"Pequeños detalles" es una serie de artículos dedicados a analizar los elementos individuales, filosofías de diseño y demás aspectos que marcan a videojuegos concretos.

Quizá os haya pasado, hace ya un tiempo, eso de estar con los amigos, en casa de alguien que tenga Guitar Hero o Rock Band, y proponer echarse una partida, tocar algo. Soltarse la melena y hacer el idiota. Entonces alguien salta y decide que es demasiado guay para jugar a un videojuego: "¿y por qué no aprendéis a tocar un instrumento en lugar de aporrear este cacharro de plástico?". Me ha ocurrido más de una vez, y luego he visto a esa misma gente decir que si echan unas partidas al Pro Evolution Soccer. Nadie se queja y salta, que si es una actividad falsa, que por qué no salir a la calle con un balón y hacer algo de ejercicio. Aceptan el juego por lo que es a pesar de que resulta más fácil jugar al fútbol con los amigos que aprender a tocar Stairway to Heaven en diez minutos. Defiendo esas partidas musicales y fingir una habilidad al bajo que no existe, principalmente porque no va sobre saber tocar, sino aquella experiencia de cantar frente a un público y hacer las cosas bien, pero es cierto que mis amigos tenían un motivo legítimo para no quejarse con aquellos partidos al Pro Evolution Soccer: ni siquiera estaban jugando a fútbol.

Todos sabemos cómo funciona el deporte rey, pero la realidad es que, si estás jugando en persona, con tu camiseta oficial y las zapatillas de tacos que no sirven para nada porque caminas sobre cemento, no es tan intenso a nivel personal. Corres de un lado a otro, defiendes cuando llega el momento, pero apenas tocas el balón. Las más de las veces, funcionas como un engranaje en la maquinaria del partido, ocupándote de que alguien no pueda abrirse paso, de que el atacante lo tenga más difícil, pero tú no eres el protagonista. Rocket League es un acercamiento a lo que supone ese estilo de juego, pero ahí ni siquiera hay posiciones en el campo y los equipos no superan los cuatro jugadores; no es una traducción exacta. Un videojuego de fútbol realista, en persona, sería aburrido a menos que fueses el delantero. Imagina ser el portero. Nadie lo jugaría; para eso mejor bájate con los amigos y un balón.

FIFA y, por extensión, todos los juegos de fútbol, tienen más que ver con la estrategia en tiempo real que con el deporte. A menos que juegues con otros diez compañeros en tu equipo, controlarás a más de un jugador y pensarás por encima de lo que tú, ese monigote que eres ahora mismo, puede hacer. En el fútbol, los jugadores entrenan no sólo para saber tirar y aguantar los sprints, sino para coordinarse, confiar en sus iguales cuando pasan el balón y comprender que ellos no son tan importantes como el conjunto del equipo. Esa mentalidad no existe en FIFA: asumes el control directo de cualquier jugador y, cuando cambias de avatar, tu posición se determina por lo cerca que estás del balón. La dinámica se transforma y el equipo se convierte en un organismo: no es cuestión de jugar un papel en algo mayor, sino obtener el balón y pasarlo entre los distintos componentes de esta entidad llamada Bayern de Munich hasta que marques un gol. No tienes que pensar en los demás, porque tú eres todos los jugadores: lo importante es si tienes el balón o no.

Los títulos de fútbol, y los deportivos en general, no se basan en la experiencia del jugador sino en el proceso mental del entrenador. En lugar de planificar una táctica y esperar que los miembros del equipo sean capaces de llevarla a cabo, calculas e improvisas sin parar, revisando tus opciones. Quién está en condiciones óptimas para seguir. Quién está lesionado. Dónde hay otro jugador que pueda recoger el balón para que no se lo roben. En el fútbol los goles los marca Messi, pero en FIFA los marca el Fútbol Club Barcelona. Tu Fútbol Club Barcelona. Quizá sea Messi el que haya dado la patada final, pero no es su mérito. Él no ha hecho más que prestar sus habilidades al bien mayor del equipo, y podría haber marcado tanto como cualquier otro. Es un vehículo para tu éxito, no un individuo en quien confíes para llevarte a la victoria. Nadie va a salir a quejarse si le sustituyes y no te van a llorar porque un jugador chupe balón como si fuese un polo.

Los jugadores y entrenadores son volátiles. Hay cambios y traspasos, pero por encima de ellos, la mayoría de hinchas y forofos siguen al equipo. FIFA lleva esa mentalidad al límite para preguntar al jugador si él es capaz de hacer un mejor trabajo con su club favorito. No es una premisa tan distinta de aquellos juegos de Paradox: haz que El Vaticano conquiste Europa. Impide la Segunda Guerra Mundial. Haz que el Rayo Vallecano gane la Champions, y etcétera. Y aunque sientas devoción por las personas, que los hay que por ejemplo siguen a Mourinho, pero por encima de eso la mayoría defiende sus colores. Por eso se sienten traicionados cuando un jugador les falla o abandona, y por eso celebran la victoria de cualquier partido. FIFA no va sobre jugar a fútbol, sino controlar aquellos partidos que ves en la televisión. Por eso imita sus formas, las cámaras, los comentaristas. Sabes lo que es jugar al fútbol, pero lo que sigues es el espectáculo de los grandes estadios. Los gritos de los fans, las banderas y bengalas. Esos cánticos. Eso ocurre desde una distancia, desde las gradas o en el sofá, mirando a través de la pantalla. La gran fantasía de FIFA es la de Guitar Hero: sabes que no eres Cristiano Ronaldo, pero tu equipo es el Real Madrid. Quieres tocar los éxitos. No es cuestión de hacerlo sino de imitar a tus ídolos. Y ellos se ven desde lejos, cada uno apenas un monigote en la gran pantalla. Parte del equipo y sus colores.

Acerca del autor

José Altozano

José Altozano

Colaborador

José lleva dando vueltas de un lado a otro en esto del periodismo de videojuegos desde 2011 y, que Dios nos proteja, ha acabado aquí como colaborador. Cinéfilo él, hipster aunque se niegue a aceptarlo, tiene además un canal de YouTube donde se le conoce como Dayo.

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