Judge Eyes

Hubo un tiempo en el que Takayuki Yagami no parecía un tipo tan peligroso. Todos tenemos un pasado, y el suyo tuvo lugar lejos de las calles y los garitos mal iluminados, en un ambiente mucho menos romántico: las cuatro paredes del modestísimo bufete de abogados que da pie a la secuencia inaugural del juego, una factoría de alienación y desidia que captura quizá mejor que nunca en la historia del medio lo que es trabajar en una oficina. Allí, entre las pilas de papelotes y el olor a tabaco tan de aquellos tiempos, entre la frialdad de una secretaria que apenas finge conocer su nombre y las amenazas poco veladas del típico trepa que lo conoce demasiado bien, un novato como Yagami solo podía obedecer y callar. Progresar poco a poco, con la voluntad de los chupatintas más obedientes, hasta que por fin la fortuna cambia de rumbo y le ofrece una oportunidad.