Borderlands

Menos por menos es más.

La búsqueda de un Diablo en 3D es la quimera entre las desarrolladoras de videojuegos. Pese a que se ha intentando (con sonoros fracasos, como Hellgate: London) en numerosas ocasiones, hasta ahora nadie ha conseguido mezclar acción y rol con la misma maestría que lo hizo Blizzard. La buena noticia es que si te gustaban los elementos de acción del clásico Diablo, Borderlands es un digno entretenimiento hasta que llegue la tercera entrega. La mala es que, por desgracia, Borderlands tiene poco de RPG, y los elementos que adopta de este género no están excesivamente bien implementados.

Al principio de la aventura, de hecho, Borderlands parece una especie de MMO offline descafeinado. Las misiones son simples y repetitivas (ve a tal punto y recoge tal objeto, ve a tal lugar y mata X bichos, etc.) y el objetivo final parece no ser más que ir subiendo nuestro nivel de experiencia a costa de ir eliminando enemigos de perfil bajo y recoger los objetos que dejan junto a sus cadáveres.

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Pero más adelante (sobretodo cuando la acción se empieza a centrar en el pueblo de Newhaven y tenemos un nivel de experiencia 20 o superior, sobre un máximo de 50), el juego comienza a mostrar su verdadero potencial. Tenemos acceso a buggies con los que viajar por el enorme mapeado, podemos llevar más armas y el inventario se amplía. Este último punto se agradece mucho, puesto que en Pandora, el planeta en el que se ambienta Borderlands (nada que ver con el del Avatar de James Cameron, por cierto), encontraremos miles de objetos y continuamente nos encontraremos ante la tediosa tesitura de tener que hacer descartes en nuestro inventario para hacer hueco a los nuevos objetos.

Los elementos fallidos de RPG comienzan con la elección de nuestro protagonista (de entre cuatro posibles). No hay un creador de personajes, y las opciones de personalización no van más allá de escoger el color de la ropa. Así, tenemos ante nosotros a un cazador, un soldado, la sirena y el berseker. Todos ellos se diferencian entre si por el tipo de arma que controlan con mayor precisión, y por sus habilidades especiales (que usaremos con frecuencia). El árbol de mejoras, además, cambia muchísimo de uno a otro. Pero la verdad es que, en el fondo, todas las clases se juegan de forma muy similar, con la excepción del berseker y su habilidad para el combate con los puños.

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Algo diferente ocurre con las armas, que son un tema que merece comentar aparte. La variedad de pistolas, rifles, escopetas y demás que encontraremos por el planeta Pandora es demencial (según sus creadores, hay diecisiete millones de variaciones diferentes), pero la imposibilidad de llevar más de dos (cuatro cuando avanzas más) conlleva ser tremendamente selectivo y cuidadoso con nuestra elección. Es una pena, además, que esta tremenda variedad en el armamento nos venga predefinida: pese a la multitud de variables, no existe la posibilidad de intercambiar sus piezas para generar nosotros mismos nuestro tipo personalizado de pistola o rifle. Lo que sí sorprende de forma agradable es que el juego recompense la fidelidad del jugador con cierto tipo de arma otorgándole determinadas mejoras, como la reducción del tiempo para cambiar de cargador o un mejor control del retroceso.

El gran hándicap jugable de Borderlands es que no tardaremos mucho en darnos cuenta de que es un juego tremendamente enfocado hacia el modo cooperativo (dos jugadores en pantalla partida, cuatro en multijugador online). Es únicamente así cuando sale a la luz el mejor lado del juego de Gearbox. Y eso a pesar de que, en realidad, las misiones, los enemigos y los jefes son los mismos... pero al compartir la experiencia con tres amigos todo toma un cáliz muy diferente.

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