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Andreas Inderwildi

Colaborador

La muerte es un hecho, y eso resulta doblemente cierto para los videojuegos. Y cuando llega la muerte, suele llegar con fuerza. ¿Quién de nosotros, a lo largo de su trayectoria como jugador, no se ha paseado en algún momento por un campo plagado de cadáveres o por un río de sangre en el que flotan restos humanos? Si hay que creerse a los juegos, los cadáveres resultan ser más gregarios que los seres vivos. Se amontonan en desagradables lugares en los que se han realizado ejecuciones, torturas y masacres, se cuelgan en ganchos, se empalan, despellejan, contorsionan y desmembran en sangrientos buqués que podemos observar y con los que nos estremecemos al pasar por su lado.