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Fat Princess

Se armó la gorda.

Cuando Fat Princess fue anunciado en la conferencia de Sony del pasado E3, pocos nos lo tomamos en serio. ¿Un juego donde teníamos que engordar a una princesa a base de darle pasteles? La mayoría de medios le dedicó una breve nota y poco más. Bueno, alguna asociación feminista se quejó por el tema de los estereotipos negativos que reflejaba, pero nadie les hizo mucho caso.

Y en esto que llega la beta y de repente todos estamos como locos. Porque resulta que aquello que pensábamos la base del juego es más una curiosidad que otra cosa. El núcleo jugable se encuentra en multitudinarias batallas por equipos (el rojo y el azul, concretamente), una mezcla entre Team Fortress, Castle Defense un RTS y un Beat’em Up en plan salvaje. Es algo extraño de explicar, aunque extraordinariamente sencillo de jugar, así que vamos poco a poco.

De momento sólo hemos podido probar dos modos de juego, Rescata a la Princesa y Deathmatch, además de una breve toma de contacto offline, que además insinúa un futuro modo Historia en solitario. En el primero cada equipo comenzará con la princesa del enemigo secuestrada, y tendremos que rescatar a la nuestra sin que nos arrebaten a la prisionera. Aquí entra la gracieta del juego: cuanto más gorda esté, a base de cebarla con tarta, más gente del equipo contrario será necesaria para transportarla. En el segundo se eliminan las princesas y sencillamente debemos matarnos unos a otros. Hasta 16 jugadores por equipo participarán en estas contiendas, donde convivirán sin problema jugadores humanos y CPU.

La primera sensación que tenemos al ponernos a los mandos, especialmente si comenzamos por el online, es confusión. Aparecemos en medio de un castillo, con un montón de monigotes similares al nuestro correteando a toda pastilla. Antes de salir de allí, lo adecuado es acercarse a una de las máquinas que pueblan la zona y ponerse un gorro, con lo que nos transformaremos en una clase diferenciada. Las clases son las siguientes: los trabajadores nos permitirán recolectar materiales y mejorar los edificios (y con ello, las clases); los soldados, para el cuerpo a cuerpo; magos y arqueros para larga distancia y curas para… pues eso, curar. Una vez mejorados, podremos pasar de una a otra versión pulsando un botón.

Saltamos al terreno de batalla y no hay tiempo de quedarse quieto; la acción es constante y soltar el mando para ir a cambiar el volumen es suficiente para que nos rodeen cuatro enemigos y nos vapuleen. No tendremos muchas complicaciones: con L1 para apuntar y cuadrado para atacar solventaremos casi todas las situaciones. Las reapariciones suceden tras apenas 5 segundos, por lo que todo transcurre con mucha fluidez. Y tras diez minutos de partida, comprendes que esa fluidez es la que ha logrado engancharte como la peor de las drogas (como todos sabemos, los juegos flash más chorra). En su simpleza reside su atractivo.

A pesar de esta fiereza, el juego sigue teniendo trazas de RTS (juego de estrategia en tiempo real) mal disimuladas, que se empezarán a mostrar tras un par de partidas, más o menos cuando nos demos cuenta de que ir cada uno a la suya desembocará en fracaso y que hay que mantener equilibrio entre clases y coordinarse para asaltar al enemigo. Cada uno es una unidad… pero no hay comandante. Así que o nos ponemos todos de acuerdo pronto o no tendremos nada que hacer ante el enemigo. Tendremos asimismo que recoger madera y piedra para poder mejorar los edificios de clases y construir pequeños artefactos que nos permitan asaltar el castillo, como catapultas o escalerillas.

El aspecto visual que transmite el juego está a medio camino entre lo infantil y lo gore. La princesita (el sufijo deberíamos quitárselo tras unos trocitos de tarta) y el escenario probado, una especie de bosque con un lago, contrastan con los chorrazos de sangre que dejamos al morir (aunque pueden ser desactivados), una mezcla tan sádica como adecuada para el tono del juego. Los personajes tienen un estilo super-deformed con personajes muy cabezones, lo que junto al Cell-Shading nos da la sensación de estar sacados de un cómic. La música recuerda bastante al particular estilo del compositor Danny Elfman –autor de la mitad de melodías de películas de Hollywood y casi del 100% de las de Tim Burton–, acompañando a la acción de forma sutil pero necesaria.

Como únicos puntos negativos por el momento, el cierto lag que se aprecia de vez en cuando –esperemos que fruto de ser una beta– y la sensación de que este juego está hecho para que todos tengan su micrófono (chiquillos americanos con voz de pito silenciados, gracias) para organizarnos por equipos, y aún mejor con amigos. El número de personas con micrófono en PS3 es relativamente escaso y es bastante dudoso que el juego vaya a cambiarlo excesivamente. No es un defecto del propio juego, está claro, pero como mal endémico de la consola le tocará en el momento de la salida.

La primera impresión que transmite Fat Princess es clara: si se pule un poco el online, podemos estar ante una de las más gratas sorpresas de la temporada. El símil más parecido que encontramos ahora mismo es el nivel de diversión y surrealismo de un Worms, lo cual también se aplica al hecho de que en ninguno de los dos debemos fiarnos de las apariencias ¿Quién hubiera imaginado que una oveja con capa de superhéroe podría ser tan destructiva?. Porque aquí lo que prima es el entretenimiento y la locura. Hasta donde hemos probado, de todo ello va sobrado.

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Acerca del autor

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Jaime San Simón

Redactor

Jaime lleva en Eurogamer.es desde los inicios y es nuestro experto en juegos indie. Tú ponle ahí cuatro píxeles hechos con amor y ya le puedes dar megatones hiperpoligonizados, que él, se quedará con lo primero.

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