Retroanálisis: Castle Wolfenstein

Reivindicación histórica.

El soldado se queda inmóvil cuando lo apuntas con el arma. Procedes a registrarlo y, para no correr riesgos, disparas contra él.


Tras comprobar que nadie ha oído el disparo, registras el cadáver y coges el uniforme que viste para ponértelo inmediatamente, dispuesto a pasar desapercibido por el siguiente piso del castillo.


En cuanto subes las escaleras, oyes un ruido de botas. Un guardia. Sin embargo, el uniforme debería engañarlo.


Giras la esquina con determinación para encontrarte de frente con un soldado con un uniforme negro: ¡SS!
 No tarda un segundo en darse cuenta de tu impostura y rápidamente saca su arma. ¿Lo último en juegos de sigilo? ¿Otra paja mental de Kojima? ¿Ha viajado Sam Fisher a 1941?

No, es 1981 y Castle Wolfenstein es un juego de Commodore 64.

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Y no me he equivocado: no hablamos de Wolfenstein 3D, sino de Castle Wolfenstein, publicado en 1981 y que sería publicado para Atari 400/800, el omnipresente en la época Apple II, y para Commodore 64.

Realmente estamos ante uno de esos casos de juego prácticamente desconocido que sienta las bases de un género: el de infiltración. En Castle Wolfenstein deberemos colarnos en el castillo nombrado y, tras recorrer cinco pisos, conseguir los planes secretos militares del Tercer Reich.
Ahí es nada. Sesenta habitaciones, divididas en cinco pisos, y pobladas de nazis nos separan de nuestro objetivo.

Realmente estamos ante uno de esos casos de juego prácticamente desconocido que sienta las bases de un género: el de infiltración.

Para lograr nuestra meta contamos, inicialmente, con una pistola y munición, que será limitada, aunque posteriormente podremos hacernos con granadas. El problema es que disparar atraerá la atención de guardias cercanos y siempre estaremos en desventaja, así que de las granadas ni hablamos, porque el escándalo que arman alerta a todo guardia mínimamente cercano.
Y a veces es interesante eliminar a algún guardia aislado, pues esconden munición, chalecos antibalas y llaves para abrir baúles, que pueden tener balas, granadas y montones de objetos absolutamente inútiles para el juego... incluyendo el diario de Eva Braun.

Pero, ojo, que aunque resolver las cosas a tiros siempre es una bonita manera de progresar en un juego, en Castle Wolfenstein llegaremos más lejos si, buscando en baúles o cadáveres, nos hacemos con un bonito uniforme de soldado de la Whermacht.


Vestir dicho traje nos permitirá pasar inadvertido ante la mayoría de guardias del castillo, que nos tomarán por uno de ellos. Sin embargo, no hay que confiarse, pues los temibles SS sí serán capaces de ver nuestro engaño y nos atacarán sin dudarlo.

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Castle Wolfenstein fue un juego absolutamente revolucionario que, curiosamente, no recibe el reconocimiento merecido y todo el mundo cree que Metal Gear inventó los juegos de infiltración, cuando lo que hizo fue perfeccionarlo.


Es más, en el juego que nos ocupa podemos hacer cosas como demoler paredes con granadas para abrirnos paso, abrir los cofres con llave o a tiros (arriesgándonos a que estalle si contiene munición) o, incluso, podemos usar cadáveres para bloquear pasillos. Son conceptos que ponen al juego que nos ocupa años por delante del resto.

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La versión Commodore, a la que pertenecen todas las capturas, contó con mejores gráficos que Apple II.

El juego contó con una secuela en 1984 que también aportó su granito de arena a los juegos de infiltración con conceptos como los pases para acceder a determinadas zonas, sobornar a los guardias, arrastrar cadáveres para esconderlos o incluso el uso de una daga. Creo que poco hay que decir de esos conceptos que no sepáis ya, pues son la base de juegos como Metal Gear o Splinter Cell.

Castle Wolfenstein es un gran clásico de los 8 bits cuyo legado es, por norma general, ignorado y atribuido a otros títulos, y que merece un reconocimiento.

Jugablemente, no aguanta por el sistema de control. El jugador usa la mano izquierda para mover al personaje en las ocho direcciones y la derecha para controlar la dirección del apuntado. Esto, con un pad con dos sticks analógicos sería fabuloso; pero hablamos de un juego que se controla con teclado. Y, para añadir más dolor al manejo, cuando pulsamos una dirección, el personaje moverá en esa dirección hasta que pulsemos la tecla de detener movimiento, quedando aturdido si chocamos contra una pared. Tal método para mover un personaje podía ser aceptable hacer treinta años, pero resulta totalmente antinatural al jugador de hoy día.

Por lo demás, hay que ser consciente de las limitaciones del hardware bajo el que opera y perdonar cosas como esos soldados monigotes con swásticas en el pecho para que sepamos que son nazis, o los horrorosos efectos de sonido. En resumen: Castle Wolfenstein es un gran clásico de los 8 bits cuyo legado es, por norma general, ignorado y atribuido a otros títulos, y que merece un reconocimiento.

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