Indiana Jones y el Cetro de los Reyes

Látigo, sombrero y tropiezos.

Hay pocas cosas en esta vida menos misteriosas que el inmenso éxito de Indiana Jones como icono de la cultura popular: es un tipo aparentemente corriente pero bajo cuya imagen de aburrido universitario se descubre un perfil carismático y lleno de fuerza. Un correcto profesor de arqueología que, sin embargo, lo mismo te cita un manuscrito del siglo IV a. de C. que te salva de una muerte segura en un avión que se va a estrellar o le da una mano de sopapos a media docena de nazis en un bar, peleando sucio y ligándose a la chica, mientras las mujeres suspiran por su machuna barba de tres días, los hombres por su elegancia clásica y su personalidad magnética y los niños de todas las edades por participar en alguna de sus aventuras, que siempre comienzan como meras anécdotas pero que terminan por involucrarle en historias antiguas, poderosas y míticas.

Apostar por Indy es apostar a caballo ganador, es hacer la quiniela del domingo con el periódico del lunes en la mano: ganar es tan fácil que parece que se está haciendo trampa. Algo, pues, ha tenido que salir rematadamente mal para que Indiana Jones y el Cetro de los Reyes (Wii), partiendo del prometedor encaje entre las peculiaridades del personaje y las posibilidades del control de Wii –difícilmente se podría uno imaginar, a priori, mejor dispositivo- resulte una experiencia tan profundamente frustrante e insatisfactoria. ¿Cómo ha podido acabar un maridaje ideal como éste redundando en un resultado tan irregular?

Tal infortunio ha requerido, sin duda, de la concurrencia de varias decisiones cuestionables tanto en términos de diseño como en su medida puramente técnica. Indiana Jones y el Cetro de los Reyes nos planta en la ya prototípica situación de ir a ver qué ha pasado con un conocido de Indy que investigaba acerca de un objeto legendario (pronto descubriremos que se trata del cetro de Moisés, nada más y nada menos). Casualidades de la vida, Magnus Völler –nuestra némesis en el juego- también aspira a hacerse con el bíblico bastón para mayor gloria de su fama y poder del ejército nazi: estamos en 1939, la Segunda Guerra Mundial va a comenzar y todo el mundo quiere su parte de antiguas y poderosas reliquias judeo-cristianas con las que acudir a la batalla. Obviemos por un momento el inequívoco recuerdo que este argumento trae a nuestras memorias y, antes de lamentar la falta de originalidad de la trama, asumamos que se trata sólo de una excusa para permitirnos encarnar a Indy una vez más.

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Cualquier treta para acabar con un nazi es bienvenida.

Como debe ser, nuestra aventura nos llevará a los más exóticos y variados parajes, desde el comienzo del juego en Sudán y San Francisco, hasta el final en Nepal, pasando por Panamá o Estambul. Por el camino iremos pateando dos tipos de traseros: se tratará de culos nazis o de mafiosos culos chinos. Aun a pesar de la alarmante genericidad de los enemigos, sí hay algo digno de alabar (y quisiera llamar la atención sobre esto) en cómo se plantean los enfrentamientos cuerpo a cuerpo en el juego: son peleas en las que siempre estaremos en inferioridad numérica y que sólo podremos ganar a base de pelear todo lo sucia y descortésmente que podamos, en la mejor tradición jonesiana. Habrá que usar el látigo para desarmar a los oponentes, habrá que esquivar golpes, habrá que arrojar botellas y sillas, habrá que tirar estanterías inestables…

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