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Pequeños detalles: GTA V

Duele.

"Pequeños detalles" es una serie de artículos dedicados a analizar los elementos individuales, filosofías de diseño y demás aspectos que marcan a videojuegos concretos.

Rorschach es un grandísimo personaje. La voz que abre y cierra Watchmen es la de un individuo inquietante, casi magnético, un titán que, incluso cuando es capturado, sigue estando en control de la situación. Sus frases son citas en tuits fijados, posters y cabeceras, y su traje es un icono. Es de los personajes favoritos de Watchmen.

Y es un sociópata.

Y un fascista.

Y también tiene su punto de misoginia. El pack completo.

Pero quién lo diría viendo la reacción de la audiencia, el amor sincero hacia este personaje y, cómo no, la ocasional paráfrasis para dar vida a sus ideas, casi siempre desde la admiración. Una búsqueda rápida revela un artículo titulado "las 51 mejores frases de Rorschach". "Nunca abandones tus principios, ni siquiera en presencia del Apocalipsis" rezaba en el Twitter de Daniel Vávra, director creativo de Warhorse Studios; una frase valiente hasta que se entiende que forma parte de la actitud enfermizamente obsesiva y maniquea, de blanquísimo o negro alquitrán, de este personaje. La película de Zack Snyder cierra el trato convirtiéndole en un ídolo. Qué bien queda cuando dice aquello de "no estoy encerrado aquí con vosotros. Vosotros estáis encerrados conmigo".

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No quiero venir aquí a echar la culpa a nadie porque yo de primeras también vi a este sujeto singular y pensé que no estaba nada mal con todo aquello que decía. La idea que tenemos del héroe hace que no nos lo planteemos mucho cuando decide prender fuego a una casa con un hombre dentro porque ese hombre es un criminal y Rorschach acaba de ver algo demasiado horrible como para que la justicia pueda castigarlo debidamente. Cuando, al principio de la historia, agarra a un hombre por la mano y le hace apretar un vaso hasta romperlo, lo interpretamos como que él es así, un bruto, y al fin y al cabo está buscando información. El que tirase a un tipo que quería ser villano por el hueco del ascensor es una anécdota graciosa. De nuevo, lo entiendo; estamos acostumbrados y para verlo así hay que contemplar Watchmen desde la perspectiva enfermiza y no de lo edgy. Todas esas escenas que deberían hacer saltar las alarmas las hemos visto antes en otra parte y no han sido para llamar la atención sobre nada cuestionable. Si vas en piloto automático, Rorschach no es más que los demás en lo que a violencia se refiere.

Entonces llega Trevor. Pondré la mano sobre el fuego y diré que es el personaje favorito de la mayoría cuando se habla de Grand Theft Auto V, y por supuesto: es hiperactivo, dinámico, su bipolaridad le hace impredecible y sabe tener su ocasional momento cómico. Pero está ido de la cabeza y eso no hace tanta gracia. O no debería. La toma de contacto con Trevor es dura; le vemos partir la cara, literalmente, a un Johnny Klebitz borracho. Un tipo patético con un final triste e innoble, pero no sería la primera vez que una obra nos presentase a alguien así mientras nos pide que riamos. No habrá psicópatas en la ficción como para que de pronto esto marque un alto en el camino. Trevor está loco, sí, pero sabe divertirnos con sus salidas y sus cadáveres en la nevera y la vida es feliz.

Hasta que llega la escena de la tortura.

Desde que salió Grand Theft Auto V, ya gustase o no, un punto común allá donde fueras es que la escena en la que Trevor tortura a un ciudadano inocente bajo órdenes de un trasunto del FBI es increíblemente desagradable. Y por eso es tan genial. Para los legos, esta es una misión en la que el FBI busca asesinar a un hombre sospechoso de estar en contacto con organizaciones terroristas, y la única forma de saber quién es pasa por torturar a un tipo sin apenas relación con él y que sabe tanto sobre su vida como yo de exoplanetas. Ferdinand Kerminov, que así se llama el pobre diablo, está dispuesto a hablar desde el principio, pero los agentes del FBI, tan adorables como siempre, optan por no creerle y ordenan a Trevor que le saque la información por la fuerza.

Y nosotros controlamos a Trevor.

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Es una escena realmente dura porque, a pesar de manejar al torturador, es más fácil entrar en la piel del torturado, y somos de todo menos amables con él. Cuando ha terminado la sesión, apenas queda nada de Kerminov, y por el camino es probable que haya perdido el conocimiento y le hayamos forzado a seguir junto a nosotros con una inyección de adrenalina puesta al tuntún. Lo peor de todo no es lo explícito de la escena ni el dolor de nuestra víctima sino la nula capacidad crítica de Trevor; él, que generalmente odia perder el control de la situación y gusta de ser quien da las órdenes y no al revés, pasa de una herramienta a otra sin rechistar e incluso se mete en el papel . No hay opción de darse media vuelta o de dar un paseo antes de seguir con la sesión: te dicen que sigas y automáticamente ya estás en la mesa, pensando cuál será tu nuevo utensilio. Y así sigues cuatro veces.

Me encanta que la gente se vea tan desagradada con un momento así porque significa que consigue lo que busca y es así porque controlamos cada golpe y cada herramienta. Los personajes violentos son algo tan habitual en la ficción que uno acaba perdiendo la sensibilidad. El Dictador incluso hace un chiste con la tortura. Es algo que tienes que saber hacer para que desagrade desde un medio pasivo. Pero al ser nosotros quienes hacemos el waterboarding, nos sentimos sucios, y al ver el rostro neutro o incluso animado de Trevor, nos preguntamos si este tipo realmente es tan majo como habíamos pensado en un principio.

La misión cierra con Trevor abandonando a Kerminov en un aeropuerto, diciéndole que no le queda otra salvo empezar una nueva vida, y nosotros no podemos volver a contemplar a ese personaje con la misma lente. Todos esos gags ahora son crímenes y Trevor es desagradable. Es un psicópata y no deberíamos apoyarle. A la gente le encantará, no lo dudo, y su actitud laissez faire seguro que es la envidia de más de uno al que le gustaría ser libre como el ave que salió de su prisión y puede al fin volar, pero esta escena ha ocurrido. El mensaje está claro y, si desde aquí optamos por seguir viendo a Trevor como un tipo gracioso al que de vez en cuando se le va la pinza, la culpa es nuestra. Hemos estado ahí. Hemos manejado cada herramienta y Trevor no ha parpadeado. Es un hombre peligroso. Es una escena desagradable. Y ojalá hubiera más momentos así.

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