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Análisis de Pharaoh: A New Era - Resucitando un clásico con los perfumes que se merece

👁🕺🙃.

Eurogamer.es - Recomendado sello
Un soberbio remake de un clásico que todavía hoy sigue siendo un ejemplo de lo que debe ser un buen city builder.

Todo juego de simulación y/o estrategia camina por una delicada cuerda floja. Debe intentar ser lo más complejo posible, para tener enganchados a los jugadores la mayor cantidad de tiempo posible, mientras evita hacerse pesado o insatisfactorio, ya sea porque su curva de dificultad sea demasiado elevada o porque su resolución — que haya un punto donde todos sus sistemas funcionen solos; que el jugador no tenga que hacer nada para que todo siga su marcha o se hunda sin motivo aparente — sea demasiado fácil de alcanzar. Si es que acaso es posible de alcanzar.

En ese sentido, en la década de los 90 y los 2000 hubo una compañía que consiguió dominar casi a la perfección este delicado equilibrio con una serie de city builders: Sierra Entertainment. Contando entre sus filas con estudios como Impressions Games, BreakAway Games y Tilted Mill Entertainment, firmaron algunos de los city builders mejor considerados de la historia del medio, como la franquicia Caesar, bajo su serie City Building. Ahora, de la mano de Triskell Interactive, nos llega un remake de uno de los clásicos de Impressions Games y, probablemente, el más celebrado y redondo de todos los juegos que llegaron a sacar en la serie City Building: Pharaoh: A New Era.

Incluyendo todo el contenido tanto del juego original, Faraón, publicado en 1999, y su expansión, Cleopatra: Reina del Nilo, publicada en el año 2000, Triskell Interactive ha hecho un trabajo prodigioso para que realmente se sienta como un remake. En 4K, con el sonido remasterizado, la interfaz modernizada y numerosas mejoras de calidad de vida que lo hacen mucho más accesible, el juego no se siente como algo completamente nuevo o como un absoluto portento gráfico, pero sí como algo mucho más cercano a lo que esperamos de un juego de 2023. A eso ayuda que el estilo gráfico haya cambiado notablemente, especialmente en la estética de nuestros ciudadanos y los dioses, incluso si la arquitectura y el diseño artístico sigue muy de cerca al original, siendo perfectamente reconocible para todos aquellos que jugamos al juego en el momento de su salida.

Incluso si fuera sólo por eso, Pharaoh: A New Era ya sería un perfecto monumento a la nostalgia. Traer al presente un gran juego de simulación, estrategia y gestión, al que es fácil echarle decenas de horas solo por los recuerdos que nos trae, con sus mejores galas, ya es un gran mérito. Pero eso no puede brindarnos más que unas decenas de horas de felicidad, y un gran juego de gestión y estrategia debe aspirar a más. Si es posible llegar a echarle cientos de horas, es porque Faraón es un juego que sabe andar por esa cuerda floja de la que hablábamos al principio con una maestría encomiable.

Ya elijamos seguir la campaña, teniendo que cumplir los objetivos que nos propongan en cada escenario mientras vamos aprendiendo la historia del antiguo Egipto, o un escenario cualquiera para hacer nuestra ciudad a nuestro ritmo, todas las partidas empiezan igual: tenemos un territorio asignado, más o menos grande, a orillas del Nilo, con una carretera y nada más. Nuestra obligación es crear casas para que la gente se mude al territorio, ofrecerles los servicios básicos para que sus condiciones materiales mejoren, trabajo para que nuestras arcas se llenen, y de ese modo poder continuar el círculo virtuoso en el cual poder seguir expandiéndonos, sino eternamente, al menos sí hasta un punto de equilibrio donde nuestra ciudad pueda ser eterna.

Ahí es donde las mejores de calidad de vida se hacen más evidentes. Haciendo que se desplieguen todos los edificios disponibles de cada clase con solo un clic, la construcción es mucho más rápida y sencilla. Al tener todos los iconos visualmente representados y accesibles de forma sencilla, es difícil que nos veamos en la situación de que esté ocurriendo algo en la ciudad y no sepamos el qué. Sumando los pequeños aspectos que introduce el juego, uno a uno, nos ahorra tiempo y, sobre todo, pequeñas frustraciones que en el juego original podían terminar por minar nuestra paciencia en un título que, precisamente, nos exige muchísimo temple para conseguir llevar a buen puerto todo lo que queremos hacer en el mismo.

A fin de cuentas, hay muchísimos elementos a tener en cuenta a la hora de construir una ciudad, algo que el juego siempre nos hace saber con cuidado y delicadeza. Si clicamos en cada casa, siempre nos dirá qué es lo que necesita para mejorar sus condiciones materiales. Al lado izquierdo de la pantalla tenemos accesibles una serie de gráficas que nos permiten ver los recursos básicos de los que disponen y los riesgos que corren todos los edificios de nuestra ciudad. Eso, sumado a la capacidad para acelerar o parar el tiempo, hace que no haya ningún momento en que nos sintamos necesariamente abrumados o sin nada que hacer, porque siempre podemos parar y tomarnos un respiro, o dejar correr el tiempo para llegar hasta otro punto concreto del futuro donde poder seguir planeando nuestra siguiente acción.

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A que todo esto no resulte abrumador ayuda que la campaña haga un ejercicio excelente enseñándonos las claves básicas del juego. Introduciéndonos poco a poco sus diferentes capas, dándonos claves muy concretas de cuál es la disposición más óptima en la cual debemos configurar nuestras barriadas, su curva de aprendizaje nunca se siente demasiado empinada. Nunca, o muy rara vez, nos encontramos en situaciones donde todo se venga abajo sin que sepamos que ha ocurrido si avanzamos con calma, siguiendo unas pautas generales básicas, incluso cuando se han introducido todos los elementos del juego y tenemos ya diferentes barriadas, comercio con otras ciudades, varios dioses que venerar, impuestos que recaudar y orillas del Nilo que orillar, algo poco común en los juegos de estrategia y simulación.

Eso no quita para que no sea un juego que acepte con gracia la impaciencia o la planificación chapucera. Es cierto que no castiga apenas los pequeños errores, por ejemplo, permitiéndonos derruir casas sin que tenga especiales consecuencias si necesitamos el espacio para construir cosas en cruces de caminos, pero también es cierto que no le tiembla el pulso para castigarnos si intentamos tentar a la suerte, forzar demasiado a nuestra población o comprobar los límites del sistema.

Plagas pueden acabar con una ciudad entera en cuestión de semanas si no hay suficientes médicos y boticarios en un solo barrio. Sin suficientes ciudadanos cualificados ciertos trabajos pueden no hacerse y acabar con la prosperidad de nuestra ciudad. Un paro excesivo puede llevar a una insatisfacción general que acabe vaciando nuestras arcas. Y estos son solo algunos ejemplos de cosas que pueden salir mal. Si además consideramos que pueden darse varias al mismo tiempo, y que probablemente lo harán porque todo problema acaba retroalimentado a los otros, podemos acabar viendo cómo un error de cálculo por nuestra parte puede acabar provocando que un acto de soberbia por nuestra parte acabe por arruinar lo que metódicamente llevábamos horas construyendo.

Por eso el juego quiere y espera de nosotros que juguemos lento. Con calma. Tomándonos nuestro tiempo y permitiendo que nuestra ciudad crezca poco a poco, sin forzar. Quienes quieran todo, ya, en este mismo instante, se verán muy rápidamente en problemas. Quienes asuman una posición más calmada, pensando de una manera estratégica, se encontrarán con un juego muy poco veleidoso, que aprecia al jugador y sus decisiones con ingenio, encanto y la posibilidad de hacer obras literalmente faraónicas, como grandes monumentos como mastabas y pirámides, que son el culmen del juego. Monumentos que solo son posibles si la ciudad es próspera, la ciudadanía está contenta y los dioses nos bendicen por nuestra gestión.

Si a eso sumamos lo que decíamos al principio, que este remake ha hecho todo lo que está en su mano por ser fiel al juego original mientras lo trae al presente, tanto en lo mecánico como en lo gráfico, hay pocas razones para no lanzarse de cabeza a Pharaoh: A New Era. De hecho, el único es no sentir aprecio por los juegos de simulación y estrategia, algo contra lo que el juego poco puede hacer.

Pharaoh: A New Era es la mejor versión posible de un juego que, ya en un momento, era un absoluto portento. Ahora es más bonito. Más agradable de jugar. Quizás sería atrevido decir que sea mejor, pero sí es más agradecido para la sensibilidad actual. Y poder decir eso de un clásico, quizás de nicho, quizás dirigido a un público muy concreto, pero un clásico, es algo a celebrar.

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