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Análisis de Pokémon GO

Tú eres mi amigo fiel.

Aunque como videojuego es mediocre, Pokémon GO hace lo imposible: traer su universo al mundo real. Y para muchos, con eso basta y sobra.

"¿Habéis visto al Charmander?". No sé qué decir. Ni siquiera conozco a quien me lo está preguntando. Estoy en Plaza de España con unos amigos, es de noche y hay gente caminando por el parque, los móviles fuera, dando vueltas. Que si he visto al Charmander. No "un" Charmander. "Al" Charmander. Yo qué sé, acabo de llegar aquí. Le decimos que no hemos visto nada y seguimos caminando. Algunos sueltan coñas: "¿Es 'Charmander' el nombre de alguna droga?", "¿Es un policía disfrazado?", pero en el fondo estoy sonriendo. Que si he visto un Charmander en Plaza de España. Jamás pensé que iba a escuchar algo así en mi vida. Pero es lo que pasa cuando juegas a Pokémon GO, que hay Charmander y Squirtle y un porrón de Ekans, Mankey, Pidgey y Growlithe. Están ahí, en la calle, y tengo que buscarlos. El mundo es la hierba alta, pero de pronto parece que todo el mundo está fumando hierba. Charmander. Menuda bestia ha liberado Nintendo.

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Pokémon GO es el MMORPG con el que los fans llevamos fantaseando desde hace años. Aquél videojuego que, predican algunos, acabaría con la sociedad, y desde luego la está sacudiendo con fuerza, pero mirándolo de cerca cuesta decir que lo haga por méritos propios. La dinámica es una traducción de la premisa original: te creas un entrenador y tú, lector, jugador, eres quien debe salir de casa a viajar si quieres hacerte con todos. Tu ciudad, tu pueblo, tu hogar cobra un nuevo significado, convirtiéndose en un mapa marcado por poképaradas, donde se consiguen distintos objetos, y gimnasios, que tergiversan la idea original de localizaciones gobernadas por entrenadores de élite para convertirse en puntos de control para uno de tres equipos: Valor, Sabiduría e Instinto. Cuando el líder es vencido, el gimnasio queda libre para que cualquiera lo reclame, y los entrenadores del mismo equipo se pueden presentar como aliados, dejando sus pokémon como muro adicional para el próximo rival que ose acercarse. Cuantos más aliados haya por tu zona, más difícil será conquistar tu gimnasio.

Pero el mapa de Pokémon GO revela un propósito distinto. Las poképaradas son las localizaciones que Niantic, sus creadores, consideran relevantes, y los gimnasios suelen ser las principales señas de cada calle o barrio. Para interactuar es necesario caminar hasta ellos, y el generoso zoom de la pantalla va revelando poco a poco las nuevas paradas sin visitar, los gimnasios que domina el otro equipo. Casi piden que vayas y los hagas tuyos. Es un ciclo sin fin, una conquista que no termina, y cuando levantas tu gimnasio, si estás en una zona concurrida, lo más probable es que se venga abajo en unos pocos minutos. Sigue caminando; habrá más suerte en otra parte. Y mientras caminas, quizá aparezca algún pokémon. Seguramente no sea fuerte, pero no pienses y captúralo. Aquí los combates no sirven para subir de nivel y, aunque los pokémon atacan cuando intentas hacerte con ellos, no puedes utilizar a ningún aliado en combate. Es cuestión de lanzar la pokéball y rezar porque lo hayas hecho bien. Aquí se sube de nivel con caramelos: tres por pokémon capturado, uno por transferirlo y deshacerte de él. Ahora consigue cien si quieres evolucionar tu Graveler para que sea un Golem.

A pesar de llevar su nombre, Pokémon GO rechaza o cambia muchas de sus tradiciones. Lejos de que todavía no se hayan implementado las peleas PvP o el intercambio, el sistema de combate resulta insultantemente simple: sube tu pokémon hasta un nivel parecido al de tu rival y empieza a pulsar la pantalla como un maníaco. Tarde o temprano ganarás y, si pierdes, pues lanza a otro pokémon. A menos que haya otros apoyándole, él sólo tiene uno para defender el gimnasio. Los tipos tienen su efecto, pero todo pasa demasiado deprisa como para poder llevar a cabo ninguna estrategia. En su variante PvE, Pokémon quizá no fuera el JRPG más profundo del mercado, pero al menos exigía una cierta cabeza: equilibrar cuidadosamente los tipos de tu equipo, asegurarte de que cada pokémon tuviera ataques que favorecieran sus estatus y le permitiesen enfrentarse a varios tipos sin necesidad de cambiar, e incluso saber qué pokémon utilizar a cada momento. Aquí todo se limita a los números. Quién tiene más nivel. Quién tiene más pokémon. Tus criaturas ni siquiera aprenden nuevos ataques conforme suben de nivel: estás atascado con lo que encuentras.

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Pokémon GO no es un juego de pokémon. Es un juego de recolección casi vacío, apenas sostenido no por el deseo de probar tu fuerza en el gimnasio, sino de recolectarlo. Cuando aparece un pokémon que ya has capturado una y otra vez, la tentación de hacerlo una enésima viene del hecho de que no sólo conseguirás otra copia y su caramelo, sino polvos estelares que sirven para subir de nivel a cualquier miembro de tu equipo. Hay un metajuego y cada pokémon tiene sus atributos, pero no están a simple vista. El peso y la altura determinan las habilidades del pokémon, pero hay que rebuscar por internet para descubrirlo. Pokémon GO es un juego móvil hasta la médula y busca explotar a sus jugadores forzándoles a recolectar por algún propósito impuesto e impostado. Para qué voy a ser el mejor que habrá jamás si lo único que importa son los números. Cómo esperas que tenga un Charizard si los Charmander son rarísimos. Decir que un juego sobre caminar te obliga a caminar como si fuese algo malo resulta estúpido, pero esto va más allá. Podría entenderlo si pudiera subir de nivel a mis pokémon de forma natural. Podría entenderlo si pudiera desbloquear nuevos ataques, si realmente me invitase a tener un buen equipo y no bichos con números más altos que los demás. Tengo un Arbok y lo odio, pero acudo a él porque es de los mayores números de mi roster. Mientras tanto, el Aerodactyl que conseguí capturar ocupa una de las posiciones más bajas, con un absurdo CP de 29. Jamás va a moverse de ahí, porque es una especie rara. Eso no importa en el mundo de Pokémon GO. Si camino, encontraré a alguien más fuerte.

Pero qué más da. El juego no lleva ni un mes en el mercado y ya ha cambiado el discurso de las noticias, de la sociedad. Los Estados Unidos han visto a Donald Trump y Hillary Clinton hacer referencia al juego, los medios de comunicación se han visto forzados a hacer cursos exprés para entender en primer lugar qué demonios es un pokémon. Hay historias sobre niños autistas haciendo amigos, parejas y amistades imposibles que se forman en la unión de esta app. Todos los jugadores de Pokémon GO son amigos y hablan con familiaridad porque quieren divertirse. Es el sueño cumplido de todos los que deseamos salir a afrontar el mundo cuando teníamos diez años, aquellos que esperábamos una carta de Hogwarts con once. Tantos años viviendo en este mundo cruel y de pronto aparece una ventana a algo mejor en nuestro teléfono móvil. La ciudad cobra un nuevo significado: es una tierra llena de aventuras por vivir. Pokémon GO no es un videojuego destacable en absoluto, pero incluso si el fenómeno muriese mañana, recordaríamos estos veinte días como aquella vez en que todos fuimos niños y salimos a la calle en busca de Pidgeys. El éxito de Pokémon GO, el milagro de esta obra que hace no mucho parecía imposible, es su capacidad para permitirnos interpretar un papel de fantasía. Es la posibilidad de manejar un sable láser real, de volar o lanzar telarañas por las muñecas. Y si la gente sigue, si yo mismo voy a seguir intentándolo, es porque tenemos esperanza de que esto vaya a más y enmiende sus faltas. Es una base, pero una base es todo lo que se necesita. Un teaser en la era de los anuncios de anuncios. Por encima de todo, esta app mediocre, este juego que Nintendo destinó a un estudio con el que jamás había tenido trato, es una fantasía cumplida. Charmander en las calles. Me habría vuelto loco si hubiera tenido esto en los noventa.

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