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La evolución de los Juegos de Rol occidentales

Y su desembarco en las consolas.

Desde el mismo inicio de la definitiva anexión y diferenciación entre consolas y compatibles, cada uno de los dos sistemas ha estado unívocamente relacionado con una serie de géneros aceptados con naturalidad entre la comunidad videojueguil. Así, las consolas han llevado tradicionalmente el peso de los títulos de plataformas, mientras que en el caso del PC, los FPS, o juegos de acción en primera persona, han sido coto privado de la comunidad pecera. Pero si hay un género que se pueda dividir, a lo largo de la historia, en una proporción equitativa para ambos bandos, ese es sin duda el género de los juegos de rol.

Es irónico pensar, no obstante, que es el género que engloba a dos tipos de juegos tan distintos entre sí como son los juegos de rol occidentales (JdR, a partir de ahora) y los juegos de rol orientales (RPG), un eufemismo endémico para referirse, en un 99% de su totalidad, a los juegos de rol japoneses, con unas cuantas incursiones, infructuosas en su mayoría, de productos coreanos.

Los JdR, arraigados en el mundo del PC, han estado inspirados casi desde su nacimiento en los juegos de rol tradicionales de mesa. No es casualidad, pues, que vayan acompañados de la denominación de origen occidental: el rol de mesa apareció y se creó tal y como lo conocemos ahora gracias a Gary Gygax, el padre de Dungeons & Dragons, el primer compendio serio de reglas capaz de sustentar por sí solo a universos fantásticos tales como los Reinos Olvidados o Greyhawk. Si hay una característica definitoria para los JdR es sin duda la de 'libertad'. Este concepto, este ideal, viene tomado de los propios juegos de rol de mesa, elemento fundamental de los mismos. Aún con los irremediables filtros y limitaciones impuestas por la programación, en comparación a la capacidad innata improvisación y genialidad del ser humano, es un hecho bastante aceptado el que los JdRs suelen ofrecer mayor libertad que cualquier otro tipo de juego en concepto de decisiones, incluso, mucha más que sus hermanos inmediatos: los RPG.

Quizá por tradición, los RPG han seguido unas pautas más lineales en su desarrollo del argumento que los JdR. De inmediato, se siguen dos conclusiones con respecto a ello: una reducción del libre albedrío del jugador con respecto a su papel como elemento perturbador del hilo argumental, y a su vez una mayor profundidad en la trama principal del juego. Cada estilo consigue, a su manera, el tipo de inmersión necesario para despertar la llama de la adicción, de la necesidad de jugar, de aquel que esté al mando de su avatar (o avatares).

Con más o menos acierto, ambos sub-géneros han sobrevivido a lo largo del tiempo, capeando temporales ocasionales y vientos racheados en contra. El reciente crecimiento del mercado de las consolas, mucho más orientado al público nuevo que en el caso de los compatibles, ha hecho que los JdR tomen un rumbo radicalmente distinto al surcado con anterioridad: la explotación de la consola como plataforma, al menos, equitativa al PC. Mientras los RPG se mantienen en la actualidad como coto de caza privado de las consolas –salvo honrosas conversiones a compatibles como The Last Remnant–, los JdR han pasado a convertirse en productos multiplataforma de forma irremediable.

El interés de este asunto no es el porqué, sino el cómo. Porque esta evolución en la política de distribución ha venido acompañada de otra transformación interna de los propios JdR. No hay más que ver el nuevo Fallout 3, cuya mecánica y orientación es radicalmente distinta a la propuesta hace ya más de 10 años por sus predecesores. O de cómo Oblivion, tan parecido externamente a Morrowind, ha simplificado muchos aspectos de anteriores juegos de la saga para adaptarse a un rango mayor –y distinto– de público. En general, los actuales JdR multiplataforma son juegos más accesibles, que rebajan el umbral de paciencia necesario hasta un nivel mucho menor de lo que nos tenía acostumbrado el género.

Siendo justos, esta adaptación del rol occidental no ha sido una transición artificial. ¿Por qué los clásicos de la estrategia en tiempo real no han tenido un tránsito más apacible? ¿Y las aventuras gráficas de toda la vida? La principal razón que podría venir a la mente es porque no han evolucionado, no han cambiado aspectos tediosos para un jugador de consola, que para un usuario de PCs no tendrían porqué serlo. Hay un minoría, como el Halo Wars, diseñados específicamente para consola, que sí que han hecho las cosas bien. Pero son islas en un océano que pueden contarse con los dedos de una mano.

Sin embargo, los JdR han sabido aprovechar mejor un puente de valor incalculable para llegar a otro tipo de público distinto al natural: la Xbox 360, la segunda consola moderna de Microsoft. Y es que echando un vistazo a las principales consolas desde la era de los 8 bits, todas las importantes han tenido una compañía japonesa detrás: Sega, Nintendo, y Sony. Microsoft, le pese a quién le pese, trajo consigo un cambio no sólo en la hegemonía japonesa, sino también en la forma de hacer los juegos. Como compañía eminentemente relacionada con los ordenadores tradicionales, han sido capaces de abrir el mercado a otro tipo de juegos, como es el caso de los JdR y los FPS.

La acogida de los juegos de rol occidentales en consola ha sido tal, que un título como Dragon Age: Origins, del cual todo el mundo dice que será el digno sucesor de Baldur's Gate –y eso será, seguro, otro tema muy interesante para tratar en un futuro próximo–, va a ser publicado en consola. La prioridad sigue siendo el PC, sí, pero que un juego de corte totalmente clásico como éste pueda ser jugado con un pad en las manos –cuando con otras superproducciones de PC como Starcraft II no hay planes para ello–, dice mucho de la gran aceptación del género en terreno a simple vista hostil.

Las consolas, y más concretamente, el lanzamiento de Xbox 360 como consola occidental casi en exclusiva, ha obligado en cierta manera a evolucionar al género. Y sea para bien o para mal, esa será la tónica habitual de ahora en adelante. Los puristas clamarán al cielo, pero de lo que no hay duda es que un paso hacia delante siempre es positivo, porque abre nuevas vías y permite que un género de tanta calidad pero tan escaso de nuevas ideas como el de los juegos de rol en global encuentre nuevas vías de escape.

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