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Análisis de Brain Training Infernal del Dr. Kawashima

¿Buscas problemas?

Como su propio nombre indica, Brain Training Infernal es implacable, pero también una simple relectura de un guión que teme evolucionar.

Brain Training, pese a comercializarse en formato cartucho y a correr sobre consolas portátiles, no es un videojuego. Nunca lo ha sido, ni en sus encarnaciones más terrenales ni en esta, forjada en las calderas del maligno, y creo que es importante aclararlo antes de comenzar. Puede convertirse en uno si el jugador así lo desea porque también puede organizarse un juego alrededor de poner la mesa, y quien quiera ver aquí una colección de sudokus caros con los que matar el tiempo de camino al trabajo sin duda quedará satisfecho. Sin embargo, si atendemos a esa definición tradicional que delimita el acto de jugar como todo aquel que se realiza sin afán productivo (Bob Black, por ejemplo, citaba aquí el baile, el sexo o la conversación, y relacionaba el juego con el hecho de dar, de regalar, porque ambos comparten un similar desdén por los resultados), rápidamente pinchamos en hueso. Brain Training puede ser un pasatiempo, una distracción, un crucigrama, pero no es esa su verdadera intención. Brain Training, con todas sus gráficas de progreso y sus sellos marcando el ritmo del calendario, es una obligación. Y debe serlo, al menos si queremos que funcione.

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Es algo de lo que te das cuenta rápido, cuando apenas llevas dos o tres días acudiendo religiosamente a tu cita con el ímpetu de quien acaba de apuntarse al gimnasio. Es una luna de miel, como todas, rebosante de entrega y buenas intenciones, una en la que agotas religiosamente todas las pruebas disponibles (son pocas en un principio) y en la que las recompensas en forma de nuevos ejercicios, noticieros chuscos o seminarios llegan con regularidad. Durante estos últimos, nuestra cabeza poligonal favorita diserta durante interminables minutos acerca de la memoria de trabajo, del poder de la concentración y de los beneficios que un ejercicio continuado tiene sobre los tejidos del neocortex prefrontal, y la reacción es siempre la misma: qué me está usted contando, señor Kawashima. Quién se va a creer a estas alturas de la vida que sentarse a hacer sumas y a mover cajitas durante cinco minutos diarios va a ayudarme a sacarme una oposición o a centrar mejor desde la banda; quién se va a creer, a día de hoy, que el esfuerzo da resultados. Y entonces decides volver a arrancar la aplicación de cálculo infernal, y comienzan a suceder cosas.

Prefiero comenzar con ella porque, de entre todas las pruebas disponibles, creo que es la mejor cristaliza el ideario de esta nueva entrega, por ejecución y por resultado. Primero, por lo infernal: puede que los cuernos que le crecen al doctor parezcan de pega, pero lo que viene después se parece mucho al calvario. En la pantalla superior aparece una operación sencilla, un siete mas nueve o un ocho por tres, pero la inferior permanece inactiva. Entonces aparece una segunda cuenta, y el juego nos da vía libre para introducir el resultado de la primera. Es lo que el juego llama "uno antes", una modalidad de cálculo retardado que nos exige funcionar como lo haría una computadora, manteniendo algo parecido a un buffer de memoria para depositar los datos y entregarlos siempre un paso más tarde, mientras las operaciones no dejan de sucederse en pantalla. Es una idea sobre la que el juego no tarda en iterar, sustituyendo en otros ejercicios las operaciones por formas abstractas o sucesiones de cubos y atacando diferentes áreas de la percepción, pero la constancia produce un resultado invariable: repentinamente algo hace click, y lo que ayer era una tarea sobrehumana hoy se convierte en algo trivial, en una sucesión de resultados perfectos que nos abren las puertas a un siguiente nivel. Entonces llega el dos antes, el tres antes, y un nuevo muro de hormigón: es imposible mantener en la cabeza el resultado de tres operaciones consecutivas mientras prestas atención a una cuarta y recuerdas donde ponerlo todo. O al menos lo será hasta mañana.

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La estructura de las pruebas es inflexible, y no basta con sobrevivir una vez. Al menos así es dentro de Práctica Infernal, la modalidad estrella del paquete y el verdadero campo de pruebas que le da sentido a la experiencia. Fuera de ella, el juego ofrece diversos test de apoyo que permiten calentar los músculos de manera más relajada, picoteando entre diversos minijuegos (un puzle de control de zonas o una especie de solitario organizado en colores, por ejemplo) o ejercicios libres que abundan en los esquemas clásicos de la serie: más operaciones matemáticas, más ejercicios de memorización basados en texto, e incluso una especie de beat 'em up que sustituye a los yonkis y las prostitutas por ecuaciones de tendencias violentas. Dentro, sin embargo, la cosa se pone seria: una vez seleccionado un ejercicio el doctor inicia una cuenta de cinco minutos, y deberemos enfrentarnos a él una y otra vez ganando o perdiendo niveles a tenor de los resultados. Y en ocasiones, creedme, es tentador fallar: un porcentaje de acierto elevado nos catapulta a un nuevo escalón de dificultad, y enfrentarse a un "cuatro antes rápido" en semejantes condiciones de extenuación mental puede tumbar a cualquiera. Como decía Juanito, cinco minuti en el Bernabéu son molto longos.

Pese a su aspecto afable y a su milenaria sabiduría oriental, no pasa mucho tiempo hasta que comenzamos a ver al doctor como a una versión poligonal del sargento de hierro, y en esa película está claro que nosotros somos el recluta patoso. Por eso es una suerte que sepa cuando parar, porque como todos los entrenamientos de alto rendimiento Brain Training Infernal está pensado para ráfagas cortas, y raramente exige de nosotros más de esos cinco minutos diarios. Participar en una sola de sus pruebas "oficiales" cada día ya nos permite subir rango y dejar la estampa en el calendario, y si el nivel actual se nos resiste siempre podemos cambiar de ejercicio e intentarlo hoy con la memorización de cartas, con la caza del ratón o con su versión sadomasoquista de los trileros. También podemos optar por testar nuestras capacidades con la prueba de concentración, un "dos antes" basado en cubos que solo podremos realizar una vez al día y que elimina la cuenta atrás para comprobar cuanto tiempo somos capaces de mantenernos en trance.

Brain Training Infernal sigue siendo inspirador, aunque también plantea dudas: por qué un juego tan centrado en competir contra uno mismo para mejorar se muestra tan reticente a tocar los cimientos que establecieron sus predecesores.

Con eso y algún que otro paseo por sus modalidades más relajantes podemos acostarnos con la satisfacción del deber cumplido, y en general Brain Training Infernal, aunque exigente, es respetuoso con nuestro tiempo. Y digo en general porque, por desgracia, sus altos requerimientos intelectuales vuelven a chocar de frente con una inexplicable tendencia a sobre explicarlo todo, y escuchar al doctor detallar el funcionamiento de cada prueba o interrumpir el flujo de una sesión infernal para volver a desmenuzar con todo lujo de detalles por qué hemos subido de nivel crispa los nervios del más pintado. Afortunadamente sigue existiendo la posibilidad de escuchar sus peroratas en avance rápido, pero aun así, e independientemente de la edad del jugador, es duro superar una ronda avanzada de "formas infernales" y que te sigan tratando como a un estúpido.

No es lo único que falla, y en el apartado del debe tampoco estaría de más apuntar un reconocimiento de escritura que impresiona a nivel tecnológico pero confía demasiado ciegamente en sus propias posibilidades. Si escribes algunos caracteres concretos de determinada manera vas a tener problemas, y no es raro ver como un ejercicio se va al traste porque el juego exige una tilde y no sabe reconocerla como es debido. Probablemente se trate de un detalle menor, pero es de los que hacen daño cuando la cosa se vuelve competitiva. Es difícil que no suceda, y por eso Brain Training Infernal sigue siendo inspirador, aunque también plantea dudas: la primera que se me ocurre es por qué un juego tan centrado en competir contra uno mismo para mejorar se muestra tan reticente a tocar los cimientos que establecieron sus predecesores.

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