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Crónica de una Switch anunciada

Grandes esperanzas, grandes riesgos.

"Bueno, a la cama a SOÑAR ¿No?". El comentario de @Nacho_MG da en el clavo, una voz entre tantas de los hombres, mujeres e, imagino, algún chaval que estará mirando la presentación de Switch en directo, que no en vivo. Yo tengo una sonrisa que no me la podrían quitar ni a hostias. Menuda forma de cerrar, vaya tráiler el de The Legend of Zelda: Breath of the Wild. "VICTORIA DE LA SWITCH, BECHES". En ese momento, mi tuit y el susodicho parecen resonar con muchos de los que estamos despiertos a las seis de la mañana: ha sido increíble y no cabe duda de que Nintendo ha vuelto. Entonces voy a la cama, intento dormir tres horas y, por algún motivo, sueño con que voy de parranda con Loulogio salvo que, a la mitad, vamos bajo tierra y se convierte en una presentación de Portal 3, pero no puedo estar ahí porque Sempere necesita que escriba este artículo cuanto antes. Lo sabía.

He perdido la cabeza.

Y despierto. Despierto más calmado, como si hubiera vuelto de una fiesta; no agotado, pero sí pensando que quizá haya estado diciendo un puñado de tonterías y me haya dejado llevar. Quizás. Hace cinco horas habían dicho que Switch costaría 299.99 dólares y no me pareció mal, pero resulta que eso en España se traduce a 329.99 euros y claro, ya no es lo mismo. No ha pasado medio día y esto ya se viene abajo. Ahora resulta que la consola tiene sólo 32 gigabytes de almacenamiento. Mi teléfono móvil tiene más espacio. Ahí no cabe toda la música que tengo en iTunes. Tengo una carpeta con fotografías que pesa más de 67 GB y Dark Souls 3 pesa más de 20.

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Hace unas horas todo eso era muy distinto. A pesar de que haya tantos alarmistas diciendo que la tecnología nos separa, anoche yo, el único en pie en toda mi casa, a oscuras en mi habitación y con los cascos puestos, con los párpados a punto de caerse y una pestaña en el streaming y otra en Twitter, no estaba en absoluto solo. Era un festival de chistes improvisados, delicioso sarcasmo y, sobre todo, pasión. Muchísima pasión y ganas de descubrir aquella carta que Nintendo se estaba guardando bajo la manga. También hay que ser honestos: se necesita un tipo de persona específico para ver esto. Hay gente que no está dispuesta a esperar hasta las cinco de la mañana para ver cómo presentan un cacharro que va a estar a la venta en dos meses. Hay gente cabal, y doy gracias a ello, pero ya acepté que eso de la dignidad y las condiciones de vida humanas no eran lo mío cuando decidí que iba a ser periodista de videojuegos.

Pero era difícil odiar nada mientras estaba ocurriendo. No tiene ese toque tan suelto de los Nintendo Direct en los que se involucraba el equipo de Mega64, pero la noche dio su buena ración de gifs y momentos estúpidos, poses raras, demasiada gente vestida como si formaran parte de la yakuza y un presentador gritando de vez en cuando "MOBAIIIIIIIIRU GEMU", como si estuviéramos otra vez en esa gloriosa presentación de PlayStation 3. Gloriosamente vergonzosa, digo. Y la lista de juegos no estaba nada mal, empezando con ese Arms que bien puede caer en cualquier lado de la delgada línea roja que separa los grandes juegos de las buenas ideas mal ejecutadas. Suena a Splatoon y es una nueva IP de Nintendo, así que se sigue intentando. Hay esperanza.

La pièce de résistance, o quizá debería decir "las", han sido Super Mario Odyssey y The Legend of Zelda: Breath of the Wild. Llamadme raro, pero a mí la idea de que un juego de la saga de Zelda se centre mucho en la historia la veo bien. Admito que me va ese rollo, así que soy parcial, pero el nuevo acercamiento de Mario puede darnos un juego notabilísimo. Super Mario 3D World no era en absoluto desdeñable, pero carecía de ese toque de los grandes proyectos del fontanero. Odyssey apunta en esa dirección y el volver a la cámara libre, esa semilla que puede crecer en cualquier dirección que han plantado las palabras "mundo sandbox" y el sombrero vivaracho que puede convertirse en una plataforma temporal son muy buenas señales. Eran. Son. Han sido. Porque ya no son las cinco de la mañana y nunca más lo volverán a ser.

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Me dicen que es normal que las acciones de una compañía fluctúen cuando presenta un producto. Es la incertidumbre, pero la pareidolia es lo que tiene: vemos cosas donde no las hay, y si se ve el descenso que han tenido las acciones de Nintendo en sólo unas horas se tiene una representación de lo que ahora mismo siento: un gran comienzo seguido de un batacazo al detenerse a pensar. Todos esos juegos tienen muy buena pinta, y estoy seguro de que serán excelentes, pero los únicos que tenemos garantizados en la fecha de lanzamiento son 1, 2, Switch y The Legend of Zelda: Breath of the Wild. Si no nos encontramos con un nuevo Ocarina of Time, algo que realmente redefina las reglas y sea capaz de marcar al jugador como pocos títulos lo han hecho, cuesta pensar que Link tenga la fuerza suficiente como para sostener la consola hasta que venga todo lo demás, porque todo lo demás, hasta el online, viene meses después. No días ni semanas.

Meses.

Hay otro tuit que representa lo que pienso ahora mismo, según @El_Citador: “Nintendo Switch sin juego, con online de pago y con >32Gb, 330€. Más cara que una PS4 Slim 1Tb con un par de juegos. Se les ha ido del todo”. No recuerdo qué cultura era, quizá la vikinga, pero decían que había que pensar dos veces antes de sacar una conclusión: primero en el calor del momento y, después, en frío. Creo en la Switch y la compraré. Tarde o temprano la compraré, en parte por mi trabajo y en parte porque sus títulos me interesan, pero esa oración es una ducha de agua fría. Cuando, hace unos años, la gente temía por el final de Nintendo, leí que la compañía podía permitirse perder cientos de millones de dólares durante décadas. Tienen reservas para tirar hasta que yo y todos vosotros tengamos nietos. Bueno, vosotros al menos. Pero después de Wii U necesitan amigos y Switch parece tener la baraja en su contra. Llega antes que sus propios juegos, es menos potente que la competencia, cuesta más y da menos. Sony y Microsoft ofrecen varios juegos con la subscripción a sus servicios online, pero Switch sólo da uno. En realidad es la propia consola, la propia compañía, la que se ha puesto la baraja en contra. Ayer estaba lleno de ilusión y quería amar, y amé. Durante una hora, fui tan fan de Nintendo como podía ser. Yo y tantos otros, pero tengo la impresión de que hemos despertado de una resaca de felicidad. Café y al curro. El mundo es más de lo que hay entre las cuatro paredes de esa consola y, aunque Nintendo quiera jugar en su rincón del patio, tiene que recordar eso.

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