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Análisis de art of rally - La estética y competición más apasionantes del mundo de los rallies

Art of low poly.

Eurogamer.es - Imprescindible sello
Un exquisito apartado artístico y una jugabilidad impecable erigen a art of rally como referente alternativo a los simuladores de conducción

Conforme las máquinas en las que jugamos han ido ganando en potencia, los creadores de videojuegos han estado cada vez más cerca de ese Santo Grial llamado "fotorrealismo". Con cada nueva generación hemos visto cómo aumentaba la cantidad de teraflops al alcance de los desarrolladores y, de forma paralela, el nivel de detalle en las imágenes que se desplegaban ante nuestros ojos. Esta evolución era especialmente visible en un género al que, por economía del lenguaje, me referiré como "los juegos de coches". Gracias al hecho de no tener que preocuparse de quebraderos de cabeza tales como animar expresiones faciales realistas o animaciones que resultasen naturales, los juegos de carreras podían centrar sus esfuerzos en representar carrocerías, neumáticos e interiores cada vez con más lujo de detalles. Pero, de un tiempo reciente a esta parte, esa eterna carrera para conseguir una representación que sea prácticamente indistinguible de la realidad ha visto nacer movimientos que van justo en la dirección contraria. Desarrollos que emplean las herramientas actuales para crear unas obras que no solo no persiguen imitar al universo que nos rodea sino que su objetivo es encontrar el genio en la sencillez. Bienvenidos, pues, al mundo de art of rally.

Desarrollado y publicado por Funselektor Labs, art of rally es una rara avis dentro de un género que, ya de por sí, se caracteriza por representar a una de las competiciones más peculiares dentro del mundo del motor. Los rallies tienen una serie de características que los hacen muy especiales: recorrer los tramos individualmente, el uso de coches convencionales (aunque estén ampliamente modificados) o las múltiples superficies e inclemencias temporales a las que se exponen los vehículos convierten a esta modalidad en una de las más exigentes para los pilotos que compiten en ella, pero también en una de las más interesantes a la hora de ser trasladadas al videojuego.

art of rally es, por tanto, el penúltimo de esos esfuerzos. Sin embargo, allá donde el resto de las demás iniciativas intentan hacer una traslación a escala 1:1 del mundo del rally, el juego de Funselektor apuesta por algo diametralmente opuesto. Ya desde el inicio, nos damos cuenta de que art of rally quiere tener un desarrollo distinto, puesto que es un juego con historia. Nimia y absurdamente concisa, sí, pero historia al fin y al cabo. El caso es que en el mundo de art of rally, la progresión geométrica de la potencia que acompañó a los motores de la competición no se detuvo en el Grupo B - como sí ocurrió en este nuestro Universo - y, por tanto, asistiremos a una suerte de realidad paralela en la que, conforme vayan transcurriendo los años, veremos como los vehículos aumentan el número de caballos bajo el capó sin que parezca que haya límite. De la mano de este planteamiento tenemos un modo carrera en el que, partiendo de la década de los años sesenta, asistiremos a la eclosión y evolución de la competición y su tecnología para terminar en los años noventa, con un entorno competitivo perfectamente definido y dominado por unos vehículos a los que pocos rivales podían hacer frente.

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Que es lo mismo que le ocurre al apartado estético que art of rally despliega ante nosotros. Dentro del exquisito minimalismo que domina todo su diseño se pueden ver ecos de Absolute Drift - el anterior título de Funselektor - pero, en este caso, la sobriedad se mantiene a rajatabla en los menús o en el HUD y se deja una mayor libertad al detalle y al color en los escenarios y en los vehículos para que estos tengan el protagonismo que se merecen. Así, con pocos pero muy bien escogidos elementos, su estética low-poly hará que recorramos unas exquisitas y coloristas Japón, Finlandia o Alemania a lomos de vehículos que si bien su nombre no será oficial, sí reconoceremos gracias a sus perfectamente perfiladas carrocerías y a los esquemas de colores que podremos aplicarles. Para redondear estos tramos de ensueño, la banda sonora se ocupará de no dejar de pinchar un fantástico tema tras otro de synthwave, lo que hará que hasta los momentos en los que nuestro coche salga volando por los aires - y habrá unos cuantos - sean una auténtica delicia. Como lo son los efectos sonoros: cada uno de los integrantes del monstruoso parque móvil (que guardará alguna que otra sorpresa entre sus filas) contará con un sonido de motor perfectamente reconocible y a sus potentes rugidos tendremos que añadir el sonido del escape escupiendo fuego, las ruedas chirriando en las curvas o los quejidos de un sistema de frenado mientras intenta contener a una bestia de mil kilos para que no se estampe contra la arboleda.

La suma de todos estos elementos crea un universo que no solo está idealizado sino que, además, es el ideal para demostrar nuestras habilidades al volante frente al crono. En art of rally los cerezos siempre están en flor, el césped y los árboles están espléndidamente verdes de forma eterna y el público - inteligentemente representado como unos muñecos que bien podrían poblar los futbolines de cualquier bar de nuestra península - nunca estorba a nuestra conducción. Recorrer los tramos de art of rally es como conducir por un diorama hecho a base de colores pastel en el que nosotros solo necesitaremos poner nuestra pericia. Y, para ello, a nuestra disposición se ponen un control preciso y una cámara que nos dará una visión bastante amplia sobre el trazado del circuito, porque, a diferencia del resto de títulos, aquí no tendremos a un copiloto que nos guíe y tendremos que tirar de intuición y previsión para afrontar unas curvas y saltos que no perdonarán el más mínimo fallo. No obstante, y gracias a la perenne posición elevada de la cámara, será fácil preveer una o dos curvas por delante de nuestra posición. Y más valdrá que lo hagamos, porque de lo contrario veremos a nuestro coche volar hacia el exterior de la trazada chocando con árboles y vallas, sufriendo pinchazos o haciéndonos perder unos valiosos segundos.

Pero para que semejantes dramas de la conducción no tengan lugar, art of rally tiene una solución sorprendentemente ingeniosa. Dentro de sus múltiples modos de juego destaca, como ya hemos mencionado, el fantasioso modo carrera y su estructura de rally anual mediante la que recorreremos esa suerte de realidad alternativa en la que los motores solo hacían que ganar caballos de forma casi geométrica. Lo que no destaca, al menos a simple vista, es su forma de enseñarnos a dominar el control de sus vehículos. Al comenzar la carrera en los años 60, los vehículos a los que tendremos acceso tendrán unas capacidades muy limitadas. De este modo, poco a poco iremos aprendiendo a dominar los fundamentos básicos de un título que en absoluto es un simulador pero que, por otra parte, tampoco perdona al jugador que confunda el aspecto amable de este título con un arcade puro y se dedique a tirar del acelerador sin piedad. Freno de mano, uso del contravolante y mesura serán habilidades que tendremos que dominar al pie de la letra si queremos encaramarnos al podio y acceder a unas categorías superiores que pondrán nuestras habilidades a prueba con coches cada vez más potentes y, por tanto, cada vez más exigentes en su manejo. Ese progreso en el modo carrera es también la prueba fehaciente de que existen unas curvas de dificultad y aprendizaje perfectamente medidas. Basta volver sobre nuestros pasos tras domar en cualquier dificultad a las bestias de, pongamos, el Grupo B y seleccionar a vehículos de años anteriores para darnos cuenta de que nos resultarán insultantemente fáciles de manejar demostrando, pues, que el modo carrera ha cumplido su objetivo a la perfección. Sin embargo, y aunque no es una tarea especialmente difícil hacer morder el polvo a la IA en cualquiera de sus encarnaciones, la competitividad extrema nos aguardará en el modo contrarreloj. Es absolutamente espeluznante -y revelador- realizar un tramo para el recuerdo tras solo dios sabe cuántas repeticiones y, al confrontar nuestro tiempo con el resto de jugadores, ver como el primer clasificado nos saca unos veinte segundos de ventaja. Lo que le da tiempo más que suficiente para salir del coche e ir al bar de al lado de la meta a pedirse un cortado con la leche fría, al muy fenicio.

Pero no todo es batirse el cobre hasta las últimas consecuencias y para aquellos que prefieran una experiencia más relajada -o en los momentos en los que simplemente deseemos disfrutar- art of rally guarda algún que otro as bajo la manga. El más llamativo de ellos será un modo de conducción libre en el que podremos recorrer a nuestro albedrío las localizaciones de los distintos tramos. Mientras tanto, a nuestro encuentro saldrán coleccionables como las letras que compondrán la palabra "RALLY", cassettes o localizaciones en las que podremos disfrutar del paisaje. No habrá cronómetro, rival que nos persiga ni ningún límite más allá de las fronteras de la propia zona con lo que podremos practicar nuestras habilidades o también podremos juguetear con un modo foto que nos dará la posibilidad de obtener fabulosas estampas mientras disfrutamos del entorno, la música y todas las herramientas que este modo pondrá a nuestra disposición.

En última instancia, art of rally es un videojuego impecable. En todos y cada uno de sus apartados se conduce -lol- con firmeza y maestría y, por sacarle algún que otro pero, quizá sus únicas fallas sean que para exprimir al máximo su imponente apartado artístico se requiere una máquina en condiciones o el hecho de que cinco localizaciones pueden ser pocas, sobre todo si las comparamos con su gigantesco parque móvil. Dos pequeñas aristas en un diamante que, por lo demás, está perfectamente optimizado para correr en hardware limitado - eligiendo qué opciones activamos y trasteando un poco, eso sí - y que así permite a todo el mundo disfrutar de unos escenarios maravillosos y unos coches tan indomables como carismáticos y llenos de color. Cuando agarramos el volante de cualquiera de ellos y echa a andar el crono, un control fino y preciso hace que recorrer esa suerte de preciosas maquetas puestas a nuestra disposición sea parte disfrute y parte competición. Además, su perfecto equilibrio entre su maravillosa estética, música y mecánicas jugables coloca a art of rally en las antípodas de la simulación. En un lugar mucho más cercano a la diversión pura que al realismo. En un lugar que merece la pena explorar.

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