FIFA 11

Fútbol total.

Uno puede pensar que cuando se llega a la excelencia ya está todo hecho. Yo creo, sin embargo, que ese es el punto más crítico en el que se puede estar: el objetivo, a partir de ese momento, pasa a ser la perfección. Y ese es un camino duro.

FIFA 10 llegó a la excelencia. Y el reto estaba en no sólo mantenerla, sino en dar unas cuantas zancadas hacia esa imagen borrosa que todos tenemos de el juego de fútbol perfecto.

Lo que más asombra de FIFA 11, y su principal mérito, es que todas las decisiones que se han tomado son decisiones con cabeza, loables e inteligentes. Podían hacer y mejorar millones de cosas, pero se han centrado en lo que tocaba y han acabado con un mejor producto. Durante los primeros días parecíamos bobos, delante de la TV, asintiendo con la cabeza con cada cosita que nos sorprendía pensando “oh, qué bien, qué bien pensado, sí señor”. Si tienes FIFA 10, olvídate de él. A partir de ahora el estándar es FIFA 11, y volver atrás no tiene sentido.

Esos puñetazos sobre la mesa han golpeado, sobre todo, a la jugabilidad. Pasemos a ver, ya por fin con el juego final en nuestra bandeja, qué maravillas nos esperan tras el primer silbido del árbitro.

Lo que más se nota a primera vista es que todo es mucho más orgánico. Esto se debe en gran parte al Personality+, un nuevo sistema que, curiosamente, parece inspirarse en uno de los añadidos estrella del PES del año pasado: las cartas de personalidad.

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Cada jugador tiene, como siempre, sus estadísticas normales (pase, chute, velocidad… ya sabéis) pero esta vez a los mejores les han colgado medallitas con características desequilibrantes. Algunos son ratones de área, otros excelentes pasadores, otros centrocampistas incansables , otros velocistas de primera… Este toque se complementa con animaciones especiales hechas expresamente para algunos deportistas y que sirven de puesta en escena de ese subidón estadístico.

Lo bueno es que está extremadamente bien hecho. A un Iniesta no le pidas que te haga unos sprints diabólicos, porque no los hará. Eso sí, intenta un pase en profundidad y sabrá encontrar un hueco donde nadie más lo ha visto. Xabi Alonso tampoco es de los mejores en los últimos metros, pero no parará de correr durante los 90 minutos, adelantando a los exhaustos centrocampistas rivales mientras él sigue relativamente fresco. Esto no hace más que apuntalar esa sensación de que podemos optimizar el juego de cada equipo si conocemos sus debilidades y fortalezas.

Este realismo, que está ya a un nivel superior de todo lo visto hasta ahora, no se limita al jugador que llevamos. La IA propia y rival responde a esas mismas reglas, y es brutal ver cómo todo se va tejiendo de manera natural. Los jugadores cubren posiciones e intercambian cuando es necesario, los defensas tapan espacios o se abren a bandas para conseguir mejores opciones de pase, los delanteros simulan desmarques… cada equipo actúa como el grupo al que están replicando en la realidad. Podemos modificar esas dinámicas para adaptarlas a nuestro estilo, pero en la mayoría de los casos no será necesario. Todo es tan lógico e inteligente que, tras cientos de partidos, seguimos sorprendiéndonos –positivamente- con determinadas decisiones tácticas de la IA.

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