"Nos atrajo la historia y la mitología de Europa por su profundidad y drama", decía el director de esta entrega, Hiroyuki Itou; y esto es algo que se notaba sobre todo en las divertidas charlas que mantenían estos personajes mientras iban de un lugar a otro del mundo de Gaia. En muchos momentos la gran influencia de las tragedias shakespereanas y de las leyendas nórdicas se dejaban notar bajo un tono humorístico. En este sentido la traducción que se hizo al castellano fue brillante y reflejaba a la perfección las distintas personalidades a través de la forma de hablar característica de cada personaje.
Lástima que a nivel argumental no fuera el novamás ya que su historia era típica a más no poder, quizás por su vocación de querer ser una especie de "reflexión" acerca de las antiguas entregas, como comentó el gran Hironobu Sakaguchi, el padre de la saga. Lástima también que el villano de la historia acabara siendo un gran fail, una especie de reciclado biónico que fusionaba a todos los malotes de los anteriores juegos. Suerte, eso sí, que el virtuosismo del mundo y de los personajes se encargó de salvar la papeleta.
Cambiando de tema, a nivel jugable FFIX se mostró como una entrega muy sólida. Los combates por turnos se desarrollaban de forma clásica pero como en las primeras entregas se nos permitía formar una party de hasta cuatro personajes. A diferencia de la entrega precedente cada personaje tiene unas habilidades propias que no son compartidas, y al mismo tiempo al equiparnos una arma adquirimos nuevos poderes a medida que acumulamos puntos de experiencia. Por su parte, el sistema de profesiones nos permite especializar a los personajes en la magia, el hurto, el ataque físico, la sanación, etc.
Esta estructura de juego funcionaba y sigue funcionando de forma formidable y la curva de dificultad está ajustada para que todo el rato los combates resulten activos y emocionantes. Los únicos puntos negativos los encontramos en lo repetidos que pueden resultar algunos combates en determinadas zonas y, sobre todo, en las decepcionantes invocaciones si las comparábamos con las de la FFVIII.
Mención aparte merece la banda sonora con cerca de 150 temas compuestos por el maestro Nobuo Uematsu, el compositor clásico de la saga en el último Final Fantasy cuya música estaba hecha por una sola persona. Acompaña perfectamente la acción en todo momento y tiene ese toque medieval que le da un toque muy especial. Las partes orquestales que escuchamos en las geniales escenas renderizadas (tan de moda en aquella época) y que se encargó de recoger una banda sonora adicional son tan épicas que os pondrán la piel de gallina.
Como habréis podido comprobar mi admiración por este Final Fantasy IX queda patente en esta reseña, y es que no puedo juzgar este título desde una óptica más alejada como exigen algunas estúpidas convenciones. Para mi FFIX es –con diferencia– la mejor entrega de la saga. Soy consciente de que no es la más popular, de hecho vendió bastante menos que VII, VIII y X. Por salir en los últimos días de PSX no gozó de tanto éxito como merecía (igual que FXII con respecto a PS2) pero también es cierto que este es un estigma que suele bendecir a muchas de las obras maestras.
Si en su momento os encantó y queréis volver a jugarlo os recomiendo encarecidamente que le deis una oportunidad. Recordad, eso sí, que no ha cambiado nada y que la bajísima resolución gráfica os echará para atrás de buen principio. Asimismo, si nunca lo probasteis pero os pica la curiosidad os aviso que os puede parecer duro, porque como decíamos al principio, los tiempos han cambiado y la forma de explicarnos historias que tiene este medio ha evolucionado –todo sea dicho, para mejor. Igualmente, lo que queda en Final Fantasy IX tras una década de mejoras es un juego que sigue manteniendo intacta su magia.
9 / 10
