Outlast Análisis

Análisis de Outlast

Análisis de Outlast

Periodismo de alto riesgo.

Si lo piensas fríamente, provocar miedo no es tan fácil como parece; vivimos en una sociedad cada vez más insensibilizada, en la que ya está casi todo visto - quizás por eso el cine de terror es tan proclive a ser una fábrica de clones - y donde buscar la sorpresa es algo harto complicado. Quizás sea esa la principal razón por la cual el género del survival horror parecía últimamente de capa caída, cayendo en una peligrosa deriva hacia la acción más visceral en detrimento de sensaciones más primitivas. Salvo alguna notable excepción (Amnesia: The Dark Descent, por ejemplo) los videojuegos parecían haber olvidado cómo dar miedo.

Outlast, el primer juego del estudio indie Red Barrels (de novatos, conste, tienen poco; sus desarrolladores han trabajado en gigantes como Ubisoft o Sony), triunfa en ese objetivo porque domina con solvencia dos recursos clave para instigar momentos de verdadero pánico. El primero es puramente ambiental: el interior del sanatorio mental de Mount Massive, al que se adentra el protagonista siguiendo pistas para un artículo, es verdaderamente aterrador y la atmósfera que se respira en él incómodamente opresiva. No se puede negar que es un enorme cliché - el mugriento hospital abandonado que hemos visto docenas de veces - pero acierta de pleno a la hora de mantenerte en tensión y con una constante sensación de inquietud y desasosiego.

El otro son los sustos repentinos. Outlast los dosifica bastante bien; no abusa en exceso de ese trillado recurso (sí, te miro a ti, Hollywood) en el que un fuerte sonido acompaña a un suceso inesperado. El mérito en este sentido es que muchas veces te lo ves venir... y da igual: eres consciente de que está a punto de ocurrir algo - nada bueno, claro - y te preparas mentalmente para ello, pero aún así acabas elevándote un metro por encima del sofá cuando al doblar una esquina te encuentras de frente con un tarado cuyo único objetivo vital parece ser arrancarte el corazón a bocados.

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