Metal Gear Solid 5 Análisis

Análisis de Metal Gear Solid 5: The Phantom Pain

Cada persona tiene sus propios baremos a la hora de reconocer que algo le ha gustado, sea la cantidad de lágrimas derramadas en la oscuridad del cine o el tiempo que tarda en soltar de sus manos el libro tras leer la última página. En mi caso, ocurre cuando tengo la irrefrenable necesidad de escribir o hablar sobre ello. Escribir sobre algo que no me entusiasma requiere esfuerzo, pero hay ocasiones en las que las palabras fluyen sin descanso, en las que cada párrafo surge como respuesta a lo que ha dejado en el aire el anterior. Cuando eso ocurre es cuando sé que realmente algo me ha tocado. Quizá cuando termines este texto pienses que es largo, pero no puedo dejar de pensar en todos los temas que se han quedado en el tintero y que quiero (o debo) retomar.

Metal Gear Solid V: The Phantom Pain empieza justo donde terminaba Ground Zeroes, con Big Boss despertando en un hospital tras el accidente de helicóptero que sufrió durante el ataque a la Mother Base por las tropas de XOF. El doctor le informa de que lleva nueve años en coma, y que ahora que ha despertado el mundo quiere verle muerto. Su temor se confirma cuando tenemos que abandonar a toda prisa el hospital sin apenas haber recuperado la movilidad, ayudados por un misterioso personaje con la cara vendada. Tras un intenso prólogo, es hora de reconstruir Mother Base y crear un ejército con el que plantar cara a XOF y vengarse de su comandante: Skull Face.

Durante la primera hora de juego vemos al Kojima al que estamos habituados: gran parte de la huida del hospital se compone de cinemáticas que van interrumpiendo tramos de tutorial. No lo destacaría sino fuese porque es prácticamente el único momento de todo el juego donde esto sucede, porque en Phantom Pain las escenas no son muy largas y suelen ir al grano, lo cual sienta muy bien al ritmo de un juego que pasa de los escenarios controlados de anteriores entregas a un mundo abierto.

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