God of War III

Saca la bestia que llevas dentro.

TOMA! TOMA! TOMA! TOMA! y RE-TOMAAAA!

Ups... Disculpad lectores, God of War es el único juego capaz de sacar la bestia que hay en mí. La última aventura de Kratos es la salvajada más grande que he visto desfilar por una pantalla en mucho tiempo. Su impacto es tal que horas después de dejar el mando los tambores de la destrucción siguen retronando en mi cerebro mientras la testosterona fluye desde mis muscolosos bíceps hasta los dedos que teclean esta reseña. No es baladí el hecho que este título suponga el cierre de una de las trilogías más importantes de los últimos años. Las dos anteriores entregas para PlayStation 2 están consideradas como juegos imprescindibles de la máquina, se podría decir incluso que la segunda parte significó para muchos la gran despedida de aquella consola y demostró hasta donde podía llegar a nivel técnico. En Sony Santa Monica sabían que se jugaban mucho con este juego.

Como ya pasaba con los dos anteriores, God of War III sigue siendo puro músculo en todos los sentidos más allá de lo meramente obvio de su protagonista. Como juego de acción es una delicia no por lo refinado de su mecánica sino por la contundencia de sus golpes y lo rápido que conecta con el jugador. Y como espectáculo visual, de tan recargado y visceral que es a veces sonroja, pero al final siempre resulta ser tremendamente divertido.

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La una (el espectáculo) se debe a la otra (el control) y a la inversa, y nunca –repetimos– nunca van separadas. La mecánica de combate que nos permite masacrar a dioses no puede separarse del espectáculo que es ver a un dios siendo masacrado. Forman parte de un todo, cuyos ejemplos son una constante durante las 12 horas que dura aproximadamente el juego. Repasemos unos cuantos: abrirse paso entre las filas de un ejército de las tinieblas mientras combatimos sobre un titán que a su vez está escalando el Monte Olímpo, danzar en círculos mientras desmembramos a hordas de enemigos, practicar la amputación craneal –por decir alguna de tantas– a un monstruo del averno al que no le hemos caído bien, surcar el cielo a toda velocidad con las alas de Ícaro, ir a tomar café caliente con Afrodita y las concubinas de Poseidón... Lo dicho espectáculo y poder.

Sin embargo, antes de continuar explicándoos porque deberías dejar de leer este artículo ya mismo para salir pitando hacia la tienda, quizás convenga refrescar un poco la memoria para los poco memoriosos y los pobrecillos que no pudieron jugar a las dos entregas anteriores o a la también fantástica entrega para PSP. El tema es que argumentalmente God of War III empieza justo donde lo dejó la segunda entrega, es decir, con Kratos escalando el Monte Olimpo a lomos de los titanes. Su objetivo es bien claro, vengarse de todo lo que le han hecho los dioses griegos encabezados por Zeus, por haberlo utilizado y por haber destrozado su vida y la de su familia. El caso es que aparte de unas bellísimas cinemáticas realizadas como si de un antiguo friso griego se tratase y donde se nos explica la historia, el juego tampoco pierde mucho el tiempo en estos quehaceres narrativos. En breves instantes nos encontramos en el campo de batalla con nuestra espadas sedientas de sangre.

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Sinceramente, no creo que esta tercera entrega sea importante por lo que pueda cerrar a nivel argumental, al fin y al cabo podríamos resumir la chorrada de argumento de toda la saga en un escueto 'Yo desayuno dioses griegos... y ahora tengo hambre'; y es que la auténtica razón de ser de esta tercera parte es precisamente incidir en esa doble idea que comentábamos antes: la dualidad espectáculo/acción directa. Ante todo estamos frente al mismo concepto de blockbuster explosivo aplicado al mundo del ocio electrónico, y que se presenta ante nuestros ojos como uno de los mejores exponentes de esa tendencia por la que en un futuro será famosa la presente generación de consolas: la acción guionizada.

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