Sin pretensiones desmedidas ni grandes alardes, Pikuniku es un juego simpático y agradable que cumple con lo que ofrece a primera vista.

Si algo nos han demostrado las series de animación actuales, como Steven Universe, Hora de Aventuras o Over the Garden Wall, es que existe un espacio considerablemente amplio dentro de las tramas de las series infantiles para introducir conceptos aparentemente elevados, muy por encima de lo que se supone que el público al que van dirigidas puede asimilar. No es tan distinto a lo que hacían los mitos y las obras de teatro en la antigüedad, lo de explicar determinadas ideas a través de la representación por parte de personajes o situaciones, pero en la animación suelen tomar una forma mucho más cándida, acorde a la edad y madurez del espectador medio de dichos programas. Es uno de los muchos motivos por los que hablamos tan bien de estas series en los últimos años: su capacidad para ir educando a los más pequeños en ideas inclusivas y valores positivos, o de presentar temas serios e importantes, sin renunciar por ello a entretener, permitiéndoles que disfruten simultáneamente con otras cosas mucho más sencillas.

Pikuniku se siente exactamente como eso, como un cuento infantil cargado de humor que esconde en sus entrañas un mensaje profundamente anti-capitalista y anti-corporativista; pero su historia no deriva en una lección sobre el comunismo, la opresión del proletariado y la obsesión por los beneficios por parte del patrón, sino que se conforma con usarlo a modo de telón, complementando así una trama mucho más simple, directa y, por encima de todo, simpática.

Porque si de algo puede presumir este indie con gente francesa y británica detrás es de sentido del humor, palpable no solo en chascarrillos y parodias de otros juegos sino incluso en el propio movimiento del personaje protagonista. El cuerpo de Piku, una especie de bola roja con patas -descripción aparentemente vaga, pero literal-, hace gala de físicas irreales con el fin de incorporar en nuestra andadura un elemento de slapstick, convirtiendo cada acción en una performance digna del mismísimo Buster Keaton. Su interacción con el mundo y sus personajes, que se reduce a hablar, rodar y dar patadas, confirma lo sencillo de su presentación; y las pocas pretensiones del estudio en cuanto a incorporar mecánicas complejas nos da una pista clara sobre cuáles son las intenciones del estudio con respecto a este juego.

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Esta falta de interés en complicar las cosas es a la vez bendición y maldición. Como experiencia, Pikuniku es cortita y directa al pie -pun intended-; algo que se agradece si nos quedamos en la superficie y valoramos por encima de todo las sonrisas ocasionales que nos arranca con sus tonterías -en el mejor sentido de la palabra-. Pero su trama sencillita, la errática precisión de su control y la escasísima progresión durante las escasas tres horas que nos puede llevar acabarlo acaba por dejarnos un sabor ligeramente agridulce, esperando un "algo más" que no termina de llegar.

Y es que a pesar de su originalidad, que no debe de ser puesta en duda, tampoco es que ofrezca nada que no hayamos visto con anterioridad. Rastrear los referentes que evoca nos puede llevar a lugares evidentes, como la obra de Keita Takahashi en cuanto a estética o a LocoRoco y Patapon en otros aspectos importantes como la incorporación del sonido y la música dentro del escenario. A mí, aún siendo una comparación pilladita por los pelos, me recuerda también mucho a WarioWare: no sigue, huelga decir, la estructura de pequeñas píldoras en forma de minijuegos variados para avanzar -en eso se parece más a los Castlevania, para que nos entendamos-, pero sí se equipara a él en cuanto a proponer pruebas absurdas, encargarnos misiones de escasa duración y mecánicas simplonas y aliñar todo con bromitas bienintencionadas.

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Sí es menos frecuente de ver el subtexto que oculta su guión aparentemente infantil, con un discurso digno del mismísimo Karl Marx y su teoría de la alienación. La presentación de un antagonista, conocido como Mr. Sunshine, que se dedica a explotar a los trabajadores y aprovecharse de su fuerza de trabajo mientras reparte "dinero gratis" entre los habitantes de este peculiar mundo le sirve como excusa para ponernos un objetivo a largo plazo, al mismo tiempo que desarrolla temas como la revolución del proletariado o los intereses económicos que subyacen en la explotación del medio natural. No es ni por asomo un juego que busque adoctrinar, ni tampoco emplea un argumentario particularmente complejo, pero aquí es donde se diferencia claramente de otras propuestas que mencionábamos con anterioridad, consiguiendo mantener la curiosidad por saber cómo balancea comedia y mensaje mientras arreglamos un puente o intentamos acceder a un club con nuestras nuevas gafas de sol.

Pikuniku es, en cualquier caso, una obra extraordinariamente amable, diseñada con el objetivo de entretener sin necesidad de tener que volcarnos en su significado o en su jugabilidad. Examinar de cerca sus costuras supone darse cuenta de lo poco que tiene que decir, pero visto con la distancia adecuada ofrece lo justo para que pasemos un buen rato y nos olvidemos de todo lo demás. Es un esfuerzo noble y sincero, sin duda, entorpecido tan solo por su escasa duración y esa sensación de oportunidad desaprovechada para hacer algo mucho más grande de lo que nos encontramos al final.

Acerca del autor

Diego Pazos

Diego Pazos

Colaborador

Licenciado en Historia por vocación, gallego de profesión. Le gusta el punk-rock, el post-rock y el whisky on-the-rocks. Sus chistes malos son solo suyos y no representan la opinión de la empresa. Puedes seguirlo en Twitter: @yipee182.

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