Just Cause 3 Artículos

No resulta complicado entender la razón por la cual la saga Just Cause cuenta con una fiel legión de seguidores, especialmente tras la publicación de la fantástica y alocada segunda entrega. Algunos se sienten atraídos por su idealista concepto del sandbox, en el que se mezcla un escenario enorme con una ambientación paradisíaca. Otros, como decía Michael Caine en El Caballero Oscuro, solamente quieren ver arder el mundo. La mayoría, quizás, por ambas cosas a la vez.

Las primeras informaciones sobre el rendimiento de Just Cause 3 en consolas no han sido demasiado positivas, especialmente tras la publicación de un análisis preliminar de la versión Xbox One que causó bastante controversia en foros y redes sociales. Al empezar nuestras pruebas no podíamos evitar preguntarnos si realmente el port para consolas era tan desastroso, porque precisamente el anterior juego de Avalanche, Mad Max, era modélico en este sentido, y también si estos problemas se extendían a la versión para PlayStation 4.

Durante el verano de 1999, cerca de 200.000 almas se daban cita en la pequeña ciudad de Rome, en el estado de Nueva York, para conmemorar el treinta aniversario del festival de Woodstock. La idea era recuperar el espíritu del que fuera quizá uno de los mayores iconos del movimiento hippie, en un nuevo fin de semana de paz, amor y macro conciertos a cargo de bandas que se habían dejado los chalecos de flores en casa y tomaban el testigo de Hendrix y Janis Joplin armados con guitarras de siete cuerdas, pantalones de gimnasia y esa pose a medio camino entre el teenage angst y el cuidadito conmigo que te meto tan propia de los noventa. Cuatro días después, cuando las hogueras comenzaban a apagarse, los testimonios sobre vandalismo y agresiones sexuales inundaban los informativos, certificando la muerte de un festival que quizá no había sido tan buena idea desde el principio. Según cuentan los allí presentes, y los millones de espectadores que siguieron el evento mediante televisión por cable, los disturbios comenzaron durante la actuación de Limp Bizkit, y más concretamente durante los primeros acordes de "Break Stuff", un himno a lo catártico de romperle la cara al primero que se te cruce que fue recibido con los brazos abiertos por un respetable ansioso de rebelarse contra algo y romper muchas cosas por el camino. En España tuvimos nuestra propia versión del evento, y un retraso de más de cuatro horas en las actuaciones previstas unido al fin de existencias de los puestos que servían cerveza propiciaban que una turba descontrolada tomara el control de un Festimad 2005 que daba carpetazo a su historia como gran festival veraniego con una actuación de Prodigy a las nueve de la mañana que muchos califican como el mejor concierto de sus vidas. Quizá los coches en llamas tuvieran algo que ver.

Just Cause 3 es todo caos. No tiene sentido buscarle más trasfondo al juego, ni tampoco pretende tenerlo: esto va sobre destruirlo todo, y cuanto más mejor; sobre hacer explotar vehículos, explotar depósitos, explotar centrales eléctricas de repúblicas bananeras dictatoriales - en este caso Medici, la tierra natal de la madre de Rico Rodriguez. En este sentido, Just Cause 3, la tercera entrega de la saga de destrucción de Avalanche, cumple la máxima de "more big and more badass": el juego es más grande, más bestia, pero su núcleo sigue siendo exactamente el mismo.