Llevo más de una década esperando que el bueno de Yu Suzuki ponga punto y final a la saga que me hizo volver a creer en los videojuegos. Shenmue llegó a Dreamcast por la puerta grande y se despidió por la de la trastienda. Los más de 50 millones de dólares que se invirtieron en los dos primeros capítulos de la saga no obtuvieron el feedback económico necesario para amortizar los descomunales costes de la colosal producción. Shenmue, una obra maestra difícil de calificar por lo inabarcable de su propuesta, desembarcaba en un sistema, Dreamcast, que empezaba a mostrar sus primeros síntomas de debilidad; su lenta agonía era un llanto compartido por todos los que apreciamos el valor y la esencia de los auténticos videojuegos.

Con su lento y agónico fracaso, con el fin del sueño azul, los viejos fantasmas del estrepitoso fiasco de Saturn regresaban para quedarse. La historia, siempre cruel con los soñadores, parecía repetirse. En ese contexto de ultimátums y cifras críticas, y con la perpetua amenaza de Sony y su PlayStation flotando en el ambiente, Shenmue, la colosal producción del maestro Suzuki, se convirtió, paradójicamente, en un capricho demasiado caro. Sumida en un baile de números rojos y de negros futuros, Sega trató a toda una superproducción como un vulgar producto de cine de sobremesa. Mientras Sony y Nintendo se erigían como los gurús del marketing total, Sega se quedaba sin capacidad de respuesta, atenazada por la deserción de las third-parties y la poca rentabilidad de sus producciones internas. Negoció exclusividades absurdas (Shenmue II sólo vio la luz en USA en Xbox) y renegó del mercado europeo al lanzar Shenmue sin unos míseros subtítulos en castellano -o en otros idiomas minoritarios-.

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Inexplicablemente, esto convirtió al producto en estos territorios (que no son pocos) en un eterno bocado de minorías selectas. Para muchos, la barrera idiomática fue un impedimento insalvable. Lástima. No pudieron disfrutar de una de las mejores sagas que ha visto la luz en el mundo de los videojuegos. Sega trató a su "Avatar" particular como una minimalista obra de Von Trier y Shenmue, el heredero espiritual de tantas cosas y de tantos conceptos, pasó a la historia como aquel bocado de alta cocina que se sirvió demasiado frío, en el lugar y en el momento equivocados. Una joya incomprendida y anacrónica. Un abanico de virtudes asombrosas y de osadías continuas que merecieron otra recompensa.

Con Sega dedicada a otros menesteres, dilapidando nombres de sagas míticas y madurando con serios altibajos en su faceta distribuidora, la prometida y soñada conclusión de la saga de Ryo Hazuki se me antoja, hoy en día, poco más que un sueño utópico. La voracidad y la cruel exigencia del mercado actual, condicionada por el delicado status quo de la economía internacional, no permite debacles ni sueños a fondo perdido. Los fríos números y los presupuestos limitados condicionan las producciones, y no al revés.

Recientemente, parece que Yu Suzuki ha afirmado que sigue teniendo en mente realizar Shenmue III y que Sega quizás se lo permitiría hacer, siempre y cuando se disponga de la financiación necesaria. Suzuki sabe que tiene una cuenta pendiente con muchos jugadores que lo alzaron definitivamente hasta el Olimpo de los bits. Pero sobre todo, se trata de una cuenta pendiente consigo mismo. Sabe que uno de sus hijos predilectos no fue tratado como se merecía y eso debe escocer. Una espina clavada en el corazón de un diseñador es una losa demasiado pesada de acarrear. De hecho, sea por esta o por otra razón (por ejemplo, la cancelación y el nuevo fracaso de Shenmue Online), creativamente hablando, Yu Suzuki nunca ha vuelto a ser el mismo. El talento creativo, el carisma minimalista y la bendita anacronía de su obra se topó con la incomprensión de un público que con cierta estupefacción y asombro, intentaba definirla en lugar de consumirla. Con el gigantesco pad de Dreamcast en la mano muchos se preguntaron, con perplejidad, a qué diablos estaban jugando.

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