Sekiro: Shadows Die Twice Artículos

Digital FoundryUn primer vistazo con detalle a la tecnología de Sekiro: Shadows Die Twice

Probamos la evolución del motor de From Software en su versión para PS4 Pro.

Una de las mejoras cosas que tiene Sekiro: Shadows Die Twice, lo nuevo de From Software, es que se siente familiar y distinto al mismo tiempo. Es la segunda ocasión en la que el estudio japonés es capaz de lograr esto, después de que Bloodborne tomase el esqueleto de la saga Dark Souls y lo combinase con una desolada ambientación gótica y un sistema de combate revisado. Sekiro supone un salto igual de ambicioso, y por lo que he visto hasta ahora merece ser celebrado en sus propios términos. Los desarrolladores, además, juegan con una mitología que les resulta mucho más cercana y un precioso mundo inspirado en Japón que se ha creado desde cero, con shinobis, templos ardiendo y clanes feudales, todo ello representado con mucho cuidado y atención. En términos de calidad de la dirección de arte los resultados no se parecen a nada que hayamos visto antes de este estudio.

Es muy sencillo enfadarse con los juegos de From Software. Quizá no odiarlos, porque Miyazaki aprieta pero raramente ahoga y de cuando en cuando el torrente de agresión constante se toma un descanso y nos deja tiempo para apreciar la catedral que se levanta a los pies de nuestro magullado cadáver: si perseveramos es porque merece la pena, porque tras su fachada de juegos increíblemente difíciles (negar esto, por cierto, me parece una de las modas más incomprensibles que ha dado el sector en años) se esconden piezas de orfebrería que merecen ser estudiadas, y ahí está la clave, en el estudio. Además de obras que hacen un fenomenal trabajo a la hora de hacernos sentir que les debemos algo, tanto Dark Souls como Bloodborne son ensayos sobre la frustración pero ante todo sobre el aprendizaje, profesores particularmente estrictos contra los que juramos venganza cada vez que detectan nuestras lagunas y deciden sacarnos a la pizarra para dejarnos en evidencia. Yo mismo tuve unos cuantos así, y por supuesto que prefería a los otros, los que se limitaban a leer el Marca mientras prendíamos fuego a las cortinas para evitarse problemas. No aprendí demasiado con ellos.