Análisis de Sleeping Dogs

El hijo pródigo vuelve a casa.

Qué tiempos aquellos de los Beat´em up de scroll lateral. Mientras los ochenta agonizaban dando paso la década de las Olimpiadas de Barcelona y la Expo, nosotros pasábamos las tardes machacando matones en Final Fight o Street of Rage; tardes enteras aporreando los botones de nuestros maltrechos mandos y discutiendo con nuestros amigos porque se habían comido el "pollo de salud" cuando nosotros lo necesitábamos aún más o desesperados al ver que aún faltaban tres niveles y solo nos quedaba una vida más. Tiempos donde el "yo contra el barrio" era el género preferido de casi todos y con un par de botones y un poco de ingenio éramos capaces de crear montones de combos con los que acabar con todos los pandilleros que se nos pusieran delante -pandilleros con crestas y chalecos fosforitos sí, esos pandilleros-.

Pero los años pasaron, llegaron las tres dimensiones y, con ellas, la muerte de nuestro género favorito. Algunos desaparecieron, otros como Final Fight intentaron adaptarse sin ningún tipo de fortuna; así que no nos quedó más remedio que pasar página y descubrir las nuevas aventuras en tercera persona como Metal Gear o empezar un largo y bonito romance con "el Pro".

Shen puede llevar armas que dejan otros personajes.

Hoy Scott Pilgrim o Shank han intentado traernos de nuevo aquellas tardes, y han hecho un buen trabajo, pero realmente hasta ahora prácticamente nadie ha conseguido realizar un buen juego del género en 3D. Hace unos años Square-Enix se hizo con la licencia de un juego que parecía perdido en el limbo videojueguil, y tras toquetear un poco la mecánica de combate de los Batman de Rocksteady, ha conseguido crear el primer digno -y genial- "sucesor" de los títulos de Capcom y SEGA antes nombrados.

Sleeping Dogs consigue combinar lo mejor de aquellos juegos, con el género actual que mejor le va, es decir, el combate adictivo y sencillo dentro de un mundo abierto lleno de posibilidades. El juego nos propone todo tipo de misiones y minijuegos, podemos salir con chicas, ayudar a nuestros amigos, conducir todo tipo de cochazos, vestir como queramos... Pero desde un primer momento el juego nos deja claro que lo principal es el combate cuerpo a cuerpo. Al contrario que en la grandísima mayoría de juegos, aquí las armas de fuego se usan en momentos concretos; nuestras manos son nuestras mejores armas -y qué armas-. Con solo tres botones (atacar, contraatacar y agarrar) podemos partir huesos, lanzar matones por la ventana o meterles la cabeza en un horno. El combate es tan espectacular y adictivo que hasta el mismísimo John Woo estaría orgulloso y no solo por las increíbles coreografías llenas de artes marciales. Los tiroteos, aunque no muy abundantes, también cuentan con un buen diseño, un control muy fino y un uso del tiempo bala inteligente. Cada vez que saltamos sobre una cobertura se activa la cámara lenta así que estas coberturas no solo nos sirven para descansar sino que también nos animan a avanzar hacia los enemigos como si no hubiera un mañana: la sensación de dominar el escenario es genial.

Y es que Sleeping Dogs es tan bueno que hasta la historia cumple. Pese a no ser el culmen de la narrativa o de la originalidad y estar repleto de clichés, aguanta todo el desarrollo con relativa coherencia y solo se le pueden reprochar los últimos tres minutos del final, que sobran -ya veréis a qué me refiero-. El personaje de Wei es más o menos creíble; un policía de Estados Unidos con raíces en Hong Kong que se infiltra en una familia de las Tríadas. Poco a poco la presión puede con Wei, que comienza plantearse lo que hace y paulatinamente se aprecia una evolución que cambia el tono y el mensaje del personaje de forma sutil, incluso mejor de como lo hacen otros juegos que presumen de ello. Las peleas que antes acababan con los matones agonizando en el suelo luego acaban con los matones ensartados en un pez espada.

Contamos con dos grandes líneas argumentales. La principal es la que trata las misiones relacionadas con nuestra banda, es decir, el chico nuevo que acaba de volver a la ciudad. Por otra parte tenemos una serie de casos que nos encargará una policía de la ciudad en las que actuaremos según nuestra verdadera identidad. Para terminar la historia solo es necesario terminar la primera línea argumental, pero si solo hacemos eso no podremos desarrollar al máximo nuestras habilidades. Y es que el juego cuenta con un sistema de desarrollo que se basa en varios grupos de habilidades, cada uno relacionado con un tipo de misión. Por ejemplo para desbloquear habilidades del grupo de la policía deberemos cumplir misiones de este tipo, e incluso cuando realicemos misiones para las Tríadas se nos penaliza por causar destrozos o herir a gente. Así que dependiendo de para quién y cómo realizamos las misiones obtenemos más o menos puntos de experiencia. Además, independientemente de la historia, el juego cuenta con una serie de desafíos como "el caballito más largo" o "el mayor tiempo de conducción sin chocar" que se actualiza en todo momento y nos compara con los tiempos de nuestros amigos.

Emma Stone pone voz a uno de los personajes del juego.

Pese a que la historia en todo momento es seria y sigue el esquema del cine policiaco y de artes marciales, en lo que se refiere a la parte interactiva, el videojuego en sí, no tiene más pretensiones que ser divertido. No le importa el realismo a la hora de conducir los coches, solo quiere que la conducción sea cómoda y divertida. No le importa si un coche real no salta por los aires al reventar una rueda, solo quiere que las persecuciones sean espectaculares. No quiere que nuestro coche explote y tengamos que salir a pie, nos deja saltar en marcha sobre el techo de otro coche y meternos dentro. No le importa que nos taladren la rodilla, solo quiere que nos levantemos y pateemos a todos esos capullos. Gracias a esta actitud consigue que en todo momento estemos haciendo cosas, y lo mejor de todo, cosas que nos gusta hacer; lo que al principio puede parecer exagerado al cabo de un rato nos parece poco y pedimos más coches volcando en la autopista.

De hecho esta es una de las grandes virtudes de Sleeping Dogs: incorpora un montón de mecánicas y prácticamente todas funcionan bien. Y además ninguna llega a repetirse demasiado, al contrario: hay muchos minijuegos o situaciones particulares que se repiten mucho menos de lo que nos hubiésemos podido imaginar.

Una autopista conecta los tres grandes barrios de la ciudad de Hong Kong, un poco pequeña pero desde luego muy bien realizada. Cada barrio es distinto y está lleno de establecimientos a los que podemos acudir para comprar ropa con distintos atributos, comida que nos regeneré la salud o bebidas energéticas que nos aumentan las habilidades durante unos minutos. Quizás gracias a ese tamaño no muy grande -aunque tampoco le hace falta más- el juego goza de un acabado técnico brillante y no solo en la ciudad ya que los personajes cuentan con un diseño y unos rostros geniales sobre todo teniendo en cuenta el tipo de juego. Solo se le puede reprochar la poca variedad de enemigos que se repiten demasiado, en algunos combates veréis hasta trillizos -calvos con chaleco, no os digo más-.

Sleeping Dogs es un juegazo; cuenta con una historia y un desarrollo, que aunque puede que se quede un pelín corto y le falte algún personaje con más carisma o más tiempo para desarrollar los que hay, es capaz de sostener un título con muchas posibilidades y divertido como casi ningún otro. En todo momento nos hace recordar aquellos Street of Rage de antaño y no hace falta ser un genio para darse cuenta de que este es exactamente el siguiente paso, que tanto ha tardado en ser dado. Así que a poco que os guste repartir tollinas a diestro y siniestro o las aventuras con un mundo abierto lleno de cosas que hacer, Sleeping Dogs es uno de vuestros juegos obligados del año.

9 / 10

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