Decía Napoleón Bonaparte que la Revolución Francesa fue producto de la vanidad, y que la libertad era solo un pretexto para actuar, una pantomima de panfleto que jugaba con la delicada situación de la época para elevar algún que otro ego. Muchos consideran la toma de la Bastilla como el hecho simbólico que representó la caída de un régimen déspota y autocomplaciente que había sostenido a toda Europa (e influenciado a todo el mundo) durante siglos, pero otros señalan que fueron las oligarquías financieras las que impulsaron la Revolución y se encargaron de su permanencia romántica en la historia, que todo, al fin y al cabo, no fue más que un negocio, como la crisis virtual que nos asola. Lo que realmente diferencia los hechos de 1789 de los demás sucesos históricos similares es que nada quedó al azar, que fue un proceso consciente que creó el clima adecuado durante los años previos a su estallido con la Ilustración .

Y es simbólico que Unity se centre en la Revolución Francesa porque Ubisoft - que son franceses, por cierto - quiere que represente la culminación de una fórmula que se ha ido perfeccionando durante años, y que ahora decide volver a tomar las riendas de su identidad y de su propio futuro. Quizá la compañía también haya pecado de vanidad y de arrogancia con Assassin's Creed, una serie que ha confiado firmemente en unos preceptos inamovibles para seguir gustando a su público y que lleva, ojo, ocho entregas principales y más de cinco spin-offs vendiendo lo que no está escrito. Unity no es como la Revolución que recrea, pero subvierte un poco el orden al que estábamos acostumbrados para darnos algo más genuino y devolvernos al origen de las cosas.

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La recreación de París es la más fiel que hemos visto nunca en ningún juego de la serie, y la iluminación es sobrecogedora.

Assassin's Creed Unity sigue siendo un Assassin's Creed, y sigue arrastrando todas esas cosas buenas y no tan buenas que vienen siendo marca de la casa desde hace ya siete años. Pero, quizá por el cambio generacional, da la sensación de que Ubisoft ha querido encauzar su saga hacia la madurez, hacia una tímida y precoz, sí, pero con cambios pequeños aquí y allá que terminan incidiendo de forma sustancial en el conjunto. Este Unity plantea las cosas desde cero, pero sin olvidar a sus predecesores; para empezar existe un sistema de habilidades según el cual desbloqueamos acciones nuevas - y que eran predeterminadas en anteriores entregas - como lanzar bolsas de dinero al suelo para despistar a nuestros perseguidores o realizar un asesinato doble desde el aire. Eso implica que la sensación de indefensión está presente desde el principio, y que aquellos que están acostumbrados a danzar cual gacela dejando ríos de sangre a su paso deberán replantearse las cosas.

El combate ahora es lento, más físico y pesado, y es más complicado detener las embestidas de los enemigos, así que evitar líos y salir corriendo es una opción mucho más necesaria. El sistema de progresión es especialmente interesante porque aunque podemos personalizar a Arno desde el principio las opciones del inventario se van desbloqueando a medida que avanza el desarrollo de la historia, así que es importante - necesario, vaya - realizar actividades secundarias y misiones cooperativas para ganar dinero y puntos con los que actualizar nuestro armario y nuestras habilidades. Unity no tiene un árbol de habilidades como tal, sino que cuenta con distintos menús en los que podemos aprenderlas en el orden que elijamos. Esas opciones, junto con las cuatro especializaciones disponibles (a distancia, pesado, cuerpo a cuerpo y salud) y una cantidad considerable de atuendos, que a su vez pueden potenciar dichas habilidades, nos permiten crear nuestra propia versión de Arno centrándonos en aquello que mejor se nos da. También hay un nuevo tipo de potenciadores para el modo cooperativo que pasan por compartir la vista de águila o curar al grupo, y que son especialmente importantes ya que la primera ahora es limitada y no podemos usarla de una forma tan asidua como en las anteriores entregas.

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Arno Dorian sigue pecando de saltos imposibles y de una gravedad un tanto permisiva que le permite moverse grácilmente entre edificio y edificio. Ahora también hay un nuevo sistema de sigilo que es culpable de algunos de los momentos más frustrantes del juego.

Es un juego mucho más exigente que, por ejemplo, la denostada tercera entrega o el divertido Black Flag, pero eso no quiere decir que no sea accesible: es relativamente fácil alcanzar un nivel aceptable en relativamente poco tiempo, y de llegar al nivel máximo ya se encargarán las abundantes - de forma casi ofensiva, todo hay que decirlo - misiones y actividades secundarias, que tienen, si cabe, mucho más peso en esta ocasión. Hay muchas, y algunas son muy interesantes. En las Historias de París, por ejemplo, cumplimos algunas relacionadas con el marqués de Sade o con Denis Diderot que tampoco disimulan, como debe ser, su flirteo con la imaginación para resultar más fantasiosas. Unity es, también, un Assassin's Creed más crudo y visceral, más gráfico con la violencia y más oscuro en su tono. Es posible que el contexto de la Revolución Francesa ayude a que esto sea así, pero aun así da la sensación de que hay ciertas ataduras que se han liberado. Una de ellas venía coleando hace tiempo: el modo sigilo. Es inexplicable cómo es posible que en unos juegos caracterizados por asesino que, recordemos, se dedica a matar gente sin ser visto, no se hubiera incluido antes un sistema de sigilo, pero Unity por fin lo hace, aunque sea a costa de alguna que otra frustración con los controles.

La recreación a escala de la París de la Revolución francesa ofrece un escenario cuatro veces superior al territorio explorable de Black Flag, y también, por contexto, permite jugar mejor con los estratos sociales; la ciudad está dividida en siete distritos, y cada uno de ellos tiene sus características peculiares, desde el mendigo más harapiento hasta el último mono de la cuna más altiva. Es una recreación lo más fiel posible de la ciudad de la época que juega con una iluminación tremenda (de lo mejor que hemos visto) para regalar un aspecto visual cálido y ciertamente sobrecogedor. Es un trabajo inmenso que recoge cada detalle al milímetro y que rezuma belleza por los cuatro costados, pero que por cada mueca de sorpresa nos regala un billete sin vuelta a la realidad por los típicos detalles gráficos que siguen chirriando. Hay objetos y personas que aparecen de repente delante de nosotros, cargas de textura reguleras, esos glitches que tanto nos hacen reír y algunas caídas de frame rate inaceptables cuando debe procesar mucha información que son incluso más acusadas en PS4, según tengo entendido; hasta en eso sigue siendo un Assassin's Creed, a eso me refería. Pero dejando a un lado preferencias personales o hastíos con las mecánicas, el conjunto sigue estando por encima de todo lo demás, y es esa la razón por la que Unity divierte tanto y es tan adictivo.

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Los escenarios están mucho más trabajados y ofrecen distintas rutas para llegar a nuestro objetivo. Unity te da las herramientas, y de ti depende cómo usarlas.

Hay mecánicas nuevas que no son tantas ni quizá tan nuevas como sería necesario, y al fin y al cabo no deja de ser un Assassin's Creed de toda la vida más grande y mucho más bonito. Pero el planteamiento, el fondo, ha cambiado. Unity es una vuelta a los orígenes, o un origen en sí mismo; una tendida de mano al planteamiento del primer Assassin's Creed y a las misiones abiertas centradas en el asesinato de un objetivo, en la búsqueda intrincada de rutas y estrategias en una sola ciudad. Para muchos esa idea de volver a mantener los pies en tierra firme es una huida hacia adelante después de las aventuras que nos han dado los Kenway, pero el plan de Ubisoft ha sido devolver la esencia a Assassin's Creed y desprenderse de aquello que, por acumulación, se ha ido cargando a la espalda. En Unity es más creíble nuestro papel como asesino, y se entiende mejor lo que Ubisoft ha querido hacer con la saga desde un principio.

El objetivo, como nos dijo el director creativo Alex Amancio, era regresar a lo que originó la franquicia, pero en lugar de hacerlo con alguna característica periférica, como el barco de Black Flag, hacerlo con el núcleo duro del juego; ahora Arno es nuestro barco, y es el propio personaje el que se beneficia directamente de nuestras acciones. Es una historia sobre su vida y sobre su viaje hacia la maestría salpicada de manidos atajos que, además de depender de nuevo del héroe blanco muy apuesto y heterosexual, también recurre a sentidas pérdidas - la de su padre y padrastro, respectivamente - para excusar una historia de venganza personal que nunca está a la altura del contexto que la acuna.

Assassin's Creed Unity es muy entretenido y ofrece horas y horas de contenido secundario en el mejor y más vivo escenario de toda la serie, y los cambios realizados, como el descenso rápido por las fachadas o el combate más pausado, son notables por ser nuevos, pero en ningún momento marcan el camino a seguir ni acarrean con el peso suficiente. Quizá el mayor halago que se le puede dedicar a Unity es que su recreación de la París del siglo XVIII es impecable, pero es un piropo con doble filo: cuando contemplas cómo la luz del amanecer baña con su brillo la enorme fachada de la catedral de Notre Dame mientras el eco de la marabunta resuena alrededor, sabes que estás ante algo grande, pero también que todo lo demás quedará inevitablemente en un segundo plano.

8 /10

Acerca del autor

Borja Pavón

Borja Pavón

Redactor

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