"Menudo pokémon más molongui". Mamá, por favor, que tengo una edad. No nos hemos mudado de Kanto a Alola para que me trates como a un niño pequeño, que tendré diez años, pero también orgullo. El profesor de esta isla también me trata como si fuese imbécil; ni siquiera parece un profesor, sino algún hippy que se ganó el título a golpes. Eso es lo que hace, se pega con sus pokémon. Dice que eso le ayuda a comprender sus movimientos. Menudo psicópata. Creía que Pokémon X e Y ya eran muy condescendientes, pero Sol y Luna parecen querer superarse. No es sólo cuestión de que el concepto de rival haya muerto y ahora sea tu mejor amigo que te desafía a un combate pero cuando te venga bien, que tampoco es que estemos aquí para ponernos a prueba; es que ahora escoge el pokémon que es débil a tu tipo.

Cuando hablaba de cambios, no me refería a esto.

El cambio es el punto central y nexo de la tensión en Pokémon Sol y Luna. Son títulos distintos y, al mismo tiempo, similares. Es el eterno conflicto de la franquicia, que ha llegado a un punto en el que no puede cambiar su rumbo sin causar un accidente o arrasar media ciudad. De hecho, llegó hace mucho tiempo. Una diferencia está en aquél lenguaje, pero la otra y la más notable es su acercamiento al universo. Manejamos otros ritmos en esta isla, quizá porque estamos tan lejos del mundanal ruido y podemos detenernos a respirar un instante y apreciar las vistas.

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Cuando recibes tu primer pokémon, te instan a enseñárselo a tu madre. Es un pequeño gesto, pero en él hay una cierta carga. Un cambio de perspectiva. Podríamos llamarlo "inmersión", pero la palabra también es "historia". De toda la vida este viaje ha sido uno que se da por sentado a través de las mecánicas. Te sueltan, sales a caminar y punto final; los diálogos son no tanto una conversación como un tutorial, y el mundo limita su presencia a la de situarte en el espacio de su mapa. Pero Alola exige una pausa. Disfruta de este instante mágico: tu primer pokémon. La criatura que te acompañará en tus aventuras. Has viajado hasta aquí con tu madre, así que no seas mal hijo y ve a celebrar con ella. Es un pokémon bien molongui.

Resulta difícil poner la mano sobre el fuego y decir que esto es así tras haber jugado apenas noventa minutos, pero Pokémon Sol y Luna parecen estar influidos por Yo-kai Watch y su narrativa. La historia empieza con una cinemática; no una serie de imágenes dibujadas que invitan a abstraerse y soñar con aquél fantástico mundo. No es un legendario que aparezca a modo de presentación diciendo que este es el juego que vas a jugar. Es el inicio de una historia, con su personaje, su arco y su misterio. Hay escenas que sirven al momento y no al total. El Meowth que acude a tu cuarto para despertarte. Tu madre haciendo el saludo al sol y bendiciéndolo por la mañana. Aquella pelea del profesor con sus pokémon, un rito festivo en agradecimiento al espíritu protector de la isla. Son pasos notables hacia lo que podría ser nuestra propia versión del anime, o quizá un spin-off. El aire porta el orgullo de aquél mundo, cada vez más natural. La hierba deja de ser un trecho tetraédrico y se convierte en zonas irregulares con sus senderos y cortafuegos, pequeñas briznas de césped que aparecen de ninguna parte. Ambiente, aquél vocablo que Pokémon parecía desconocer.

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Resulta curioso que en esta época de experimentación y progreso, de videojuegos rompedores e innovación casi constante, la presencia de algo tan aparentemente nimio como una cinemática sea motivo de celebración, pero Pokémon no ha llegado lejos por tomar nuevos riesgos, que se diga. Ahora mismo pueden verse en YouTube los episodios de Generaciones Pokémon, símbolo del potencial aún por desbloquear de la franquicia y, al mismo tiempo, de la incapacidad o falta de interés por parte de Nintendo para explorar nuevas rutas. Son pequeñas viñetas, atisbos de aquél mundo que hace apenas unos años no eran más que monigotes en una Game Boy. Tenemos que amarlos, pero podrían ser mucho más. Y ahí entran Pokémon Sol y Luna, con la narrativa de un videojuego de hace diez años y el diseño de niveles de uno de hace cinco. Llega tarde, pero ha llegado, y es sorprendente. Progreso, al fin ¿pero hasta qué punto?

De momento resulta difícil decirlo. Las piezas están ahí, pero no sería la primera vez que esta casa de naipes se viniera abajo. Con todo, hay cambios, y con esos cambios, una cierta esperanza. Condescendencia, sí, pero también esa sensación de estar presente en Alola. He jugado una hora y media y apenas he pasado de la primera ciudad; en Pokémon Rojo ya habría llegado al primer gimnasio. No es cuestión de lentitud sino paciencia: esa nueva idea de ritmo y querer ir contando algo, poco a poco, paso a paso. Un cambio y, al mismo tiempo, la misma fórmula. La condescendencia hará que quiera arrancarme los pelos de la rabia, pero siento interés por ese nuevo rumbo que pueda tomar la historia. No uno a gran escala, pero sí de matices. A estas alturas uno está dispuesto a agarrarse a cualquier cosa. Espero que la tensión no acabe causando otro accidente. Aún recuerdo aquellos títulos de Gamecube.

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Acerca del autor

José Altozano

José Altozano

Colaborador

José lleva dando vueltas de un lado a otro en esto del periodismo de videojuegos desde 2011 y, que Dios nos proteja, ha acabado aquí como colaborador. Cinéfilo él, hipster aunque se niegue a aceptarlo, tiene además un canal de YouTube donde se le conoce como Dayo.

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