Hay un aura de nostalgia en Hyper Light Drifter. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que esta obra destila amor hacia sus influencias, desde Nausicaa hasta Neon Genesis Evangelion pasando por Metroid o uno de los referentes más importantes, The Legend of Zelda. Pero la nostalgia que inspira Hyper Light Drifter es otra, una que me devuelve a la primera ola del videojuego independiente, a Braid, Super Meat Boy y compañía: sin dejar de mirar al pasado, el título, protagonista de una de las campañas de Kickstarter más esperadas, mantiene los pies firmemente arraigados en la sensibilidad del presente. Viéndolo desde lejos parece un éxito prefabricado, una de esas creaciones que sólo existen para llevarse premios y convertirse en obras de culto. Pero los méritos de Hyper Light Drifter le pertenecen; tiene la cabeza bien amueblada y las intenciones claras. Una torre que se alza desde la nada. Una puerta a otro mundo. Un misterio.

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Las únicas palabras que se leen en toda la historia son las del tutorial: una serie de indicaciones que señalan con qué botones funciona el juego. Quitando lo evidente, nos encontramos ante un gusto por lo críptico desde el minuto uno. Aquí tenemos una obra que respeta el silencio y huye de las explicaciones como si fueran la peste: sus personajes hablan en viñetas, gestos y gruñidos, y el escenario contiene una poderosa carga narrativa. Caminamos entre las ruinas de lo que al mismo tiempo son los ecos de un pasado perdido y una catástrofe en proceso, y aunque de aquellos gigantes que tanto se parecen a los EVA ya no queden más que sus restos, todavía hay crímenes sin castigo. Estas son historias de razas perseguidas y brutalmente asesinadas, tribus que abusan de los débiles y desprotegidos. El espíritu de Dark Souls se siente con fuerza, y aunque muchos otros videojuegos intentan y seguirán intentando imitar su narrativa casi arqueológica, de reconstruir las historias que fueron a base de los remanentes del ayer, son pocos los que consiguen tal sensación de imponencia, de no ser más que una pequeña parte de un universo colosal. Al fin y al cabo, esa es nuestra profesión, tal y como prometían en aquella sinopsis: "Los errantes de este mundo son los recolectores del conocimiento olvidado, tecnologías perdidas e historias rotas". Vagar por un bosque y ver cómo el cráneo de un gigante se ha corroído hasta convertir su calavera en poco más que una bóveda que se fusiona con la maleza es un momento de humildad.

Pero entonces surgen las preguntas: ¿De dónde vinieron los gigantes? ¿Por qué hubo una guerra? ¿Qué relación hay entre la enfermedad del errante y el mundo? Nadie parece tener una respuesta. Es posible que nadie la tenga hasta que hayan pasado varias semanas, quizá meses. Es posible que ni siquiera haya una respuesta definida. Pero más que lamentarlo o sentir esto como un agujero, Hyper Light Drifter se alimenta de ese mismo espíritu de intriga y descubrimiento. En su forma más básica, la creación de Heart Machine recuerda a esa frase de Egoraptor que definía The Legend of Zelda como un videojuego sobre explorar habitaciones: su mundo está lleno de secretos y, aunque haya un mapa que nos oriente, oculta más de lo que muestra. No hay flechas ni iconos que nos guíen sino pequeños rastros, una serie de lápidas en el suelo, un saliente que está situado en un rincón sospechoso y resulta conectar con una zona oculta del mapa. Pero esto no causa una sensación de agobio sino más bien al contrario: la curiosidad por explorar nace del propio jugador de forma natural gracias a su atmósfera.

La sombra de Dark Souls se agranda a cada día, pero Hyper Light Drifter no piensa en el 'prepárate para morir', sino que más bien busca recuperar el videojuego en su forma más clásica y, quizá, más pura.

Sería injusto negar el mérito de nada de esto a sus mecánicas. En una muestra de habilidad a la hora de fusionar las filosofías del videojuego clásico y moderno, Hyper Light Drifter se mueve con fluidez y a toda velocidad, pero no perdona, da los medios para enfrentarte a sus desafíos, pero ninguna ayuda. Su sistema de control es una combinación que hemos visto un millón de veces: está el ataque, el disparo y la habilidad de esquivar, que hace las veces de salto, pero aquellos grandes títulos de la primera ola indie no destacaron por reinventar la rueda sino por hacer las cosas bien. Los hay grandes, pero la mayoría de enemigos se despachan deprisa, aunque todos golpean con fuerza y no se detienen; apenas hay margen de invulnerabilidad y la inferioridad numérica es insultante. Tenemos poca salud y un arma de fuego cuya munición se agota a toda velocidad y se recupera golpeando cuerpo a cuerpo para evitar que nadie se haga el listillo. Que empiece el baile. La dificultad, medida con mano experta, se apoya sobre la necesidad de querer saber más para que, cada vez que muramos, y moriremos, nos lancemos sin miedo de vuelta a la batalla, y ganar es más una cuestión de comprender el sistema, saber reaccionar a cada tipo de enemigo, posicionarse bien y combinar las distintas habilidades del errante, que de machacar botones o explotar fallos, como si fuera un Devil May Cry sin puntuación. Y en esta época debería ser la norma, pero que cada área tenga enemigos propios, con estrategias únicas que obligan al jugador a plantearse desde cero cada mapa, y que los jefes finales sirvan como examen al fusionar las habilidades más representativas de cada zona, demuestra la cabeza de los de Heart Machine y sitúa a Hyper Light Drifter como uno de los grandes títulos de acción del momento.

Esa sensación de ganarse a pulso cada paso es demasiado familiar. La sombra de Dark Souls se agranda a cada día, pero Hyper Light Drifter no piensa en el "prepárate para morir". Más bien busca recuperar el videojuego en su forma más clásica y, quizá, más pura: hay mejoras, sí, pero en vez de subir atributos añaden herramientas para invitar al jogo bonito. Hay secretos, pero la mayoría ofrecen recompensas cuyo uso no suele ir más allá del trofeo. "Mirad, he completado este desafío". "He explorado este mundo". Esa es la mentalidad de Hyper Light Drifter: entre el cinismo de la edad moderna, más que atreverse, que refugiarse en el pasado no es ningún logro, este videojuego decide mirar atrás para recordar cuando sólo teníamos una consola, una pantalla frente a nuestros ojos y de pronto había un mundo para explorar. Sin cinismo, sin más deseos que el de compartir, recordando a ese chico que un día, espada en mano, se enfundó un traje verde y salió a luchar contra las sombras.

Acerca del autor

José Altozano

José Altozano

Colaborador

José lleva dando vueltas de un lado a otro en esto del periodismo de videojuegos desde 2011 y, que Dios nos proteja, ha acabado aquí como colaborador. Cinéfilo él, hipster aunque se niegue a aceptarlo, tiene además un canal de YouTube donde se le conoce como Dayo.

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