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Análisis de Nobody Saves the World - Nadie podría imaginarse un RPG de acción tan divertido y original como este

Que alguien llame a Nadie.
Eurogamer.es - Recomendado sello
Los creadores de Guacamelee hacen lo que mejor saben: darle una vuelta a un género establecido con mucha gracia.

Cuando uno lleva un buen puñado de títulos de un género a sus espaldas, es inevitable terminar confiando en una serie de resortes que surgen de reglas no escritas en piedra. "Ese bloque es sospechoso, ahí hay una seta" o "en esta sala hay mucha munición, ahora viene un jefe final" son ejemplos de algo que nos resultará muy familiar a todos los jugadores. Limpiar mazmorras de esqueletos y goblins no es una excepción, puesto que los dungeon crawlers a la Diablo también siguen patrones que reconocemos a primera vista. Estadísticas, maná, equipamiento, mejoras, armas y un larguísimo etcétera de elementos comunes nos vienen a la cabeza cuando hablamos de un género que, en esencia, trata de repartir hostias, lootear y subir de nivel. Y aunque no solemos reparar en ello, uno de los elementos más llamativos de estas odas a los espadazos, los orcos y las bolas de fuego es la elección de nuestro personaje y su clase, y el temprano - e inquebrantable - juramento de lealtad que pronunciamos antes siquiera de comenzar la aventura.

Nobody Saves The World se pasa todo esto por el arco del triunfo.

Lo cual no es del todo sorprendente. Drinkbox, el estudio responsable de este título, no es ajeno a estudiar un género y darle un buen giro mientras le aporta valores que, en última instancia, no hacen sino aportar diferencia respecto a los demás juegos. Así, Guacamelee 1 y 2 - metroidvanias incontestables donde los haya - destacaban por su frescura, color, un combate impecable y un sentido del humor brillante que propulsaba aun más su ya de por sí preciso ritmo. Con estos antecedentes, a pocos se os escapará que, para un servidor, la perspectiva de que Drinkbox estuviera desarrollando un action RPG era, en el peor de los casos, una de las mejores noticias para el género.

Pero claro, antes de entrar a valorar qué es lo que hace a Nobody Saves The World tan especial, tenemos que poner en negro sobre blanco cuál es su premisa. Y, como no podía ser de otro modo para este estudio, nuestra aventura comienza de un modo que es tan cliché que inevitablemente nos lo tomamos a broma; en un mundo asediado por "La Calamidad", una figura de rasgos indefinidos despierta en una cabaña sin recuerdo alguno de quién es ni por qué ha llegado hasta allí. Pronto se hará con la varita del gran - perdón, Gran - Nostramagus y tendrá que encontrar una manera de salvar el mundo, completar quests, quitarse de encima al pobre aprendiz al que le tocaba heredarla antes de tu súbita apropiación indebida - con buena intención, eso sí - y, ya de paso, aprender la magia necesaria para manejarla. Casi nada.

Nobody Saves The World no pierde nada de tiempo a la hora de introducir sus mecánicas principales. Y es que aunque nuestra varita será el única arma que manejaremos a lo largo de todo el título, sus capacidades serán más que suficientes para enfrentarnos a todos los peligros que nos saldrán al paso. En Nobody Saves The World no hay drops de armaduras, lanzas o zapatitos con veinte ranuras para engarzar las ochocientas gemas que nos encontraremos por el camino, pero, por el contrario, la varita de Nostramagus nos abrirá el camino del cambiaformas. Así, podremos transformarnos en diversas y pintorescas encarnaciones heroicas con múltiples habilidades. En los primeros compases de la aventura solo tendremos unas pocas transformaciones: una simpática rata que mordisqueará y envenenará a sus enemigos, el sempiterno caballero con su fiel espada o la ágil exploradora y sus lluvias de flechas. No obstante, conforme vayamos dominando cada uno de estos arquetipos, muchas otras formas se irán desbloqueando. Pero no será fácil, puesto que para acceder a las nuevas clases tendremos que cumplir requisitos que explotarán a fondo las mecánicas y posibilidades de cada una de las que ya tengamos.

Si bien cada personaje tendrá una habilidad que será inamovible - y que será la que le permita ir recuperando maná con cada impacto; una jugabilidad muy a lo Diablo 3 - las demás transformaciones podrán acceder a todo el listado para configurar una build que contará con más ranuras de habilidad conforme subamos de nivel. Colocar el lanzamiento de flechas a nuestra fiel ratilla o poner puntas envenenadas a la exploradora son pocos y tempranos ejemplos de una lista de posibilidades que irá aumentando exponencialmente con habilidades pasivas y activas.

Esta profundidad mecánica se complementa a la perfección con un apartado artístico incontestable. Apoyándose en una simpática y colorista estética cartoon, los diseños en 2D de nuestros improbables héroes son impecables y poseen detalles que les llenan de personalidad. Tanto es así que uno de los mayores alicientes para progresar en el juego es descubrir qué figura se oculta detrás de cada una de las palabras que veremos en el árbol de transformaciones. Pero la cosa no se detiene aquí. Recorrer el gigantesco mapeado de Nobody Saves The World es asomarse a un mundo repleto de mazmorras construidas con mucho mimo, de una miríada de enemigos con sus peculiaridades y de personajes secundarios perfilados al milímetro tanto en su apariencia como en sus diálogos. Y todo ello sin entrar en la deliciosa, chiflada e imposible amalgama de ambientes que es el mundo que tendremos que salvar, en el que caben centrales nucleares, castillos, dragones y cementerios halloweenescos mientras suena una bailonga banda sonora que hace lo posible por elevar la atmósfera sin ser intrusiva.

Ese será el ritmo que marcará nuestra aventura, un viaje de los múltiples-héroes-en-uno que nos obligará a recorrer de un lado a otro del mapeado, abrir atajos, despejar mazmorras y completar misiones para los distintos clanes que poblarán este colorido universo. Pero no penséis que estas misiones carecerán de importancia, puesto que tanto ellas como evolucionar nuestras transformaciones nos brindarán los puntos necesarios para desbloquear las mazmorras principales del juego, las cuales harán avanzar la historia principal. Y, como es lógico, también tendremos que prestar atención a subir de nivel nuestras habilidades, ya que las hordas enemigas no soltarán jugosos ítems pero sí tokens de mejora y oro que podremos invertir en adquirir más habilidades pasivas y mejorar nuestras estadísticas. Así, se rompe la clásica dinámica de los RPGs de acción por la que acumulábamos ingentes cantidades de oro - y piedras preciosas y escudos y espadas y botitas... - que luego apenas aprovechábamos porque los elementos que obteníamos al diezmar las filas enemigas eran muy superiores a los ofrecidos por los mercaderes.

En última instancia, Nobody Saves The World es un título lleno de combates, humor, exploración y mecánicas que nos dan rienda suelta para experimentar y, hasta cierto punto, librarnos de ciertas convenciones de un género que necesitaba, cada vez más, aire fresco. La incursión mazmorril de Drinkbox, eso sí, no está exenta de pequeñas asperezas, como por ejemplo que en ciertas ocasiones las tareas que desarrollarán a nuestros personajes tienen requisitos tan precisos que pueden parecer más un encargo específico que una evolución natural de nuestra manera de jugar. Pero que este detalle no os lleve a engaño, sumergirse en las mazmorras aleatorias de Nobody Saves The World es una delicia tanto visual como jugable para todos aquellos que tengan un mínimo de aprecio por las obras anteriores de Drinkbox o por el género que están asaltando a base de valentía, humor y estilo inconfundible. Aunque siga echando de menos a Uay Chivo y a Jaguar Javier.

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Acerca del autor

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Pablo Casado

Colaborador

Licenciado en Derecho, compagina sus (des)venturas laborales con las videojuerguistas. Sus pasiones son el hardcore-punk y el heavy metal, su perro Karl Max, el cómic, el cine y los videojuegos. Hace el zángano en el podcast Ocho sobre Diez y en Twitter como @PabCasado.

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