Siempre que juego a alguno de los dos últimos Hitman -especialmente tras el pequeño fiasco que supuso Absolution en 2012, con su fallida linealidad- pienso muy activamente en la saga de películas Destino Final. En ellas la Muerte, como ser sobrenatural consciente, persigue a un grupo de chavales que por cosas del destino han logrado esquivar su toque en un momento determinado, eliminándolos uno a uno mediante complejas carambolas letales con las que equilibrar el karma y entretener, ya de paso, a una audiencia ávida por saber quién será el siguiente en caer y cómo. De eso va esta saga también: de crear una especie de máquina de Rube Goldberg a la que se le han acabado los sustos y solo le queda muerte, para regocijo de su público.

Hitman 2 no es una excepción. Puede que el juego de IO Interactive no esté protagonizado por tan ilustre ente, pero teniendo al alopécico icono del código de barras en el melón tampoco le hace falta. El Agente 47 se define por sus actos, no tanto por su historia, y siguiendo el mismo patrón que otros asesinos de renombre como el reciente John Wick personifica a una fuerza de la naturaleza imparable en su misión. Hay, como en el anterior, un esfuerzo medianamente loable en crear un hilo conductor y seguir expandiendo una mitología que incluye clones, cambios de bando como el que cambia de calzoncillos y un All-Star de sicarios; pero todo ello palidece ante lo que de verdad importa, que es usar nuestras habilidades especiales para cumplir con nuestra sangrienta labor de una manera eficiente y, siempre que se pueda, espectacular.

En ese sentido podríamos considerar a esta segunda parte casi como una temporada más de la misma serie, algo corroborado por el propio menú del juego cuando nos ofrece acceder al contenido del primero en caso de que lo tengamos instalado. Decir que es continuista es minimizar levemente la puesta a punto que el estudio ha dado a la base que lo conforma, pero sus cambios son definitivamente más superficiales que profundos. De entre todas las novedades publicitadas la más importante es la que se refiere al tamaño de los escenarios: la cantidad de caminos a nuestra disposición aumenta exponencialmente con respecto a su predecesor, dando la sensación de estar realmente ante un mundo abierto considerablemente grande y con entidad propia en cada uno de sus cinco episodios disponibles -esta vez desde el principio, aunque toca pasárselos al menos una vez para acceder al siguiente-. También las localizaciones elegidas moldean notablemente el entusiasmo con el que cumplimos nuestro objetivo: el enorme recinto de carreras de Fórmula 1 del primer episodio o el pintoresco barrio residencial norteamericano del cuarto, por poner los dos ejemplos que mejor funcionan, incentivan especialmente bien el que recorramos todos sus rincones gracias a su espectacularidad.

Aunque podría quedarse ahí y ser suficiente, lo cierto es que este incremento en la escala repercute también positivamente en aspectos como la rejugabilidad, abriendo nuevas opciones según lo mucho que descubramos durante nuestra misión. Como en el anterior, podemos ir siguiendo rutas más o menos guiadas para acabar con nuestro objetivo, pero el juego no se olvida de premiar la improvisación, permitiéndonos desbloquear mediante su sistema de puntos un montón de condiciones alternativas como distintos puntos de extracción, armas ocultas o trajes; con el fin de evitar que nuestras incursiones sean ni remotamente similares entre ellas. Es una apuesta lógica, la de mantener intacta la base y toquetear solo la decoración, que aquí acaba saliendo especialmente bien: nunca un Hitman se sintió tan grande, tan vivo y con tantas posibilidades como este.

Quizás por eso resulte levemente decepcionante ver que ahí empiezan y terminan todas las novedades relevantes. Técnicamente cuesta señalar las diferencias entre ambas entregas, pese a las mejoras en la iluminación y alguna que otra cucamona gráfica ocasional, como ver con más precisión en superficies reflectantes; y en lo que se refiere a las mecánicas tan solo un par de detalles nimios, como poder esconderse en la maleza o pasar desapercibido entre la multitud, pueden calificarse como tal. El contenido es otro cantar: además de los contratos, desafíos adicionales que se van actualizando tanto por parte del estudio como de la propia comunidad; o el modo Sniper Assassin, que ya habíamos visto con anterioridad y se basa en eliminar a distintos objetivos con nuestro rifle de francotirador sin que salten las alarmas; debuta aquí el modo Ghost, un competitivo online 1v1 -todavía en beta- en el que debemos adelantarnos a nuestro rival a la hora de despachar muertos, pudiendo incluso interferir en su partida con determinados objetos a pesar de habitar en ese momento mundos teóricamente distintos.

Queda claro que hay un desequilibrio entre las cosas que IO Interactive ha decidido mejorar y las novedades que justifican el número que acompaña el título, y aunque esto no se traduce en un mal juego, sí se echa en falta un poco de ambición en algunos aspectos. Cuando funciona bien, sobre todo al encadenar distintas acciones que nos llevan a uno de los desenlaces espectaculares contemplados por el estudio, es increíblemente satisfactorio. Cuando no, como las múltiples veces en las que erramos nuestro disparo al apuntar a las cámaras de seguridad o atraemos accidentalmente al guardia que estaba a veinte kilómetros fumándose un piti en vez de al que nos daba la espalda a dos metros, puede resultar frustrante; especialmente si tenemos en cuenta que cada capítulo puede llevarnos hasta una hora de planear y deambular antes de dar el golpe de gracia.

Insisto aún así en que estamos ante uno de esos ejemplos canónicos de que si algo funciona, mejor no tocarlo. Hitman 2 peca de continuista, pero también ofrece una experiencia ligeramente más completa que su predecesor, gracias en gran medida a su apuesta por el contenido. No es un juego perfecto, ni muchísimo menos, y puede que echar el resto en lo mecánico sin preocuparse mucho por todo lo demás acabe agotando la fórmula de no introducir cambios significativos en el futuro; pero hay algo en su capacidad de sorprendernos, de hacer que queramos siempre un pasito más allá y también en encarnar a un personaje tan poderoso -en el sentido más literal de la palabra- como el Agente 47 que resulta inquietamente gratificante.

Acerca del autor

Diego Pazos

Diego Pazos

Colaborador

Licenciado en Historia por vocación, gallego de profesión. Le gusta el punk-rock, el post-rock y el whisky on-the-rocks. Sus chistes malos son solo suyos y no representan la opinión de la empresa. Puedes seguirlo en Twitter: @yipee182.

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