparece la negra influencia de los Borgia, Ezio es capaz de comprar y rehabilitar tiendas para ganar dinero y mejorar su equipo. No es que sea fundamental, porque puedes acabar la aventura con las armas del comienzo, pero sí que es curioso ver como, por ejemplo, ahora nos dejan comprar armas pesadas y llevarlas con nosotros todo el tiempo.

Los primeros 15 minutos de juego.

El combate es uno de los apartados que más han afinado. En general, de hecho, todo va más fino –y esta quizás sea la peculiaridad más importante de Assassin's Creed: La Hermandad- pero aquí en especial han logrado dar con una fórmula divertida y simple. Mediante el conocido sistema de ataque y contraataque enlazaremos violentas ejecuciones, combinando armas principales con secundarias. Una buena forma de mejorar tu técnica es mediante los desafíos, accesibles en todo momento desde el menú de pausa. Te proponen, en unos escenarios blancos y futuristas, que realices una serie de tareas (matar a tantos enemigos sin que te toquen, asesinar a varia gente sin ser visto...); dependiendo de tu rendimiento conseguirás una u otra medalla.

Y aquí el entrenamiento virtual del que os hablábamos. Sustituye a los engorrosos tutoriales.

Este componente, bastante hardcore, se complementa muy bien con la nueva idea de la "sincronización total". Cada objetivo se puede completar tal y como te dicen (matando a alguien de cierta forma, evitar ser golpeado...) o a tu manera. Seguir las directrices del juego, que en ocasiones son bastante complicadillas, supone un reto interesante para los jugadores más avanzados y una decisión de diseño completamente adecuada.