Little Inferno

Jugando con fuego.

Little Inferno es un ente extraño. Un producto puede que difícil de digerir, que a simple vista no deja nada claro hacia qué público va dirigido, y fácilmente se presta a un amplio número de elucubraciones. Esta suerte de simulador de chimenea tiene reglas, aunque podemos pasarlas fácilmente por alto sin penalización alguna. En ciertos momentos sentimos algo bastante cercano a una sensación de victoria, pero aquí es imposible perder.

La creación de Tomorrow Corporation (resultado de la unión de algunos talentosos miembros de 2D Boy y EA Tiburon, otrora responsables de World of Goo y Henry Hastworth, respectivamente) posee algunas de las cualidades básicas que se le exigen a un videojuego, pero lo único que hacemos en él es arrastrar objetos inanimados por la pantalla. Una aparente historieta subyace en alguna parte, sin embargo, solo obtenemos migajas muy de vez en cuando. Por tanto, ¿qué es lo que importa aquí? ¿Por qué perder nuestro tiempo con algo así? Sinceramente, no lo sé. Quizá sea porque Little Inferno está hecho para no importar. O también para hacer olvidar todo aquello que debería centrar nuestra atención al tiempo que se burla de esta sociedad de consumo en la que vivimos mientras nos observa desde el otro lado del monitor, completamente ensimismados por su extraño atractivo, lanzando objeto tras objeto por la única satisfacción de admirar como son pasto de las llamas.

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En realidad, tras esta actividad repetitiva e improductiva se esconde un hermoso cuento interactivo de impredecible e inolvidable final. En efecto, Little Inferno trata de hacer arder cosas. Cuantas más mejor. Cuando lo hacemos, se nos premia con dinero para adquirir más productos con los que alimentar nuestra pasividad. Pero éste también nos invita a ser creativos, a jugar con una serie de complementos para conseguir combos con los que multiplicar las ganancias, lo que de paso dará lugar a un nuevo y flamante catálogo con el que seguir quemando dinero alegremente. Cada uno de estos catálogos ofrece una docena de artículos completamente inútiles que recibimos en un paquete. La llegada de cada uno de ellos se representa con un contador que aumenta según el precio de coste, aunque podemos conseguir sellos para disminuir su tardanza. De este modo, se nos recuerda una y otra vez el tiempo que perdemos ante nuestra chimenea virtual, pero nos da lo mismo, sólo esperamos ansiosos a que el siguiente pedido sea entregado para a los pocos segundos lanzarlo a nuestra fuente de calor, y vuelta a empezar.

Para echarnos una mano con esas extravagantes combinaciones disponemos de un listado donde encontramos hasta cien sutiles descripciones de las mismas, dejando de este modo a la capacidad de deducción del jugador su composición exacta. Y lo cierto es que lo que a priori puede resultar de lo más absurdo, acaba por convertirse en todo un propósito que nos hace estrujarnos los sesos en más de una ocasión por culpa de los geniales juegos de palabras. La mezcla de objetos concretos, además de otorgarnos una cuantiosa cantidad de monedas, también nos da acceso, previo pago, al siguiente catálogo, y así hasta completar todos de cuantos se nos ofrecen para poder proseguir en la historia, una historia que vamos desgranando muy poco a poco a través de las diversas cartas que recibiremos de los pintorescos personajes que se dan cita en este extraño mundo. Con todo, la mecánica es bien sencilla: clicamos con el ratón para abrir la caja, tomamos el contenido y lo arrastramos hacia la chimenea. Al dejar pulsado el botón izquierdo se crea una pequeña llama que al contacto con el objeto en cuestión responde según su tipo de material, objetos que, una vez apilados, directamente se ven afectados por un genial sistema de físicas, eclosionando unos con otros.

El hecho de vernos obligados a quemar más cosas sin descanso para proseguir con la narrativa incita a dejar volar la imaginación uniendo pedacitos de una bella fábula que muy poco a poco va cogiendo cuerpo. Además, para lograrlo, también se nos entregan algunos objetos especiales, regalos de esos personajillos, artículos únicos que por supuesto podremos lanzar al fuego o quizá queramos conservarlos por alguna extraña razón. En cualquier caso, nuestro inventario es más bien escaso, y aunque podemos estirarlo para colocar más paquetes sobre él, hay que plantearse hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el simple hecho de seguir calentitos.

Lo cachondo del asunto es que durante mis primeros compases todo lo comentado lo hacía sin darle demasiada importancia a nada. Quemaba y quemaba objetos sin pensar en otra cosa que ver como las llamas se alzaban ante mí, enloquecido por su excepcional diseño artístico y magistral banda sonora, amén de su enfoque unilateral de acciones repetitivas y absurdas. Un pequeño y gracioso pasatiempo con una atmósfera algo inquietante pero poco más. Lo que encontré tras sus cortinas ignífugas fue una creación difícilmente descriptible en su impacto y simpleza, la que se disfraza de producto de consumo infantiloide para llegar a un público adulto que quiere ser niño para volver a dejar de serlo. Y es que a veces podemos quemar todo cuanto tenemos: dinero, enseres y hasta nuestro propio tiempo, a fin de cuentas. Siempre es algo que se puede y cuesta poco recuperar, pero a su vez no somos conscientes de que hay días en los que por mucho frío que haga, nada reconforta más que un simple, cálido y acogedor abrazo.

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