Anteyer estaba jugando al Super Smash Bros. de Wii U con un amigo e intentaba explicarle una técnica. No es precisamente Melee, y si quieres jugar bien no necesitas mover las manos a velocidades disparatadas mientras combinas movimientos con precisión quirúrgica. Era mucho más básico; un movimiento que le permitía correr, darse media vuelta y saltar, aprovechando la inercia, hacia atrás. Es una técnica pensada para abrirte a cualquier opción y poder utilizar el aéreo trasero, el bair, aunque estés cara a cara con tu oponente. Cuando uno juega mucho a un videojuego, aprende estas cosas. Se familiariza con su avatar, los controles y aprende a leer y actuar con propósito. Sólo hay que ver aquellos vídeos en que alguien se graba jugando a Dishonored. Bueno, jugando digo. "Arrasar" es el término más adecuado. Pasan como un huracán sin que nadie pueda ni tocarlos. El poder es maravilloso. Pero Skate es distinto. Su placer distintivo no es el dominio de técnicas imposibles: es saber que hablas su idioma.

En mis paseos por San Vanelona, me encuentro a mí mismo dando vueltas, buscando alguna excusa para dar algún brinco, saltar sobre algo y caer sin partirme la crisma. Skate, como sabe todo el que lo conozca, es un videojuego que se aleja de la flipante locomoción de Tony Hawk. No es cuestión de saltar y pulsar botones como un poseso; tienes que controlar la inercia y saber exactamente qué gesto hacer con el stick. Cuál es el ángulo, cuál el momento, si la velocidad es esta. Es una simulación, y si veis vídeos de este deporte extremo, es evidente que es un acierto. La gente, cuando se graba para aparecer en YouTube bajo la lente de un ojo de pez, no suele hacer grandes trucos o cabriolas. Saltan por unas escaleras o, en todo caso, grindean por una barra. No es precisamente magia negra. Lo bonito es la ejecución en sí misma, no la complejidad del truco.

Skate te ayuda a entender el por qué de todo esto. Si no controlas tus movimientos y vas a lo loco, te caerás o quedarás como un inútil que únicamente sabe levantar la tabla unos pocos centímetros. Y luego caes. Bravísimo. Acabas respetando tu disciplina, tu cuerpo. Esa conexión con el stick no sólo significa que los trucos sean más difíciles, sino que te ves ligado a tu avatar. Eres ese cuerpo y esas piernas, y si quieres progresar, debes entender el movimiento de la tabla y cómo funciona. Ser uno, vivir en aquél impulso. Esos rollos místicos.

Cuando logras hacer tu primer truco, algo más que un simple salto, cuando el juego te dice que has hecho un kickflip de verdad, te sientes bien. Es un logro especial porque, aunque te desafiarán para que intentes hacer grandes combos, lo importante no es eso; simplemente sabes hacerlo. Sabes hacer un kickflip sin caerte, y te lo recuerdas una y otra vez a cada oportunidad que encuentras para saltar. No sólo ves, sino que experimentas la dificultad de sus movimientos y casi puedes sentir el peso de tus piernas. Y entonces empiezas a practicar, a pasar pruebas, y resulta que sabes. Vas de un lado a otro, caminando de desafío a desafío, de skater a skater, y en tu ruta sigues practicando ¿Puedes hacer un grindeo en ese banco? Podrías bajarte y subir esas tres escaleras a pie, pero es más satisfactorio si lo haces con un truco. Pero no es cuestión de ir haciendo barbaridades, saltar diez metros y realizar lo imposible. No vas estampándote contra cristales y saltando contra helicópteros. Eres tú, y tu ciudad, y de pronto todo inspira un truco. Uno sencillo. Pero puedes hacerlo.

Skate es una obra sobre el aprecio y el respeto hacia tu arte y cada elemento que la compone. En un shooter, en cuanto desbloqueas un nuevo arma, abandonas la pistola y empiezas a volverte loco. Devil May Cry no va sobre el arco de tu espada, sino cómo combina con los saltos, los tiros y las provocaciones, las distintas disciplinas y tus otras armas. Pero poco a poco se va abandonando lo básico en favor de las técnicas avanzadas. En Skate no. Apuntas alto, desde luego, porque es un videojuego y quieres superarte, pero los movimientos más sencillos sirven como un recordatorio de todo lo que has logrado. Nunca abandonan tu repertorio. Es como si, al realizarlos, señalasen todos los pasos que has dado para llegar hasta ahí. Es mirar hacia atrás al subir una montaña y ver los muchos kilómetros que has subido. Son una forma de mantener los engranajes en movimiento, y la ciudad pide esa práctica constante. Sus esquinas y recintos, las escaleras y bancos, todo pide realizar un truco, pero no por superioridad, porque puedes, por darte puntos para un propósito vacío.

Lo haces porque te recuerda que sabes.

Antes sólo podías saltar, pero ahora mírate. Quizá, si eres un sociópata e inviertes cientos de horas en el juego, serás capaz de saltar y hacer cosas imposibles, enlazar cadenas de movimientos en el aire y hacer saltos que parecen ciencia ficción. Pero Skate habla en un lenguaje de palabras sueltas. No son los trucos, es el truco. Ese truco que sabes, y los repasas todos. Es la satisfacción del progreso honesto, de ser capaz de convertir la ciudad en tu campo de juegos. No le pides la luna. Sólo pides ser capaz de seguir saltando.

Juegos de los que hablamos en este artículo

Acerca del autor

José Altozano

José Altozano

Colaborador

José lleva dando vueltas de un lado a otro en esto del periodismo de videojuegos desde 2011 y, que Dios nos proteja, ha acabado aquí como colaborador. Cinéfilo él, hipster aunque se niegue a aceptarlo, tiene además un canal de YouTube donde se le conoce como Dayo.

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