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Pequeños detalles: The Red Strings Club

Can I borrow a feeling?

"Pequeños detalles" es una serie de artículos dedicados a analizar los elementos individuales, filosofías de diseño y demás aspectos que marcan a videojuegos concretos.

Este 2018 se cumplirá el undécimo aniversario de aquél post en el que Clint Hocking escribió: "Bioshock parece sufrir una poderosa disonancia entre lo que es como juego y lo que es como historia". Había nacido la disonancia ludonarrativa; en palabras del propio Hocking, el título de Ken Levine impulsaba una ideología objetivista a través de sus mecánicas ya que consumir Little Sisters era, valga la redundancia, objetivamente una mejor inversión que rescatarlas. Sin embargo, la historia forzaba al jugador a oponerse a esa misma filosofía randiana, y aunque existiera la opción de elegir el beneficio ajeno con las Little Sisters, no estaba ahí con la historia. "Cuando se revela que el motivo por el cuál el jugador ayuda a Atlas no es una restricción lúdica que aceptamos con gracia para disfrutar del juego sino una narrativa que se nos dicta, lo que una vez fuese perturbador se vuelve insultante", decía él. La disonancia ludonarrativa permea a tantos videojuegos que terminaríamos antes si contáramos sólo las excepciones; en Uncharted 4 pasan tanto de su existencia que, antes de cambiar para evitarla, la han convertido en un logro, así que estoy muy abierto a la posibilidad de que los idiotas seamos Hocking y yo, pero no me pagan para dar las cosas por sentado, así que hablemos de The Red Strings Club.

La nueva obra de Deconstructeam gira en torno a los sentimientos. Su trama principal retrata los intentos de la resistencia en una distopía cyberpunk por evitar que una tecnología diseñada para suprimir emociones llegue al mercado y convierta a la población en dóciles borregos. Algunas de sus conversaciones sobre la fuerza de sentir una profunda depresión y si eso es bueno o malo para la sociedad, la Humanidad, el individuo, tienen la carga para generar debates tan intensos como interesantes, y sin embargo es la manera en que el jugador avanza lo que me escama, porque no tomamos las armas ni nos infiltramos en ninguna parte sino que, para conseguir la información que necesitamos, servimos cócteles para que nuestro interlocutor se sienta exactamente como queremos.

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Al principio grité "lobo" sin pensar mucho en lo que estaba diciendo. Era joven, inocente y todavía no había completado la historia, así que ubiqué esa disonancia en la hipocresía de estar manipulando las emociones de los demás al mismo tiempo que intentaba frenar el desarrollo del susodicho dispositivo. Tonto de mí, Red Strings Club es consciente de lo que está pasando y acaba acusando al jugador de esa misma hipocresía que, pensaba, no sabría ver. Ahora comprendo que no era cuestión del "qué" sino el "cómo", porque en base a cómo funciona está claro que Red Strings Club ya ha tomado una decisión sobre qué piensa y qué deberías pensar, porque la emoción no es sólo el eje narrativo sino la moneda de cambio; tus parroquianos no son colegas sino bocas que debes hacer hablar.

En 2016 analicé en esta casa el estupendísimo VA-11 Hall-A, en el que también tomabas el papel de una barman que servía bebidas a las gargantas secas de una megápolis distópica. Esa era una obra sobre las historias individuales de cada persona y la magia de sus idiosincrasias, y servir bebidas era cuestión de conocer a tu cliente y lo que necesitaba en ese momento. Estabas ahí para servir, así que si alguien venía y te pedía una bebida para que se sintieran mejor, te correspondía haber escuchado a esa persona para saber cuál era su cóctel favorito. Era un juego cuyo mejor final se obtenía ateniendo a los detalles que uno jamás pensaría que van a caer en un examen. The Red Strings Club funciona de forma más mecánica, porque la gente no parece acudir al bar homónimo en busca de alguien que escuche sus penas sino porque los lazos rojos del destino les han llevado ahí o directamente tienen algo importante que hablar con su regente, y el puzle se resuelve sabiendo qué emoción debes causar a una persona para que responda lo que necesitas. No eres un barman, eres un bróker de información.

El problema, entonces, llega de esa misma economía del sentimiento, porque The Red Strings Club ve la emoción como una vulnerabilidad. Cada vez que un personaje se ve llevado al límite, sea por las circunstancias que sean, nos corresponde suprimirles para que las cosas no vayan a peor, y es gracias a las grietas que se abren con la melancolía, la paranoia o la tristeza que somos capaces de recabar información y contribuir a la lucha contra el sistema. En un mundo de robots, The Red Strings Club no sería posible, pero quizá sería mejor así porque no estaríamos nosotros para manipularles e interrumpirles, poner sus vidas o sus trabajos en peligro y trastear como nos diera la gana aprovechando que ahora están eufóricos o en su hora más oscura. El final del juego, para más inri, es una secuencia de hackeo que se resuelve no con código sino a través del social engineering, fingiendo ser la persona adecuada en las circunstancias adecuadas, que vaya por dios, se me ha olvidado esta contraseña y necesito entregar el trabajo para mañana ¿no te importaría enviármela?

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The Red Strings Club habla sobre el valor de las emociones, pero se expresa criticándolas. No buscamos compenetración ni compañía y los clientes nos visitan una sola vez y con un solo propósito: revelar un nuevo pedacito de información sobre aquello que debemos detener. Sus vidas no importan, su situación no importa. Si tenemos que aniquilar sus sentimientos para que hablen sobre cómo esta tecnología va a llegar al mercado, haremos que lloren hasta que se queden sin lágrimas. Si es miedo lo que deben sentir, así será. Jugamos con estos individuos como si fueran marionetas y, cuando se van, un robot nos examina para ver si hemos prestado atención. Si acertamos siete preguntas de diez, conseguimos una píldora que causa amnesia. Si lo hacemos bien, desbloqueamos un torturador para aflojar las tuercas de algún desgraciado. La misma fría distancia que existía en Gods Will be Watching no se ha ido a ninguna parte; cada vez que un individuo se revela como humano, es una oportunidad para que le controlemos. No es la hipocresía de manipular mientras intentamos evitar la manipulación; es la noción de estar defendiendo algo que queremos no por el bien común, sino porque es la base de nuestro trabajo, saber que defendemos al individuo al mismo tiempo que cosificamos a todos los que se pasan por nuestra barra. Somos vampiros de la emoción. Si la gente no llorase, sin anhelos, sin miedo, no seríamos capaces de nada, y entonces nuestra existencia no tendría sentido. Nosotros, jugadores, podemos opinar lo que nos venga en gana, pero The Red Strings Club asiente en silencio cada vez que la distopía habla.

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