Todos somos Guybrush

Lección aprendida de un pirata.  

Visualiza el siguiente cuadro. Acabas de terminar tu época estudiantil. No ha sido un camino flanqueado por rosas y alegres cantares de gorriones, pero tampoco ha sido andar sobre un kilométrico colchón de faquir. Has conseguido llegar hasta donde te exigía la sociedad, hasta el punto en el que la gente dejara de estar pendiente de ti, azuzándote para que hinques los codos, y ahora llega el momento de elegir tu carrera profesional, que tenías muy clara desde hace años.

Así que ahí vas tú, un ser lleno de ilusión, esperanzas y un uno en el dígito izquierdo de tu edad, camino de la empresa en la que deseas trabajar. Entras por la puerta de la manera más sonora posible, con un sordo aire de confianza que no atrae ninguna mirada, o más bien la única mirada potencial, la del portero, un hombre que debió jubilarse hace eones pero que, por alguna razón que en el fondo te importa lo mismo que la fecha de caducidad de una lata de refresco, sigue dando el callo.

Te presentas efusivamente, usando esa frase que has ensayado frente al espejo con la intención de convertirla en tu mantra de la semana o, con suerte, del mes. Un mantra que ha espoleado tus pasos desde  el estado imberbe que pareces estar abandonando: "Hola, quiero ser...". Da igual, el portero tiene costra en la herida de las relaciones humanas, le importas más bien poco. ¿Qué digo poco? Nada. Tan solo te recordará durante unas cortas horas porque has interrumpido su pasatiempo habitual, mirar a la nada.

A pesar de tan "magno" crimen contra su rutina, el portero te indica a donde debes dirigirte. Primera victoria en tu bolsillo. Ya sabes que debes encauzar tus pasos hacia los jefes de personal de la empresa, los cuales evaluarán tus aptitudes en una entrevista de trabajo para la que nadie, y menos tú, está preparado. El fracaso aletea tras tu oreja. "La vas a cagar", te susurra. Pero no hay que amedrentarse, has tenido el valor de romper el hielo con el portero de la empresa, ¿qué diferencia puede haber al repetir lo mismo con los jefes? Todas las posibles, por supuesto. Son tantas las que pasan por tu cabeza, tantas las posibles calamidades en las que pueden derivar que no te das cuenta que has llegado a la cantina de la empresa.

Menudo ambiente, aquí es donde estás destinado a trabajar, mira a todos estos empleados disfrutando de su merecido descanso en plena jornada laboral. Que porte, que uniforme, estás rozando tu sueño, nada puede distraerte de tu objetivo ahora, ni siquiera ese perro sentado silenciosamente junto a ese biombo rojo, tras el cual se hayan tus objetivos, los jefes de personal.

Tragas saliva, toses para aclarar tu voz, vuelves a tragar saliva y te diriges hacia la mesa que ocupan los tres jefes a los que debes suplicar una oportunidad para entrar en tan magna empresa. Vuelves a repetir tu mantra tras una escueta presentación : "Hola, quiero ser...". No te dejan terminar. Sus miradas lo dicen todo, eres un pequeño mierdecilla. Durante unos eternos segundos eres examinado de cabo a rabo como un mono de zoológico. Estas desnudo antes estos tres "nobles" que tienen en su mano la posibilidad de destrozar tus sueños cual bola de árbol de Navidad escaleras abajo. Pero, para tu sorpresa y júbilo, deciden que la oportunidad es tuya. No creen que el curriculum sea algo importante, valoran el potencial intrínseco a las ganas de trabajar, del cual han salido genios a base de esfuerzo y dedicación. Eso o te están derivando por el procedimiento estándar de reclutamiento: el contrato en prácticas. Elige lo que te haga más feliz.

Sea como fuere, estás dentro, o más bien tienes un pie dentro. El otro le seguirá cuando demuestres tu valía como activo de la empresa, realizando una serie de tareas sencillas y consideradas básicas en tu futuro (si todo fluye bien) puesto de trabajo. Da igual que no vayas a cobrar nada mientras el periodo de pruebas esté vigente, te es indiferente que el hecho de terminar el periodo de pruebas con nota no implique la contratación final por parte de la empresa. No, todo eso es secundario, estás ahí, y ahí es donde querías estar. Así que tu lista de tareas ya puede incluir robar un ídolo, insultar a compañeros de trabajo, buscarle utilidad a un pollo con una polea en el centro, estudiar vudú, comprar panfletos sobre clases de baile, espantar ratas y caniches, desenterrar camisetas, ser disparado desde un cañón o cualquier otra locura inverosímil. Hay que ir a por todas y a toda máquina, el mercado lo demanda y tu ilusión te alimenta.

Pero nadie dijo que esto iba a ser fácil. Al contrario, es característico de todo trabajo que los marrones te alcanzarán tarde o temprano, ya sea en forma de "compañero" envidioso o relaciones inesperadas dentro del ecosistema laboral, y entre estas relaciones, la peor, el amor.

¿Quién es ella? ¿Quién le mando ser tan guapa? ¿Quién le ordenó robarte el corazón y la capacidad de articular palabras? ¿A qué juega el desgraciado de Cupido? ¿Por qué no te da explicaciones? ¿Te servirían de algo? No, ella seguiría estando ahí, frente a tus ojos, y cuando no lo está, se acomoda en tu cerebro, pisoteando tu razón y apoyando su culo sobre todos tus recuerdos, anulándolos por completo. Eso es el amor. Y el amor conlleva a la guerra, que se lo digan a Paris y Helena. Pero no hace falta prender fuego a Troya para que una batalla sea recordada, a veces es simplemente una disputa personal, una lucha por el territorio, una micción en una esquina que delimita tu dominio. Y cuando dos hombres luchan por una mujer, la batalla reduciría a cenizas el planeta.

No le conoces realmente, a pesar de ser famoso en la empresa. Es el inadaptado, el que lleva más tiempo trabajando ahí que tú caminando sobre tus pies. Es un amargado que añora tiempos mejores vividos y que desea que viva nadie más. Y la quiere a ella, tú le sobras en la ecuación.

¿Y qué vas a hacer si eres el nuevo? Eres un novato cobarde que sólo intenta caer bien a la gente. ¿De dónde vas a sacar la valentía y mala leche necesaria para estar a la altura de la contienda? ¿Qué plan vas a seguir? ¿Vas a contar con la ayuda de algún buen samaritano? En contra de lo que esperabas sí, algunos compañeros han sentido lástima de tu situación y han decidido echarte un cable, por echar unas risas tal vez, pero la intención es lo que cuenta. Así que siguiendo unos escasos consejos, que a priori parecen inútiles y a posteriori se confirmarán que lo son, decides plantar cara. Decides ser mejor. Decides estar a la altura de ella, de su ideal de hombre. Decides que ha llegado el momento de dejar de ser ese chaval que ensayaba su mantra frente al espejo y convertirlo en realidad. Decides ser lo que has soñado ser y dejar a tu competencia hecha un amasijo de tristeza. Y lo consigues.

Pensabas que sólo ocurría en las películas y en las novelas de aventuras, que jamás te pasaría a ti, que no lo merecías y estabas condenado a morir sin dejar nada reseñable en tu lápida. Pero, por primera vez y esperas que no última, puedes sacar pecho y ondear la bandera del coraje en tu alma, esa que se ha hinchado con orgullo desmedido y te ha cambiado para siempre.  Es posible que ella no haya caído rendida a tus pies, pero ya eres un macho alfa más en esa inmensa manada que es el mundo, y puedes fardar de logros allá donde vayas. Enhorabuena, lo has conseguido, eres uno más en la sociedad.

Y por todo esto, The Secret of Monkey Island es la vida.

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Acerca del autor

Roberto Pastor

Roberto Pastor

Colaborador

Equipo Game Over: Redactor en Game Over, Alicantino de pura cepa, jugador compulsivo desde los 8 años y amante de muchas cosas divertidas como los videojuegos, el cine, los comics, el manganime y otras cosas mal vistas. No le gustan los juegos deportivos porque provocan obesidad.

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