Análisis de Dead End Road

Menudo espanto.

A pesar de su atmósfera y premisa, Dead End Road acaba alejándose de sus objetivos al confundir horror con saltos y riesgo con accidentes.

No es que sea un experto o fan del creepypasta, pero algo he visto en mis viajes por los internetes. Uno de mis favoritos es The Holders Series, que habla sobre los ítems de poder capaces de destruir el mundo. En lugar de describirlos, la serie habla sobre el ritual necesario para obtener cada uno, y el terror nace de sus implicaciones más sombrías. Son procesos que exigen precisión y una voluntad de hierro; olvidar cuál es el siguiente paso, el más nimio, lleva a sufrir un destino peor que la muerte. La premisa de Dead End Road recuerda a esos rituales: llegas a una mujer anciana para llevar a cabo un conjuro. Si lo consigues, tu deseo será cumplido. No quieras saber qué viene con el fracaso. Tan sólo enciende el coche y conduce. Conduce hasta el final de la carretera, hasta el callejón sin salida. Tomar parte en semejante desventura debería suponer un viaje atmosférico, opresivo y aterrador. Pero cuando el horror aparece en el espejo retrovisor, listo para acabar contigo... Sólo tienes que apagar las luces. Ya está. Sube la radio, que la tonadilla es graciosa y muy alegre.

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Dead End Road tiene parte de roguelike, porque la muerte reinicia el viaje y, aunque los pueblos que visitas son todos los mismos, la carretera y sus peligros o los objetos que se venden en las tiendas cambian a cada nuevo intento. Podemos mejorar el coche y debemos mantenerlo reparado y con gasolina para que no nos deje tirados en mitad de ninguna parte, pero cien dólares no dan para mucho. Sin apenas recursos, Dead End Road es un ejercicio de ahorro y eficiencia: hay que calcular bien qué pueblos visitar y cuándo comprar un objeto que nos pueda venir bien para el ritual. Hay formas de ganar dinero, pero son escasas e ineficaces. Mejor piensa dentro de tus límites.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, se pasa dentro del propio automóvil, conduciendo a medianoche en carreteras sin farolas. Aquí se supone que ocurre el horror; estamos tomando parte en un ritual, al fin y al cabo, así que habrá fuerzas oscuras intentando cortarnos el paso, pero este viaje inquietante que debería ser acaba tornándose en una versión cutre del tren de la bruja. Esta es una expresión que se ha utilizado mucho en tantas ocasiones que, por momentos, parece haber perdido su significado, pero no os confundáis cuando os digo que Dead End Road es una de las experiencias más parecidas a subir a un tren de la bruja, y ni siquiera uno bueno. Las susodichas invasiones espirituales ocurren en ventanas muy marcadas, y el resto del tiempo vas a lo tuyo, conduciendo. No llega a haber ni diez apariciones distintas, y la mitad te sacan de la carretera en algún fallido intento por espantarte. Más bien lo contrario. Estás conduciendo, se apagan las luces, se vuelven a encender y hay cadáveres empalados. Ni siquiera los ves claramente, porque están pobremente dibujados a contraluz. Todo vuelve a la normalidad y sigues conduciendo. Y la parte del principio, la del horror en el asiento trasero que está esperando a matarte, es literal: se vence apagando la luz interior del coche.

Dead End Road debería apuntar a la idea de la soledad, de cuando caminas a solas y es demasiado tarde como para encontrarte con nadie. Debería darse cuenta de que el terror no viene de esos conatos de jumpscare sino del hecho de formar parte de este ritual. El coche debería ser la manta que nos cubre cuando vamos a dormir: esa protección que buscamos contra las bestias y pesadillas acechando en el umbral. Esperamos que nos cubra, pero en el fondo sabemos que estamos indefensos frente al horror. Dead End Road debería ir sobre la pesadilla, pero prefiere ser una pesadez. La carretera está llena de obstáculos hasta el punto del absoluto ridículo: coches y camiones que van en ambos sentidos, cadáveres de algún animal atropellado, pilas de cajas que por algún motivo alguien ha puesto ahí e incluso búhos que quieren estamparse contra nuestra luna.

Como si fuera una parodia de sí mismo, Dead End Road fracasa al intentar gamificar el horror y convertir ese ritual en una conducción desafiante. Se acaba prestando más atención a los baches y obstáculos que a las entidades reptando aquella oscuridad, y cuando, de ninguna parte, aparece un coche en mi dirección y sufro un siniestro total, más que miedo, siento que el desarrollador está haciendo trampas ¿Una carretera en la que los vehículos van en ambas direcciones en ambos carriles? El videojuego debe terminar en algún punto. Al final, Dead End Road guarda más parentesco con los endless runner de móvil que con cualquier creepypasta o survival horror, reciente o antiguo. No significa que haya que abandonar toda esperanza, porque el ambiente está ahí; sus gráficos lo-fi invitan a un horror sincero, sin post-procesado, y los entornos rurales y de pueblos que parecen abandonados tiene una cierta familiaridad inquietante. Quién no ha estado en una autopista a medianoche, quizá en alguna carretera secundaria, lejos de la civilización. Uno deja de apreciar las estrellas y empieza a preocuparse más por lo que pueda venir. Pero ese no es el horror en Dead End Road. Estamos demasiado ocupados esquivando baches.

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Acerca del autor

José Altozano

José Altozano

Colaborador

José lleva dando vueltas de un lado a otro en esto del periodismo de videojuegos desde 2011 y, que Dios nos proteja, ha acabado aquí como colaborador. Cinéfilo él, hipster aunque se niegue a aceptarlo, tiene además un canal de YouTube donde se le conoce como Dayo.

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