Cat Quest es una obra humilde que sabe mantener la atención y cuándo decir adiós. Aunque no cautive, logra cumplir su cometido.

Existe por ahí un videojuego maravilloso llamado Half Minute Hero, un JRPG condensado cuya premisa consiste en que cada nivel debe superarse en medio minuto. Quizá me estoy limitando; no tienes treinta segundos para superar cada fase porque hay formas de alargar tu tiempo y, por ejemplo, cada vez que pisas una ciudad el cronómetro deja de correr, pero el tiempo corre siempre que te mueves y, al final, lo que consigue este título es apretujar la colosal aventura de un Final Fantasy y repartirla en paquetes pequeños, en bocaditos de consumo rápido que se presentan con la misma pompa y fanfarria que cualquier épica, aunque todos sepamos que el villano du jour va a durar en su trono menos que un polvo.

Cat Quest se siente, al mismo tiempo, colosal y pequeño, con personajes de tamaño chibi y patas cortas moviéndose por un mapa enorme y lleno de amenazas, con muchas magias pero todas ellas fáciles de manejar y asequibles, con una gran historia, pero quizá no tanto. La narración que abre el juego habla de los sangredragón, una raza de felinos capaces de combatir a los fieros dragones que habían asolado el mundo tras una guerra devastadora. Su linaje se cree perdido hasta que nuestro avatar, un sangredragón, llega al continente en busca de su hermana, una gata inocente secuestrada por el vil Drakoth.

No es la premisa más original.

Skyrim manda saludos desde una esquina mientras la historia nos lleva de dragón a dragón librando a la tierra de su amenaza, pero Cat Quest se sabe inspirado por otros. Hay toda una subtrama dedicada a rescatar las colecciones de películas de una gata herrera adicta a trasuntos felinos de House of Cards y Juego de Tronos y otra serie de misiones ocurre entre dos aldeas que, sin ningún remilgo, se llaman simplemente "Twin Peaks". Cat Quest no alberga ese tipo de ambiciones, de crear escuela y pisar fuerte, sino que es feliz alegrando la tarde a quien desee dedicarle su tiempo, y pone más énfasis en hacer juegos de palabras estúpidos que incluyan la familia léxica de los gatos que en romper moldes. Le falta decir "zapoz y zalamandraz" para cerrar el círculo.

Pero mencionaba la escala al principio del texto, y esto probablemente se deba a la estructura del juego, una mucho más parecida a Desperado: Double Barreled y Saints Row: Gat out of Hell que al susodicho The Elder Scrolls quinta parte. El juego pone un dragón en alguna zona y tu fiel aliado, una bola de luz y pelo llamada Spirry, te aconseja que entrenes para tumbar a la bestia. El método lo eliges tú ¿haces misiones? ¿Dónde? ¿Cuáles? ¿Vas a las mazmorras a abrirte paso a tortas hasta que no quede ninguna criatura en pie? ¿Qué terreno explorarás y cuándo creerás que estás listo para hacerle frente al dragón? Nadie te dice que el momento adecuado sea ya o después: Cat Quest es una excusa para la aventura, un Breath of the Wild pero sin jugabilidad emergente, un salir ahí a ver qué pasa y qué historias más extrañas toca encontrarse a continuación, cómo es la población de este lugar, qué juego de palabras superará el hecho de que la capital sea la "catpital".

Cat Quest sirve como rito iniciático o puente, un aperitivo hasta que llegue algo más grande, pero uno agradecido.

Pero no da para mucho. No es un conjunto que pueda satisfacer a los ansiosos o curtidos, porque Cat Quest es más bien simplón. Entretenido, pero el agua cubre hasta los tobillos. En esto el título de The Gentlebros se revela como uno para un público más joven, que quiera saber lo que se siente en una gran aventura pero todavía necesite ruedines, y es aquí donde el juego se acomoda y encuentra un lugar: incluso en su tontería cute, Cat Quest no es condescendiente y, si tiene que matar, te mata. Los niveles hay que subirlos y el mundo es lo suficientemente grande como para que no canse en su corta duración, pero incluso cuando termina la historia el propio juego apunta a todas las futuras y por haber.

Cat Quest sirve como rito iniciático o puente, un aperitivo hasta que llegue algo más grande, pero uno agradecido. No es una bolsa de patatas con aire sino un plato satisfactorio. Es triste ver sus intentos de crear una historia que luego él mismo abandona sin mucho interés y llegar a momentos de emoción impostada que no se ha ganado porque hace no tanto estábamos ayudando en un debate entre dos hermanos reposteros, pero nadie es perfecto. Tiene el clásico lore que se ha visto tantas veces en tantas producciones de fantasía y los giros, cuando llegan, dan igual porque lo que se ha visto es tan poco que las semillas no han echado raíces. Pero Cat Quest no se juega por la historia. Se juega por la aventura, la quest, la misión, cruzar la montaña, explorar y descubrir nuevas magias, un nuevo tipo de monstruo. Ahora puedes caminar por las aguas y ver nuevos mundos, y así hasta que termine. Un crescendo que termina pronto pero se siente pleno, sin tiempos muertos, siempre disfrutable. Como decían en las notas de primaria, "progresa adecuadamente".

Acerca del autor

José Altozano

José Altozano

Colaborador

José lleva dando vueltas de un lado a otro en esto del periodismo de videojuegos desde 2011 y, que Dios nos proteja, ha acabado aquí como colaborador. Cinéfilo él, hipster aunque se niegue a aceptarlo, tiene además un canal de YouTube donde se le conoce como Dayo.

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