Retroanálisis: Rome AD 92

Puro carisma.

Si algo nos ha enseñado la Historia, es que cualquier cosa que hagan los italianos empezará muy bien pero acabará en completo desastre de la forma más ridícula. Y ahí están Mussolini, las Mamachicho o el Imperio Romano para dar fe.

Ah, la Roma Imperial. Fantástica época, llena de personajes apasionantes: emperadores, generales, filósofos, poetas… Pero entre tanta gloria y sandalia también existía lo más bajo de lo más bajo, los becarios de la época: los esclavos. Y como no podía ser de otra manera, en el juego de esta semana nosotros seremos Héctor, un esclavo en un trasunto de la Popeya romana. Pero Hector es ambicioso, y los Dioses le tienen reservado un papel importante en el juego de esta semana: Rome AD 92.

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Es muy curioso como se juega Rome AD 92. Inicialmente el juego no deja de ser una aventura gráfica. Una aventura con una interfaz rara, muy rara. Y es que el menú de la parte izquierda es bastante poco intuitivo en su manejo y lo que es aun más extraño: mientras seleccionamos una opción del menú, el juego sigue su curso.


Y esto no debiera ser un problema si no fuera porque los personajes del juego tienen su vida y se van moviendo por la pantalla, e incluso fuera de ésta, mientras nosotros nos peleamos con el ratón para seleccionar la opción de saludar para que el personaje se pare y poder hablar con él. El resultado es que muchas veces la gente se para cuando les saludamos, y en el tiempo que seleccionamos la pregunta que hacer, éstos se darán la vuelta y continuarán su camino, dejándonos con la palabra en la boca.

Sea como sea, y superado el esfuerzo de la interfaz, descubrimos un juego divertido, con mucho carisma y realmente agradable de avanzar.
Hector es un esclavo, un sirviente al servicio de un noble romano y, cuando empieza el juego, un simple mensajero. Pero su destino está a punto de dar un giro radical, pues el Vesubio está a punto de explotar.

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Tras hablar con muchos, muchos personajes, pues en el juego se avanza así, simplemente hablando ya que el uso de objetos se limita a poco más que tenerlos encima. Llegará el momento de huir de la efímera villa, tras lo cual Hector llega a Roma, centro del imperio, donde descubre un complot para asesinar al emperador.


Nuevamente, a base de mucho hablar con todo el mundo, nadar entre aguas políticas y hacer amistades y enemistades variadas, Héctor establece contacto delante del emperador y le revela una conspiración de esas que acaban con puñales en el bazo en las escaleras del senado. El cabeza del imperio, como agradecimiento, le recompensará con tierras… en Bretaña.

Es en este punto donde el juego pega un giro jugable que nos deja doblados, y es que se convierte en un juego de estrategia puro y duro. Tenemos un tiempo limitado para organizar nuestras tropas y defensas antes del combate contra el enemigo, momento a partir del cual todo se convertirá en una carrera para capturar el estandarte enemigo y así ganar la guerra.
Creación de tropas, entrenamiento, descanso, maniobra… todos los elementos más clásicos de un juego de estrategia están allí y no podemos decir que chirríen.

Una vez cumplida nuestra misión evangelizadora en Bretaña volveremos a Roma, donde aprenderemos los tejemanejes de la política romana, ya con toga blanca, que servirán para catapultarnos a lo más alto al final del juego: ser nombrados emperador. No será fácil y tendremos que patear desierto en Egipto, vencer conspiraciones políticas y aprender cómo moverse en el foro romano.

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Es gracioso. Punto.

No se puede negar que el juego tiene una interfaz deficiente y cuesta mucho interactuar con los habitantes del mundo en los inicios, pero tiene una historia que engancha y, sobre todo, un sentido del humor que parece sacado de una película de Mel Brooks, con personajes como Seganus Megadrivus o Nintendus Gameboius, llegando a momentos en los que el juego rompe la cuarta pared y se dirige al jugador directamente. Incluso, si dejamos de interactuar durante un rato, nuestro personaje se dedicará a sus quehaceres: visitas a la taberna, al templo o ponerse a reflexionar en voz alta.

Con todo lo dicho, hay que decir que Rome AD 92 es un juego con mucha personalidad y divertido, a pesar de sus problemas de control y, sobre todo, es un curioso experimento que merece la pena jugar, aunque sea por estar esperando el siguiente chiste clónico de "papirus para el porrus".

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