Análisis de Outer Wilds

Black Holes and Revelations.

El loop temporal ha sido el tema principal de varios juegos recientes y otros que están en camino: Sexy Brutale, Minit, 12 Minutes... incluso una secuela de Groundhog Day, la película que para muchos supuso el primer acercamiento a este recurso narrativo. Cada uno la usa para un efecto distinto, pero todos comparten ideas, como la presión de un cronómetro que anticipa nuestro fin o la infinidad de posibilidades a experimentar ante la posibilidad de reiniciarlo todo. Recientemente el canal Game Maker's Toolkit dedicó un episodio a este recurso narrativo y mecánico que me animó a aprovechar el lanzamiento de Outer Wilds en PS4 para analizar este juego, estrenado originalmente en mayo.

Todo comienza con un día festivo: el personaje al que encarnamos va a realizar su primera exploración espacial. Despertamos junto a una hoguera, hablamos con todos los habitantes de la pequeña comunidad de Lumbre para que nos den ánimos y consejos (o directamente nos inviten a participar en tutoriales), conseguimos los códigos de despegue para la nave y nos lanzamos a explorar otros planetas. Unos minutos después el Sol se convierte en una supernova y destruye todo a su paso... pero nosotros volvemos a la fogata como si nada hubiese pasado. A partir de ese momento podemos precipitarnos desde gran altura, quedarnos sin oxígeno o inmolarnos contra el Sol; cada muerte nos llevará de forma irremediable a la hoguera con exactamente veintidós minutos en el reloj antes de que llegue la supernova y lo devore todo.

Veintidós minutos es a la vez mucho y muy poco: nos da tiempo de sobra para viajar a cualquiera de los planetas y dar una vuelta, pero cada uno de los ecosistemas es tan particular que al principio parece que estemos tanteando a ciegas. El límite cumple muy bien su propósito, ya que mantiene cierta presión, pero no llega a resultar asfixiante. Quedarme sin tiempo ha sido causa de pocos reinicios en mi partida; el sistema solar por el que viajamos es pequeño en tamaño pero de naturaleza violenta.

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Un gigante gaseoso que esconde tormentas eternas, asteroides repletos de peligros invisibles, planetas gemelos que bailan al unísono mientras se alimentan de la materia del otro... Los movimientos y cambios que ocurren durante el bucle son independientes a nuestra presencia, creando la sensación de que somos una parte infinitesimal de algo mucho más grande que nosotros. Es un sistema solar precioso que funciona con la precisión de un puzle, pero que no quiere que olvidemos nunca que las fuerzas que lo gobiernan están muy por encima de nuestra escala, pero como testigos de lo que ocurre nuestro deber es ir de un lado a otro en una travesía que es ante todo un viaje de descubrimiento. Cada visita a un planeta se vive con una mezcla de incertidumbre y curiosidad; el juego es consciente de ello y nos empuja de un lado a otro para que visitemos escenarios asombrosos y también protagonicemos muertes horrendas o incluso ambas a la vez: hay pocas experiencias comparables a ser engullido por el Sol lentamente.

Los propios viajes de un lugar a otro son la parte del juego que menos me han convencido; los controles de la nave (y del astronauta en gravedad cero) son un pelín complicados de más y en ocasiones se interpone entre nosotros y la exploración. Con el transcurso de la partida vamos dominando los sistemas que existen para simplificar y automatizar los viajes más habituales, pero en los momentos más críticos el juego tiende a dejarnos vendidos. Entiendo que ayuda a tenerle respeto al espacio, que es parte del proceso de creación de la atmósfera de peligro y que Outer Wilds no funcionaría igual de bien si las travesías fuesen demasiado fáciles, pero a nivel personal habría agradecido un punto intermedio porque en ocasiones me ha terminado frustrando de más.

Por contra, me ha encantado cómo el estudio ha gestionado el componente de supervivencia en la superficie, presentando la posibilidad de quedarnos sin oxígeno o combustible en el traje espacial como una amenaza latente pero sin resultar pesado. Sirve sobre todo como recordatorio de que en cada expedición tenemos que estar atentos, de que cada vida terminará por acabar abruptamente a poco que nos relajemos. Outer Wilds podría haber optado por una aproximación más convencional en este aspecto, con recogida de recursos, crafteo o la necesidad constante de atender a varias barras de necesidades, pero prefiere que nada aparte la atención de las claves del juego: la exploración y el descubrimiento. Por este motivo las mejoras que conseguimos en el juego son intelectuales en vez de materiales.

No hay una nave más rápida, ni podemos aumentar el tanque de oxígeno: los avances que se producen a lo largo de la aventura van ligados a nuestro conocimiento, tanto el de las particularidades del sistema solar que exploramos como el de los diferentes usos de las herramientas con las que contamos. Podemos repetir los tutoriales las veces que queramos, pero al final aprenderemos a base de explorar y de fracasar. La ventaja de estar atrapado en un bucle temporal no excesivamente largo es que podemos experimentar sin demasiado miedo a las consecuencias negativas.

Aunque parte del proceso de aprendizaje consiste en probar y equivocarnos, no vamos completamente a ciegas: tenemos un traductor para leer los textos que nos dejaron los Nomai, una civilización que precedió a la nuestra, habitó en los mismos planetas y construyó artefactos y tecnologías que aún no se han conseguido replicar. La narración no es lineal y depende por completo de nuestra curiosidad, pero es fácil de seguir porque tiene lógica: en la superficie nos encontramos los rastros de unos Nomai recién aterrizados que tienen las mismas preguntas y dudas que nosotros, mientras que en lo más profundo de sus construcciones hallamos las respuestas que alcanzaron a encontrar, no siempre satisfactorias.

Estas visitas tejen un entramado de conceptos que nos permiten identificar puntos críticos en el desarrollo tecnológico de los Nomai y van abriendo distintas líneas de investigación en busca de una explicación a lo que nos está sucediendo. La manera en que lo hace ayuda además a que el universo se sienta conectado: raramente descubriremos hallazgos que solo nos sirvan para el planeta en el que estamos y casi siempre que nos atascamos en un planeta la mejor solución es darse una vuelta por el resto en busca de una pieza de información que nos ayude.

En una pequeña concesión al jugador, los datos clave que obtenemos se cargan en el ordenador de nuestra nave y no desaparecen al reiniciar el bucle, permitiéndonos comprobar qué hemos descubierto, qué misterios nos aguardan aún en el sistema solar y qué pistas hemos recogido que nos puedan ayudar. Recompensa cada pequeño descubrimiento cuando aún estamos en nuestros primeros bucles y a la vez ayuda a centrar nuestros esfuerzos en el tramo final del juego.

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No todos los descubrimientos son puramente funcionales e incluso algunos de los que lo son no quedan registrados, como el inteligente uso de la música para remarcar ciertas situaciones. La banda sonora cumple un gran trabajo dando ciertas pistas pero también creando una atmósfera melancólica, acentuando el impacto de visitar las ruinas de una civilización cuyas paredes suplen la voz de los que ya no están. La música también nos sirve para identificar a otros exploradores, que pasan el bucle tocando un instrumento frente a una hoguera, invitándonos a encontrarles y pasar un rato en su compañía alejados de los peligros que aguardan en el exterior. En un juego que adquiere una escala tan grande, estos momentos tan íntimos resultan reconfortantes y memorables.

Hay un momento concreto, cuando quedan pocas investigaciones por resolver pero aún no estamos listos para llegar al final, en que el juego se atasca y pierde un poco de encanto. No es demasiado, una o dos horas de un título que dura unas quince, pero más que la bajada de ritmo el problema es que durante esos minutos la exploración se convierte en trabajo. Una vez nos enfrentamos a sus últimos compases el juego vuelve a regalarnos las mismas emociones que en el inicio de la aventura, poniéndonos los pelos de punta a cada instante.

Ese tramo final sirve como recordatorio de las mejores cualidades de Outer Wilds, que emplea el bucle temporal para transmitir sensaciones opuestas a las que normalmente relacionaríamos con la repetición: sorpresa, curiosidad, asombro... Su pequeño sistema solar está repleto de secretos que aguardan al ojo atento para desvelar todas las posibilidades que nos ofrece este lugar de contrastes, donde conviven la violencia de sus huracanes y meteoritos con el calor de las fogatas donde podemos tomar un descanso asando malvaviscos en compañía de otros exploradores.

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Acerca del autor

Jaime San Simón

Jaime San Simón

Redactor

Jaime lleva en Eurogamer.es desde los inicios y es nuestro experto en juegos indie. Tú ponle ahí cuatro píxeles hechos con amor y ya le puedes dar megatones hiperpoligonizados, que él, se quedará con lo primero.

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