Cultivando el paladar

El placer de rejugar.

Videojuegos. Últimamente, y para muchos, los videojuegos se han convertido en un mercado de la ansiedad, el objeto de un consumismo adictivo que se nutre del deseo de adquirir novedades en el minuto uno de su lanzamiento para engrosar una estantería, física o virtual, con aventuras que probablemente tardemos años en completar, o que no lleguemos a hacerlo nunca. Los autodenominados jugadores habituales, o hardcores, parece que hemos acatado esta dinámica, la hemos secundado y engrosado en la medida en que nuestros bolsillos nos lo han permitido, asumiendo nuestro protagonismo, nuestro papel activo dentro del cotarro. Sin embargo, el ritmo marcado es agotador, y consumir cada lanzamiento, participando de la correspondiente nube de opiniones, críticas y polémicas que le sucede, se convierte en un acto de depredación que a menudo poco tiene que ver con aquel sentimiento de simple disfrute que nos empujó a recibir la edad adulta con un mando en las manos bajo la mirada reprobatoria de gran parte de nuestro entorno.

Nótese que hablo de consumir, de devorar, términos que en ocasiones impregnan nuestra percepción de las cosas en este terreno, esa misma percepción que nos lleva a predecir, sin ir más lejos, la defunción de una máquina a los pocos meses de su nacimiento, o la misma que mueve a las compañías a asaetearnos con esos temibles DLC's de todo tipo y condición, para cualquier título, sea o no pertinente, sea o no susceptible de. Se trata de atiborrar el gaznate de un público que exige y rezonga, pero que sigue engullendo.

No pretendo, no obstante, dar un enfoque negativo o excesivamente crítico, máxime cuando soy la primera en caer presa del ansia ante la salida de determinados títulos, pero sí reflexionar sobre lo tremendamente agradable que resulta descolgarse de esta dinámica y dedicar nuestros ratos libres a revisitar experiencias pasadas.

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Rejugar es un placer. Todos los que jugamos habitualmente lo sabemos porque lo hacemos o lo hemos hecho puntualmente. Más allá de suponer un divertimento fiable, un ejercicio puramente autocomplaciente y recreativo, es un sincero homenaje a la verdadera naturaleza de nuestro vicio y nuestra lanza a favor de un pequeño puñado de títulos selectos que son los que, en el fondo, nos mantienen al pie de cañón de esa otra loca carrera de cata de caldos virtuales. Consumiendo, probando, contrastando, a ver si el siguiente, o quizá aquél otro que asoma, se convierta en uno de los grandes, en una de esas experiencias que de repente dan sentido a tantos años dedicados y a todo ese dinero invertido.

Existe además un proceso de aprendizaje subyacente el simple concepto de agarrar nuestro juego favorito y volverlo a jugar. El filtro de la nostalgia a veces enturbia, por lo que conviene sacudirle el polvo de vez en cuando. El nuevo prisma, tras haberse replegado y estirado como un catalejo a lo largo de los años, nos descubre una cantidad obscena de matices, presentes y pasados, que no vimos en su día o creíamos ya olvidados. Es entonces cuando se descubren las obras maestras, o tan solo aquellas pequeñas aventuras imperfectas que dejaron su huella en nuestro paladar, refinándolo y moldeándolo. Por ello, es importante cuidarlo y cultivarlo, de vez en cuando, entre tanto hábito indigesto.

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