Cursed Mountain

Al filo de lo imposible.

He de reconocer que la primera vez que me puse con Cursed Mountain era más supersticioso que un sherpa ante un clima adverso, el juego no me daba buena espina. Cierto que su planteamiento parecía interesante, pero... ¿cuántos planteamientos chulos hemos visto en Wii y que al final han resultado ser un chasco? Ahora bien, a 7.200 metros de altura respecto al nivel del mar las cosas se ven muy diferentes... Y no, no os penséis que acabamos de abrir unas oficinas en el Himalaya para poder analizar juegos durante este caluroso verano. Ésta es la altura hasta la que su protagonista Eric Simmons deberá escalar para averiguar donde narices se ha escondido su hermano. El resto, unos toques de religión, espíritus malignos y un frío que pela.

Sin convertir este análisis en una metáfora apasionada sobre la lucha del hombre contra la naturaleza y esas cosas, he de decir que lo que más me ha gustado de este juego es lo particular de su ambientación montañesa y cómo sus creadores han conseguido trasladar ese llamado “mal de altura” a un lenguaje como el de los videojuegos. Y es que hasta donde alcanza mi limitado conocimiento del tema y dejando de lado su argumento de peli de terror, Cursed Mountain es seguramente la aproximación más lograda que se ha hecho de la escalada hasta la fecha en un juego. No por su realismo ni por contar con el asesoramiento de expertos, sino por el simple hecho de que el objetivo final de no deja de ser el de coronar la cima, y es por eso mismo que más de una vez echaremos mano de la visión en primera persona para ver “lo que nos queda”. Es esa sensación de encontrarnos cada vez a más altura y más cerca de nuestra meta lo que hace especial a este juego creado conjuntamente por el estudio australiano Sproing Interactive y Deep Silver Viena.

El jugador asume el papel del tal Eric Simmons, un experto escalador que viaja hasta el Tibet en busca de su hermano Frank, que también es escalador pero del que no ha vuelto a saberse nada desde que partiera en busca de un artefacto sagrado escondido en lo alto del monte Chomolonzo. A partir de aquí se desarrolla una historia en la que intervienen otros personajes como el jefe de la expedición Edward Bennet, una yogui que vive alejada de la población y algún que otro más que aparecerá a medida que avance el argumento. Lo que no podemos decir es que haya muchos personajes con los que relacionarnos, ya que al fin y al cabo sus creadores han explicado que con este título querían transmitir la sensación de encontrarnos solos y en un entorno hostil. Es por todo esto que Cursed Mountain es un juego claramente introspectivo y en el que la mayoría de diálogos que escucharemos provienen de los propios pensamientos de nuestro protagonista; y cuya evolución, por cierto, es más que destacable.

Gameplay de Cursed Mountain, para que os hagáis una idea de lo que encontraréis.

Son los documentos que vamos encontrando a lo largo de la aventura a lo Resident Evil la forma más directa que tenemos de profundizar en la historia y al mismo tiempo los que se encargan de dejar testimonio de la locura que se ha vivido en la zona. Y es que por el hecho de que Cursed Mountain está pensado claramente como juego de terror, como tal tiene su correspondiente amenaza. No obstante, en esta ocasión el horror no está personificado por zombis ni por criaturas de una galaxia muy lejana sino por los fantasmas de los habitantes de los que se encontraban en el Tibet y que han muerto fruto de un poder maligno. Es por esta vía que se introducen todo tipo de apuntes relacionados con el folklore tibetano, el budismo más oscuro que os podáis imaginar o esas supersticiones inherentes en muchas de las creencias más antiguas. Elementos que a priori podrían dar para muchos sustos pero que a la práctica se traducen en uno de los survival horror que menos miedo dan de cuantos he probado. Esto, sin embargo, no es malo.

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